En defensa del Orgullo

2 de julio de 2026

Hay ciudadanos que, hoy en día, se preguntan porqué sigue siendo necesario celebrar «el Orgullo». Las personas homosexuales pueden casarse, existen leyes contra la discriminación sexual y España está entre los países más avanzados en reconocer los derechos LGTBIQ+. Entonces, ¿el Orgullo no ha cumplido ya su función y debería dejar las calles para volver a ser una celebración solamente privada? ¿por qué tienen que permanecer visibles y seguir ocupando espacio público? ¿por qué colocar una bandera en un ayuntamiento, organizar una manifestación o recordar que hubo un tiempo en el que amar a una persona del mismo sexo podía llevarte a la cárcel, al manicomio, al despido o a una vida entera de ocultamiento?

Sin embargo, el Orgullo sigue siendo necesario.


Lo es porque los derechos se conquistan pero no se conservan por tiempo indefinido, sino que también pueden erosionarse y retroceder. En este caso, además, se trata de un derecho tras el cual subyace una batalla cultural: la batalla decisiva por establecer quién tiene derecho a vivir públicamente sin tener que ocultarse ni pedir disculpas por existir.

El Orgullo al que nos referimos no significa arrogancia, vanidad ni superioridad moral. Tampoco consiste en afirmar que una determinada orientación sexual o una identidad de género sean mejores que otras. El Orgullo es, hoy día, una respuesta civil, política y moral a una auténtica vergüenza, represión y sufrimiento, impuestas durante generaciones.

Todos sabemos que ha habido un tiempo, demasiado largo, en que se obligó a muchas personas a ocultar sus sentimientos porque se consideraba que eran un pecado, una enfermedad, una desviación o, incluso, un delito. Ellas y ellos tenían que esconderse, vigilar sus gestos, inventar relaciones sentimentales estándares, mentir a sus familias y sufrir una humillación que tampoco podían exteriorizar. Frente a esa humillación apareció y se levantó la palabra Orgullo con un significado sencillo, pero profundo: no sentir vergüenza de ser quien cada uno es.

Considero necesario insistir en que, entender el Orgullo es recordar aquella vergüenza contra la que se levantó. Si alguien sólo ve en el Orgullo la fiesta, la música, las carrozas o los colores, está obviando lo más importante de este movimiento: una historia de clandestinidad, represión y sufrimiento. Es evidente que la alegría y la celebración del Orgullo no elimina el dolor y el sufrimiento anteriores. Se trata, sencillamente, de una respuesta y si se sigue celebrando hoy es porque, precisamente, hubo un tiempo en que era imposible celebrarlo.


Desde el mundo de la filosofía, hay pensadores que han insistido mucho en la dignidad de la persona. Kant, sin ir más lejos, defendía que la dignidad de una persona impide que pueda ser tratada como un medio, sino que la persona es un fin en sí misma. La dignidad no se vota ni depende de que se apruebe en un Parlamento. Tampoco es algo que se tenga o no se tenga según una determinada orientación sexual, origen, religión o posición económica y social.

La cuestión es que, en una sociedad democrática, no es suficiente con «tolerar» a los que son diferentes. La tolerancia puede suponer un avance respecto a la persecución, la censura o la violencia, pero todavía lleva implícita una relación desigual entre el que tolera y el que es tolerado. El verbo «tolerar» es significativo: se tolera un ruido, una situación incómoda o desagradable. Por tanto, decir que se tolera a una persona puede significar que se admite su presencia pero sin reconocer con plenitud su dignidad. En ese sentido, la tolerancia puede ser una manera educada de mantener la exclusión. Tolerar no es expulsar al que es diferente, pero es una forma de recordar que ocupa un lugar secundario. La fórmula implícita sería esta: «yo, que soy normal, tolero que tú seas diferente siempre que no molestes demasiado ni cuestiones mi manera de entender el mundo».

Sin embargo, una democracia madura y plena exige ir más allá. No podemos quedarnos en «tolerar que las personas diferentes existan», sino en defender y reconocer que su diferencia forma parte legítima de la pluralidad de la sociedad. Ninguna minoría –trans, migrante, creyente, atea o cualquier otra– necesita de la indulgencia de la mayoría, que suele considerarse a sí misma como «normal» y «superior«. Nadie necesita un permiso para ser quien es y cómo es, porque tiene los mismos derechos y la misma dignidad que cualquier otro/a.

Por eso, resulta insuficiente decir que cada uno en su casa puede hacer lo que quiera. Esa es una actitud, aparentemente liberal, pero que puede esconder algo grave: que la persona que es diferente permanezca invisible para el resto de la sociedad. Es como si dijéramos: puedes existir, pero no aparecer; amar, pero no mostrarlo; formar una familia, pero sin que sea reconocida públicamente; ser diferente, pero sin convertir tu diferencia en algo visible.

Actuando así, lo que hacemos, en realidad, es conceder al diferente una libertad incompleta. Nadie es verdaderamente libre si tiene que ocultarse; si puede vivir su sexualidad en privado, pero teme coger de la mano a su pareja en la calle; si puede formar una familia, casarse, pero evita hablar de ello fuera del entorno doméstico.

En definitiva, la palabra clave en todo este asunto no es tolerancia, sino reconocimiento. Otro filósofo de importancia, Hegel, explicó que la conciencia humana necesita ser reconocida por otras conciencias. Es decir, necesitamos que los demás nos reconozcan como sujetos plenos y libres, con la capacidad para decidir sobre nuestra vida.

Por eso, además de recordar los tiempos de dolor y oscuridad, el Orgullo supone hoy un grito y una demanda pública de reconocimiento.

Esta dimensión pública que el colectivo LGTBIQ+ hace visible a través de su alegría, de sus fiestas, de sus manifestaciones en la calle, tiene una importancia esencial. Pero no solo tiene importancia para el propio colectivo, para la vida personal de todos ellos, sino que tiene también una importancia política. ¿Por qué? Porque el espacio público es un espacio abierto para todas las identidades. Ninguna de ellas debe ser relegada al silencio. Cuando dos hombres caminan tranquilamente de la mano, cuando una mujer habla con naturalidad de su esposa, cuando una familia homoparental aparece en los libros escolares o cuando la bandera arcoíris ondea en una institución, no se está imponiendo absolutamente nada. Simplemente se muestra que la sociedad es plural y que ninguna identidad puede apropiarse en exclusiva de la normalidad.

Por otra parte, también la sociedad queda obligada a mirar de frente y a convivir con una realidad que durante mucho tiempo decidió ignorar y reprimir. Es esa «presencia pública» del colectivo LGTBIQ+ la que convierte la experiencia individual de cada uno de sus miembros en una cuestión política. El que está expulsado del espacio público, pierde una parte fundamental de su condición de ciudadano. No es suficiente con existir biológicamente, ni con poseer derechos en los textos legales. Es necesario, además, poder participar, expresarse y mostrarse como lo que uno es. Se trata, como nos recordó nuestra añorada Hannah Arendt -fallecida en 1975- de concebir el espacio público como el lugar donde las personas se muestran unas ante otras, hablan, se expresan y actúan tal y como son.

Tenemos, pues, que dar la bienvenida a esa visibilidad pública que lleva a cabo el Orgullo, porque la lucha política no está sólo en los Parlamentos, alrededor de las disputas y discusiones sobre las leyes. Está también en quién puede ocupar la calle, qué vidas se consideran normales y qué personas deciden luchar para dejar de ser marginales.


¿Han desaparecido todas las sombras?

En absoluto. Para el mundo reaccionario la próxima celebración del Orgulloen Madrid el 4 de julio o en Bacelona el 18– ha hecho que reaparezcan expresiones tales como que dicha celebración es un «teatro ridículo», «una tomadura de pelo», «un despilfarro», «mera propaganda», etcétera. Incluso, un diputado de Vox en Murcia llegó a contraponer la manifestación del Orgullo como un «catálogo de trastornos» frente al catálogo de los derechos humanos (1). No cabe mayor estupidez ni mayor incomprensión en un representante público que debe estar al servicio de toda la comunidad.

(1) Antonio Martínez Nieto, diputado de Vox en la Asamblea Regional de Murcia dijo durante un debate el 17 de junio de 2026 que «el verdadero logro del comunismo había sido sacar esas conductas del catálogo de los trastornos para introducirlas en el catálogo de los derechos humanos». No cabe mayor idiotez y, además, vuelve a presentar la identidad de determinadas personas como un «trastorno».

Este tipo de reacciones justifica algo que ya hemos apuntado en un párrafo anterior: que los derechos se conquistan, pero no quedan asegurados para siempre. Cuando el Orgullo ocupa las calles y hace pública una concepción plural de la familia, del cuerpo, de la sexualidad o de la identidad, reaparecen los reaccionarios de siempre que nunca han querido aceptar del todo esa pluralidad. Por eso, las palabras de determinados dirigentes políticos no han de tomarse como provocaciones sin importancia. Cuando una realidad humana que ha logrado, no sin esfuerzo, ser reconocida, pero vuelve a ser calificada como «trastorno«, lo que se intenta es normalizar nuevamente el desprecio y crear un clima moral que prepare el terreno para nuevos retrocesos.

Tras lo que ese diputado señala como «trastornos», lo que hay en realidad son personas concretas: adolescentes que tienen medio de contar en su casa cómo son y cómo se sienten realmente; jóvenes que están acosados en el instituto; adultos que se pasan la mitad de la vida ocultándose; o familias que desean vivir sin que nadie cuestione su legitimidad.

Sin embargo, la extrema derecha –Vox en nuestro caso- necesita convertir esas vidas en una abstracción que supone una amenaza. De ese modo, le resulta más sencillo negar sus derechos, suprimir programas contra el acoso, rechazar políticas de igualdad, retirar los símbolos, etcétera. Vox no suele hablar de personas concretas. En su lugar habla de abstracciones como «ideología de género», «adoctrinamiento», «lobby LGTBI+» o «ataque a la familia«. De esa forma, se construye un enemigo colectivo,

Así funciona la construcción política del miedo. Se toma una realidad minoritaria que durante mucho tiempo ha estado sometida a persecución y se la presenta como si fuera una fuerza poderosa que amenaza a toda la mayoría. Las personas del colectivo LGTBI+ dejan de ser consideradas como ciudadanos que reclaman igualdad y derechos para ser tomadas como un grupo que quiere imponer su identidad a los demás. Sin embargo, lo cierto es que nadie impone la homosexualidad a nadie por el simple hecho de mostrar que hay personas homosexuales. De igual forma, una familia no se destruye por reconocer que hay diferentes formas de familia, ni tampoco nadie amenaza o suprime la libertad de nadie por mostrar públicamente el derecho a vivir sin miedos.

Lo que teme la extrema derecha, en realidad, es la pérdida de un monopolio cultural que ha identificado durante muchísimo tiempo una forma propia de entender el mundo y la vida con la normalidad universal. Y no nos olvidemos tampoco que existe también una finalidad electoral: toda política reaccionaria busca constantemente enemigos al que responsabilizar de una «supuesta decadencia moral«. Como vemos, se trata de una actitud de chulería porque trata de ridiculizar colectivos históricamente perseguidos. Sin embargo, no es valentía enfrentarse a una bandera, a unos símbolos o burlarse de una minoría. Es, simplemente, un ejercicio de prepotencia política que elige un colectivo vulnerable, lo caricaturiza y sustituye los argumentos por la burla.

¿No es todo eso una demostración de machismo, de atraso cultural y de autoritarismo moral? Sin duda. Es machismo porque este no sólo es despreciar o subordinar a las mujeres; es un sistema cultural que impone papeles rígidos: cómo debe comportarse un hombre, cómo una mujer, qué parejas son normales y cuál es el modelo de familia que debe ser reconocido; es atraso cultural porque se intenta regresar a una sociedad en la que se impone una única concepción legítima de la familia, de la sexualidad y de la identidad; y es autoritarismo moral porque, bajo una aparente defensa de la libertad, pretende imponer a toda la sociedad una única manera legítima de vivir, amar y formar una familia.


Defender el Orgullo no implica, por supuesto, que todo lo que ocurre alrededor de él pueda aceptarse sin crítica. Se puede debatir acerca de su mercantilización, de la conversión de una reivindicación histórica en algo turístico, o el uso superficial de la bandera por instituciones que después no aplican políticas reales de igualdad. También puede abrirse el debate sobre las subvenciones, el uso de recursos públicos, la organización de los actos, etcétera. La idea es que, en una sociedad democrática, ningún movimiento debe estar por encima de la crítica.

Pero hay una diferencia esencial entre la crítica para mejorar y la crítica para eliminar. Considero que la crítica legítima es aquella que pregunta y analiza si el Orgullo mantiene su dimensión reivindicativa, si representa de manera suficiente a toda la diversidad interna del colectivo LGTBI+ o si recuerda de manera efectiva a todos los que siguen siendo vulnerables. Pero lo que ocurre es que la ofensiva reaccionaria persigue realmente otra cosa: desacreditar toda la reivindicación del Orgullo.

Para ir concluyendo, es necesario comentar la idea de que el Orgullo no debería ser defendido únicamente por las personas del colectivo LGTBI+. Cualquier ciudadano que no pertenezca al colectivo debe defenderlo, de la misma manera que alguien que no ha sufrido racismo debe posicionarse en contra de él y combatirlo. La defensa de una minoría que ha sido ridiculizada, silenciada o despojada de sus derechos, es algo que corresponde siempre a la sociedad en su conjunto. ¿Por qué? Porque el Orgullo no es una celebración de identidades particulares y concretas. Supone la defensa y afirmación de principios democráticos, de la libertad y de la igualdad: nadie puede vivir arrodillado ante la identidad que otros quieran imponerle.

En definitiva, el mensaje del Orgullo trasciende al propio colectivo porque es un mensaje abierto y plural. Por eso incomoda a los proyectos políticos autoritarios, porque estos necesitan de identidades cerradas, de un solo modelo de familia, de roles sociales rígidos y de una frontera clara entre los que pertenecen a la comunidad de manera plena y los que son apenas tolerados o consentidos.

Es necesario que la bandera arcoíris siga ondeando. Debe hacerlo mientras haya un muchacho/a que tenga miedo de contar quién es; mientras haya gente que considere que la homosexualidad es un defecto, una enfermedad o un pecado; mientras haya discursos del odio que presenten la diversidad sexual o de identidad como una amenaza. Debe seguir ondeando por que los avances no son irreversibles. La experiencia muestra que los derechos pueden perderse cuando no se defienden o cuando se permite que el desprecio recupere terreno.

Mientras alguien pretenda convertir de nuevo la pluralidad en vergüenza, no queda más remedio que responder con más democracia, con más reconocimiento, con más igualdad y con más Orgullo.

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