Sr. Rajoy: No diga estupideces

La selección francesa posee un «altísimo nivel, eso sí, sin franceses».

Esta declaración, realizada por Mariano Rajoy, expresidente del gobierno de España, del Partido Popularun desmemoriado que no recuerda, ni sabe nada de la corrupción que protagonizó su partido estando él en dicho cargono es una inocentada, ni una frase graciosa, ni tan siquiera una ocurrencia intrascendente o una simple broma futbolística: es una estupidez mayúscula, una falta de respeto a un país soberano, aliado y amigo. La frase, además contiene, en sí misma, toda una forma de concebir la pertenencia a una sociedad.

¿Por qué? Porque encierra un hecho grave: ¿qué tiene que hacer una persona para que se reconozca plenamente su pertenencia a un país?

Los jugadores de la selección francesa de fútbol son inequívocamente franceses. Se da la circunstancia, por otra parte, de que la mayoría de ellos también han nacido en Francia. Se han educado, han estudiado, han vivido, hablan y se comportan como cualquier otro de los casi setenta millones de franceses. No solo eso, sino que además cuentan con una «ventaja adicional» que no tienen la inmensa mayoría de sus compatriotas: por el hecho de ser integrantes de la selección nacional de fútbol representan íntegramente a la República Francesa y, por extensión, a los sentimientos que un deporte tan universal como el fútbol hace aflorar entre los conciudadanos de un país. Esos jugadores a los que un estúpido niega su nacionalidad, de forma gratuita y sin argumentación, despiertan entre sus paisanos el orgullo, la pertenencia, la esperanza, el entusiasmo, la ansiedad, el sufrimiento, la alegría, etcétera.

Todos ellos forman parte de la Francia contemporánea de igual manera que jugadores como Lamine Yamal, Nico Williams o cualquier otro jugador que viste la camiseta de la selección española es parte inseparable de nuestra querida España. La selección francesa evoca una emoción que es compartida por millones de franceses y con su estúpida frase, Rajoy, no solo desacreditó a unos futbolistas, sino a todos los que se reconocen en los jugadores de su selección nacional. Les vino a decir que, pese a haber nacido allí y ser franceses con todas las de la ley y con todo el alma, siempre quedarán idiotas como él que nunca les considerarán suficientemente franceses. Ahí reside la gravedad de sus palabras.

¿Por qué, precisamente ante un evento de la magnitud de una semifinal del campeonato del mundo de fútbol, Rajoy deja caer esa basura en el corazón de la selección gala, de todo el Estado Francés y de todos sus habitantes? ¿Qué necesidad tenía de profanar de esa manera a un país vecino, aliado y amigo? ¿Por qué Rajoy dice que juegan sin franceses? Tal vez Rajoy creyó que pronunciaba una ingeniosa ocurrencia. Pero las palabras nunca son inocentes y, además, no ha pedido disculpas ni ha corregido o explicado su intervención, algo que debería hacer de inmediato.

La respuesta a las preguntas del párrafo anterior es incómoda, pero no puede evitarse: muchos de esos futbolistas son negros o proceden de familias africanas y, por ello, no dan la imagen tradicional, blanca y europea, que muchos todavía siguen asociando con la identidad francesa en España no faltan tampoco esas actitudes-. En este sentido, lo que se pone en cuestión no es el pasaporte ni la documentación oficial, sino lo que parece decir su rostro. Lo que se insinúa es que hay una nacionalidad más auténtica, más profunda, más verdadera, que solo está reservada a aquellos que poseen ciertos rasgos físicos, ciertos apellidos, o determinada ascendencia. O, dicho de otra forma, reservada a los franceses de toda la vida –o a los españoles de toda la vida-.

Esa convicción es asquerosa y racista. Un jugador blanco es considerado francés sin necesidad de que nadie hurgue en sus ascendientes, en quienes fueron sus padres o sus abuelos. Pero un jugador negro o magrebí, en cambio, sí parece obligado a justificar continuamente su pertenencia, como si su nacionalidad fuera incompleta o prestada.

Cuando se dicen este tipo de estupideces, como ha hecho Rajoy, lo que se revela en el fondo es que no se defiende una concepción cívica de la nación, formada por ciudadanos libres e iguales. Lo que se defiende es una concepción étnica según la cual el país, ya sea Francia o cualquier otro, pertenece prioritariamente a quienes descienden de una determinada población histórica. Todo lo demás son incorporaciones posteriores, más o menos admitidas o toleradas, pero nunca concebidas como miembros en plenitud.

Sin embargo, hay que recordar a estos «enseñantes de xenofobia» que esa Francia homogénea, pura e inmutable, nunca ha existido más que como una representación idealizada. Las naciones europeas son el resultado de siglos de migraciones, mezclas, conquistas, transformaciones. De eso también sabemos muchísimo en España; en Francia también. Además, es un país que no puede comprenderse al margen de su historia colonial, de sus territorios de ultramar y de las generaciones que, procedentes de África, el Caribe, Asia y otras partes, han contribuido a construir la república francesa contemporánea.

Por lo tanto, los jugadores de la selección francesa no son algo extraño que se ha introducido artificialmente en una Francia idealmente pura. Proceden de la propia historia de la República Francesa, incluidas sus zonas más conflictivas y dolorosas.

Decir esa miserable frase: la selección francesa juega sin franceses, equivale a una expulsión simbólica. La frase no describe una realidad jurídica ni social, sino que describe un prejuicio. Coloca a esos jugadores fuera de la comunidad francesa, precisamente cuando la están representando en el campeonato mundial de fútbol; se puede celebrar sus goles, se puede disfrutar de su talento deportivo, se les puede otorgar la camiseta, pero luego viene alguien como Rajoy -él sí que no es francés- que se permite el lujo de retirarles la nacionalidad simbólicamente. Sus palabras me dan asco y vergüenza, Sr. Rajoy.


La xenofobia que se ejerce en estos tiempos no suele presentarse abiertamente, diciendo que se odia al extranjero. Es una xenofobia más sutil que ha aprendido a ocultarse entre nosotros, colonizando cada vez más adeptos. Ahora no suele hablarse abiertamente de superioridad racial, salvo excepciones que también hay. Eso sería demasiado evidente. Ahora se habla de identidad nacional, de raíces, de tradiciones, de integración, de preservación de los valores, de prioridad nacional, etcétera.

Pero detrás de muchos de estos discursos permanece intacta una idea profundamente excluyente: que hay ciudadanos cuya pertenencia nunca es completa, sino siempre provisional. Ciudadanos que, a pesar del tiempo que llevan formando parte de una comunidad nacional, nunca terminan de ser aceptados del todo como miembros de ella. Aquí estamos hablando de personas –jugadores de fútbol de la selección francesa– que pueden haber nacido en París, Marsella, Lyon, Martinica o en La Guayana francesa; pueden haber estudiado en una escuela pública francesa, cantar la Marsellesa, pagar sus impuestos, participar en la vida social del país y vestir la camiseta de la selección nacional. Sin embargo, nada de todo eso parece suficiente para gente como Rajoy que los siguen considerando como extranjeros. Siempre que se habla de ellos aparece la sospecha y la misma pregunta: ¿de dónde eres realmente?

Precisamente, un filósofo francés, Emmanuel Levinas, nos recordaba que la ética comienza con el reconocimiento del «rostro de la otra persona«. La xenofobia de Rajoy hace justamente lo contrario: en vez de reconocer, clasifica las apariencias y categoriza las personas. La actitud de Rajoy simboliza el verdadero triunfo de la xenofobia de nuestros días. Ya no es necesario expulsar físicamente al que es diferente: puede quedarse para trabajar en aquellos trabajos y en aquellas condiciones precarias que los «nacionales» no quieren aceptar; se le puede dar una documentación, una tarjeta de residencia o, incluso, la nacionalidad, pero siempre habrá miserables como Rajoy que se encargarán de recordar que su pertenencia no es completa, sino limitada y provisional.

En definitiva, con actitudes como esta, la ciudadanía se pierde como vínculo jurídico y moral y se convierte en un privilegio que queda reservado sólo a aquéllos que se identifican con una determinada idea de la nación.


La reacción francesa ha sido intensa. No cabía esperar que fuera de otra forma. ¿Quién es Rajoy para decidir quién pertenece realmente al país vecino? Miembros del ejecutivo francés han calificado esas declaraciones de racistas, inaceptables y abyectas: lo resumió bien el ministro de Exteriores Jean-Noël Barrot al señalar que lo visto es «una estupidez, racismo o una combinación de ambas cosas». La polémica afectó a sectores muy distintos de la política francesa porque se ha percibido como un ataque, no sólo al equipo nacional de fútbol, sino a uno de los principios fundamentales de la República: la igualdad formal de todos sus ciudadanos. El Gobierno español, también como no podía ser de otra manera, ha pedido disculpas y las delegaciones socialistas española y francesa expresaron en el Parlamento Europeo su sintonía con la idea de que la nacionalidad no depende del color de la piel, la apariencia, la ascendencia o el origen de padres o abuelos.

El Partido Popular sabe que estas manifestaciones de Rajoy no son aceptables en ningún caso, pero le defiende sectariamente alegando que se trataba de un sarcasmo pronunciado sin mala intención. Yo dudo de la ausencia de intención, pero, en cualquier caso, que no se pretenda ofender no elimina el verdadero significado de las palabras ni el verdadero daño que estas pueden causar.

El racismo no es solo una emoción íntima o una hostilidad consciente y deliberada hacia los que tienen otro origen u otro color de piel. El racismo, además de todo eso, es algo que se instala en nuestras costumbres, en el lenguaje, en los chistes, en las imágenes que hemos heredado y en los criterios que una sociedad tiene para decidir quién pertenece a ella y quién sigue siendo un extraño. Y todo eso, se transmite con aparente normalidad.

Por eso, no es suficiente con decir que Rajoy «no quería decir nada malo». Eso limitaría la cuestión sólo al terreno de su intención personal. Pero la verdadera cuestión es juzgar más allá de sus intenciones y llegar a la lógica que está detrás de la afirmación que realizó. Y esa lógica establece que determinados ciudadanos no son plenamente nacionales debido a su ascendencia o a su aspecto físico.

Tampoco es suficiente con decir que fue una broma. Las bromas no suelen ser neutrales. ¿Por qué? Porque revelan aquello que una sociedad considera digno de risa. Pero si la gracia consiste en señalar que unos jugadores negros de la selección nacional no son franceses, entonces lo que hay detrás de esa gracia es una concepción racial de la nación gala. El mecanismo de la broma suele ser muy habitual. Todos sabemos que el humor se convierte en el refugio de afirmaciones que resultarían inaceptables si las expresáramos con seriedad.


Toda xenofobia racista necesita construir una imagen del «ciudadano verdadero»: el verdadero francés, el verdadero español, el verdadero alemán, el verdadero italiano. Ahora bien, ¿cómo se deciden los rasgos que debe poseer ese ciudadano auténtico? ¿El lugar de nacimiento? ¿Los apellidos? ¿El color de la piel? ¿La religión? ¿La procedencia de los padres? ¿El número de generaciones que una familia lleva viviendo en un territorio?

Cuando se inicia ese camino, nunca se sabe dónde puede llevarnos: primero se excluye simbólicamente a quienes tienen ascendencia africana; después se cuestiona a los musulmanes o a los sudamericanos; más tarde se señala a quienes hablan otra lengua en sus hogares, tienen apellidos extranjeros o conservan determinadas costumbres familiares. Se constituye así una comunidad política especial que ya no está caracterizada por una ciudadanía igualitaria, sino que se organiza en torno a «círculos concéntricos»: en el centro se encuentran los nacionales auténticos; alrededor, los ciudadanos que toleramos; y en la periferia, aquellos cuya presencia la percibimos como una amenaza.

Ese es el esquema de sociedad que propone el nacionalismo identitario, uno de cuyos más fieles defensores en nuestro país es la extrema derecha de Vox, que está consiguiendo arrastrar a sus posiciones a una parte de la derecha tradicional, encarnada por el Partido Popular: se defiende una sociedad en la que algunos nacen con el derecho indiscutible de pertenecer a ella y en la que otros deben superar permanentemente un examen de integración.


Francia no es una raza ni viene determinada por una raza. Una nación democrática no puede definirse mediante características étnicas. Es una comunidad política formada por ciudadanos con derechos y deberes comunes. Su unidad y su grandeza no emana de que todos tengan el mismo aspecto, profesen la misma religión o desciendan de los mismos antepasados, sino de que reconocen unas instituciones compartidas y conviven bajo unas mismas leyes, dentro de un marco político republicano.

Todo esto, por supuesto, no elimina la posibilidad de crítica hacia la política migratoria francesa –ni hacia la de cualquier otro país-, ni hacia la integración social, la discriminación, las desigualdades tan presentes en las periferias urbanas, etcétera. Todo eso es objeto de un debate serio, pero lo que no se puede afirmar es que los franceses negros no son franceses.

Sr. Rajoy, la selección nacional francesa SÍ juega con franceses, mostrando con ello la diversidad real de ese país. Por eso, su afirmación, además de una idiotez, es sumamente hipócrita. ¿También diría usted que en la selección española hay jugadores que no son españoles?

Toda esta polémica no puede ser tratada como si afectara exclusivamente a Francia. En España, sin ir más lejos, viven ciudadanos cuyos padres o abuelos nacieron en Marruecos, Senegal, Rumanía, Ecuador, Colombia o China. Han nacido aquí, hablan nuestras lenguas, estudian en nuestras escuelas e institutos, son amigos de nuestros hijos, trabajan, forman familias. ¿Les echará también usted en cara que no son españoles? ¿Reconocerá como español a un joven musulmán que ha nacido en Madrid, Barcelona o Almería aunque no lleve nuestros apellidos tradicionales?

A la vista de sus declaraciones sobre la selección francesa, ya me puedo imaginar su respuesta.


El señor Mariano Rajoy no es alguien anónimo, ni un aficionado que escribe compulsivamente en una red social. Ha sido presidente del Gobierno de España y sus palabras tienen resonancia pública, dentro y fuera de nuestras fronteras. Él debería sentir una responsabilidad que no desaparece cuando abandona el cargo. Por eso resulta incomprensible que haya desacreditado la identidad nacional de los jugadores franceses. Podía, sencillamente, haberse limitado a analizar las fortalezas y debilidades del equipo de Francia; podía haber hablado de la rivalidad deportiva sin recurrir al origen racial de los futbolistas. Pero eligió una frase que coincide con una de las ideas más repetidas de la extrema derecha europea: que la ciudadanía jurídica no basta, que la diversidad debilita la nación tradicional, y que algunos compatriotas nunca serán verdaderamente nuestros.

Francia juega con franceses. Con todos franceses. No se necesita que todos compartan nuestros apellidos, nuestros rasgos físicos, nuestras creencias o nuestra historia familiar. Necesitamos ciudadanos capaces de convivir bajo principios comunes de libertad, igualdad y respeto. Y el que no es capaz de comprenderlo debilita y destruye la idea democrática de nación.

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