La inmadurez de Trump: un enorme peligro

18 de julio de 2026

Donald Trump no solo representa un peligro real para nuestro mundo por sus ideas autoritarias. Lo representa, sobre todo, por el modo en que las encarna o las lleva a cabo. Hay muchos políticos, especialmente los autoritarios, fascistas o reaccionarios cuya amenaza procede del programa que defienden. Pero, en Trump hay algo más inquietante: una forma de estar en el poder que «parece ser incapaz de distinguir entre el Estado y su ego, entre la autoridad y el capricho, entre la firmeza y la rabieta». Su inmadurez y narcisismo infantil dejan de ser anécdotas psicológicas o rasgos de su carácter para elevarse a categoría política. Y cuando esa inmadurez se sienta en el despacho más poderoso del mundo, ya no es un defecto personal sino que se convierte en un riesgo histórico.

Donald Trump no es simplemente un mal gobernante. Es algo más peligroso: un hombre emocionalmente inmaduro colocado al frente de una maquinaria de poder descomunal. Y esa combinación —capricho, resentimiento, narcisismo y poder imperial— constituye una amenaza tremenda y real para la democracia, para la paz internacional y para la propia dignidad de la política.


Calificar a Trump de inmaduro no significa reducir el análisis político a una descalificación o a un insulto. La inmadurez, en este caso, no se refiere a la edad, ni siquiera al temperamento, sino a una incapacidad profunda para aceptar límites: el límite de la ley, el límite de los hechos, el límite de las instituciones, el límite de los acuerdos con sus aliados o con los adversarios, el límite del valor de la palabra dada, el límite de la decencia y, sobre todo, el límite que impone la realidad cuando no coincide con sus propios deseos.

Cualquier político maduro sabe que gobernar no es poseer; que mandar no es humillar; que negociar no es amenazar; que representar a una nación no equivale a convertirla en una prolongación de uno mismo o de sus intereses. Trump, por el contrario, entiende el poder como un marco donde ejercer su dominio personal de manera permanente. La política, para Donald Trump no es responsabilidad, deliberación o servicio público. Es un escenario en el que no se siente simplemente protagonista, sino el único protagonista; alguien llamado a vencer, imponerse, humillar al contrario y exhibir su fuerza. Ese es el rasgo típico del poder autoritario: no soporta la existencia de nada que no le pertenezca, que no pueda dominar o, llegado el caso, que no pueda extorsionar.


La inmadurez del presidente de los Estados Unidos se manifiesta también a través del lenguaje que utiliza. El discurso de Trump no intenta comprender o explicar la complejidad del mundo del mundo en que vivimos. Su discurso consiste en reducirlo a vencedores y vencidos, amigos y enemigos, fuertes y débiles, leales y traidores.

No han faltado estudios académicos que han concluido que el discurso del presidente se diferencia esencialmente del de otros candidatos o presidentes modernos, por su «carácter antagonista» y porque se enfoca casi de manera obsesiva en sus adversarios políticos. Nos referimos, concretamente, a las principales conclusiones del estudio académico publicado en PNAS Nexus, en 2024, titulado “Quantifying the uniqueness and divisiveness of presidential discourse”, que analizó los debates presidenciales desde 1960 hasta 2020, los discursos del Estado de la Unión desde 1961 hasta 20222 y los discursos de campaña desde 2008 hasta 2020.

Dicho de otro modo, Trump no argumenta, ni convence. No es esa su intención. Simplemente habla para señalar a sus enemigos, para atacarlos, amenazarlos y ridiculizarlos. Eso no es una impresión subjetiva o parcial, sino que coincide con un patrón que ha sido estudiado y que muestra cómo la palabra política de Donald Trump se convierte sistemáticamente en confrontación emocional, en agresión y en sustitución deliberada del diálogo y del debate por amenazas verbales, chantajes o insultos.


El problema es que las palabras de un presidente, más aún si el presidente es el de los EEUU, no son simples opiniones. Son palabras que tienen efectos y consecuencias. Son palabras que tienen peso político, institucional, diplomático y social y que también tienen influencia directa -a veces inmediata- en los mercados y en la percepción internacional de la realidad.

Hay muchos ejemplos elocuentes de todo esto que señalamos. Durante años, Donald Trump se refirió a la prensa como un «enemigo del pueblo«. Sin embargo, además de sus ataques a la prensaespecialmente a la que no le es afín– el episodio más grave siga siendo, quizá, el asalto al Congreso de los EEUU en enero de 2021.

El informe de la comisión de investigación de la Cámara de Representantes, publicado en diciembre de 2022, examinó el papel que jugó Trump en dicho asalto y en la movilización de sus seguidores contra el resultado electoral que dio la presidencia al demócrata Joe Biden. La comisión sostuvo que Trump participó en la estrategia para tratar de revertir los resultados de las elecciones que perdió ante Biden y que no actuó para detener a los atacantes del Capitolio. Este episodio demuestra con claridad hasta qué punto la palabra presidencial fue utilizada para sembrar la duda y la sospecha, y sirvió de acicate para movilizaciones, presiones políticas, ruptura democrática y ataques violentos. Basta con recordar que el asalto al Capitolio dejó varias muertes vinculadas, directa o indirectamente, a aquella jornada y una profunda herida democrática en el país.

Otro ejemplo, en la reciente cumbre de la OTAN que se ha celebrado en Ankara (Turquía), también es válido para mostrar cómo Trump escenifica y ejerce su poder de manera impulsiva y de cómo entiende de forma infantil, caprichosa y peligrosa las relaciones internacionales

En una alianza militar, como lo es la OTAN, las diferencias entre los socios se discuten, se negocian o se encauzan a través de la diplomacia. Nada de eso va con Trump. Él considera que los demás miembros de la organización militar son sus subordinados, a los que puede reprender públicamente cuando no están de acuerdo con sus «órdenes». En el caso concreto de nuestro país, España, Trump se refirió a él como «socio terrible» y amenazó -las amenazas siempre forman parte de cualquiera de sus discursos– con suspender todo tipo de comercio entre ambos países. El motivo ya es conocido: la discrepancia expresada en su día por el presidente Pedro Sánchez de asumir para España un gasto en defensa del 5% del PIB. Además de su conocida posición del «no a la guerra» y de la negativa al uso de las bases americanas en el conflicto con Irán, que todavía sigue vivo.

Solo cuando Trump conoció la realidad del gasto en defensa que realiza nuestro país, que se ha incrementado notablemente desde 2017, hasta llegar en la actualidad a sumar cerca de 33.000 millones de euros, suavizó algo el tono.

¿Qué revela este episodio? Pues la inmadurez absoluta de un dirigente que entra en una reunión de aliados como el «elefante en una cacharrería», sin medir ni razonar suficientemente sus intervenciones ni sus amenazas. Una inmadurez que supone un gran peligro porque Trump reduce todo a poner sobre cualquier mesa de negociación sus resentimientos personales: primero humilla, luego suaviza; primero amenaza, luego improvisa una explicación. Trump actúa de forma estúpida. Es decir, sin medir las consecuencias, despreciando los datos disponibles, ignorando lo razonable y causando un daño que podría ser evitado. La estupidez, en política, NO implica necesariamente falta de inteligencia o de talento, pero sí falta de juicio.


Ese patrón se repite en el terreno económico. Desde su llegada a la presidencia, en este segundo mandato, se han sucedido amenazas de imposición de aranceles a muy diferentes países, incluso por encima de los acuerdos comerciales que estaban firmados.

Es la misma lógica primaria. Trump no concibe el mundo como una comunidad de Estados con intereses legítimos donde los conflictos deben ser sometidos a una negociación mutua, sino como un tablero de juego en el que todo aquél que desobedece o molesta debe ser castigado o expulsado. El matón debe exhibir su fuerza aunque con ello dañe las alianzas y los acuerdos que han sido tejidos cuidadosamente durante décadas atrás.

Es evidente que Estados Unidos tiene todo el derecho a defender sus intereses económicos y los de sus empresas. El problema no reside ahí. El problema es que cualquier desacuerdo se convierte, en manos de Trump, en una intimidación y en la escenificación de un castigo.

Se da la circunstancia, además, que la política arancelaria también tiene consecuencias negativas para los propios Estados Unidos. Trump presenta los aranceles como si fueran algo cuyos efectos actúan exclusivamente sobre el exterior: una especie de «castigo limpio». Pero lo cierto es que la realidad económica es mucho más compleja y los aranceles también los sufren los importadores, las empresas y los consumidores norteamericanos. En definitiva, una política arancelaria agresiva puede funcionar como una demostración de fuerza, pero económicamente es un bumerán: encarece importaciones, tensiona los márgenes de las empresas, aumenta la inflación y reduce la capacidad adquisitiva de los hogares.

Nuevamente, el embrutecimiento del presidente le lleva a confundir los gestos contundentes con las medidas eficaces. En su imaginario infantil cree que las amenazas arancelarias suponen ganar una batalla, cuando lo cierto es que en muchas ocasiones sus efectos se dejan sentir en la propia economía norteamericana.


Sin embargo, lo realmente peligroso no es sólo su inconsistencia ideológica, sus constantes vaivenes, sus ataques a la democracia de su propio país, las guerras arancelarias, el desprecio hacia sus aliados europeos o la ruptura caprichosa y unilateral de todo tipo de acuerdo previo que no sea de su interés: donde realmente se pone de manifiesto su peligrosidad es en su política exterior y militar.

Pueden citarse muchos episodios que ha protagonizado desde que accede a su primer mandato presidencial. Por ejemplo, amenazó a Corea del Norte, en 2017, con responder con «fuego y furia como nunca antes se había visto«. Una amenaza que no puede ser vista como superficial o intrascendente porque iba dirigida a un régimen que dispone de armas nucleares. En 2018, se retiró del acuerdo nuclear con Irán, que se había firmado en 2015 por Irán, Estados Unidos, la UE, Reino Unido, Francia, Alemania, Rusia y China. Trump rechazó de esa manera un marco legal vigente, establecido internacionalmente para abordar la cuestión del programa nuclear de Irán. En 2019 el presidente ordenó la retirada de las tropas estadounidenses del norte de Siria. Fue otra decisión que hizo posible la posterior ofensiva de los turcos contra las fuerzas kurdas. De nuevo, un giro improvisado y caprichoso del presidente que dejó en la cuneta a los aliados locales –kurdos– que hasta entonces habían luchado junto a Estados Unidos. También en 2020 acordó la salida de soldados norteamericanos de Afganistánacuerdo de Doha– dejando en absoluta debilidad al gobierno afgano y permitiendo a los talibanes su acceso al poder en 2021 y todo el desastre posterior.

Además de estas decisiones que se han señalado, hay actuaciones mucho más recientes que siguen la línea del enorme peligro que para la paz y estabilidad mundial representa Donald Trump. En enero de 2025, por ejemplo, Trump no descartó el uso de medidas militares o económicas para hacerse con el control del Canal de Panamá y de Groenlandia. Algo más tarde, en marzo de 2025, volvió a insistir ante el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, que los EEUU necesitaban controlar Groenlandia por razones de seguridad internacional. Groenlandia es un territorio autónomo y con autogobierno dentro del reino de Dinamarca, es decir, de un país aliado de la OTAN y, a pesar de ello, Trump se refiere a dicho territorio como si fuera una pieza más del tablero imperial que desea controlar. También en el año 2025, el ejército estadounidense realizó diversos ataques contra embarcaciones procedentes de Venezuela que, según Trump, transportaban droga. En su trastornada idea de querer ser el «justiciero universal«, convierte la lucha contra el narcotráfico en una serie de ejecuciones militares llevadas a cabo en aguas internacionales, sin la suficiente transparencia, sin proceso judicial y con el riesgo de escalada bélica con el país venezolano. No podemos olvidar tampoco el apoyo incondicional del presidente de los EEUU a la política asesina de Benjamín Netanyahu, apoyo que ha supuesto la devastación de Gaza, decenas de miles de muertos, nuevas ocupaciones de territorio llevadas a cabo por la fuerza militar y completamente ajenas al derecho internacional, continuando a día de hoy con ataques en el Líbano y contra la población palestina, a la que se ha matado y se sigue matando, destruido sus casas y anuladas todas sus esperanzas de una vida digna. Así actúan Trump y su aliado Netanyahu, dos auténticos miserables aliados con la guerra, la destrucción y la muerte.

Tal vez, el episodio más representativo, aún vigente, de la peligrosidad de Donald Trump es la guerra con Irán iniciada en 2026. Hasta en su propio país, este conflicto está resultado tremendamente impopular al revelar una mezcla explosiva de militarismo, improvisación y ausencia de solución o salida estratégica para un conflicto que nunca debió comenzar. Esta guerra es una demostración militar absurda, sin un horizonte político claro y sin el respaldo de la comunidad internacional. La paranoia de Trump, en este caso, es como un péndulo que oscila entre la amenaza y la negociación, entre las declaraciones contundentes y la vuelta atrás, entre querer parecer invencible y el deseo de salir del conflicto, no se sabe muy bien cómo. Una vez más, Trump no adquiere ni mucho menos la categoría de líder, sino la de un personaje imprevisible que administra el caos, la violencia, la amenaza, la exhibición de fuerza, etcétera. Donde debería administrar prudencia, introduce improvisación y sobresaltos; donde debería haber negociación, impone sus chantajes; donde debería aparecer argumentación racional, utiliza el insulto; donde debería mostrar su responsabilidad, exhibe el capricho.

En suma, como administrador supremo del caos, Trump encarna una regresión para la humanidad, no sólo política, sino también moral, porque representa la vuelta a formas primitivas de poder que la civilización democrática ha intentado limitar: amenaza en vez de diálogo; humillación en lugar de respeto; venganza en lugar de justicia; la fuerza en lugar del derecho internacional; y el culto a su figura en vez de una ciudadanía adulta. Este personaje no es solo un síntoma de la crisis de nuestro tiempo: es uno de los factores más peligrosos que aceleran dicha crisis.


Otro rasgo de la actuación de Trump es su imprevisibilidad de la cual, incluso, parece disfrutar. Ser imprevisible puede estar justificado en algún momento o negociación puntual, pero si se convierte en el estilo permanente, la confianza queda absolutamente destruida. Ante lo imprevisible de su comportamiento, los aliados no saben a qué atenerse y los ciudadanos están en estado de continuo sobresalto esperando cuál será la próxima ocurrencia de Donald Trump y en qué medida afectará a sus vidas. La política debe estar regida por la madurez y necesita de una cierta estabilidad en el sentido de hacer las cosas: saber qué se defiende, qué se rechaza y qué limites se han de respetar. Sin embargo, para Trump todo eso no tiene ningún valor porque vive instalado en la incertidumbre y la improvisación de lo cual hace gala no sólo en las relaciones políticas exteriores, sino también en su relación con las instituciones o la prensa de su propio país. Donald Trump no es capaz de aceptar una derrota institucional como parte del juego democrático, sino que la siente como una afrenta que debe ser revertida. Es un claro ejemplo de cómo el poder inmaduro no reconoce el “no”: lo interpreta como una provocación. Por supuesto, tampoco acepta la crítica de los medios. Una democracia sana necesita de una prensa libre que sea incómoda para el poder. Pero Trump no quiere ese tipo de prensa: necesita una prensa que actúe como un espejo donde queden perfectamente reflejados sus intereses y sirva de propaganda para su ego infantil.

En este punto conviene recordar algo elemental: el poder democrático no está diseñado para satisfacer la personalidad del gobernante -mucho menos cuando dicho gobernante es un ególatra-, sino para limitarla. Las constituciones, los tribunales, los parlamentos, la prensa libre, los procedimientos administrativos y los aliados internacionales existen precisamente para que ningún individuo -por muy poderoso que sea- sea el dueño absoluto de la decisión pública. La democracia es, entre otras cosas, una enseñanza de los límites: enseña que nadie puede ocuparlo todo, decidirlo todo ni someter todo a su voluntad. Por ello, Trump es incompatible con la democracia porque representa lo contrario: una política de la desmesura, una política donde cada límite democrático es interpretado como una humillación personal. Podría afirmarse, sin duda, que Trump encarna lo que los antiguos griegos definían como Hybris (ὕβρις): es decir, la soberbia de aquél que, cegado por su propio poder, se conduce por su propio orgullo, con la arrogancia de quien se cree que él es la ley y la verdad y que todos han de quedar sometidos a su voluntad. En resumen, la democracia es «medida», Trump es «desmesura».

Por eso su inmadurez resulta tan peligrosa. No porque Trump sea «excéntrico, grosero o teatral». Eso sería secundario. Lo peligroso es que su forma de actuar convierte las virtudes democráticas en defectos: la prudencia pasa a parecer cobardía; la cortesía, debilidad; la negociación, rendición; la duda, traición; la legalidad, obstáculo; la crítica, conspiración. Trump considera que los ciudadanos razonables son tibios o débiles, mientras que exalta como ciudadanos auténticos a los fanáticos o a los matones.

La peligrosidad de Trump es, además, contagiosa. Hay muchos dirigentes del mundo que sienten, al más puro estilo «Trump», que la mentira, la exageración, el insulto y la amenaza pueden ser rentables. Defienden y llevan a la práctica la política como un «espectáculo de dominación». Esa es una de las mayores desgracias que la «herencia trumpista» nos está legando: hacer de la degradación la forma normal de hacer política. Cualquier ciudadano que observe la realidad de nuestro tiempo con sosiego y distancia, verá una «época de tensiones geopolíticas que coquetean constantemente con la guerra; crisis climática; desigualdad creciente; tecnología capaz de alterar nuestra vida personal y social; posturas extremas irreconciliables por la falta de voluntad de diálogo, etcétera».

Trump no surge de la nada. Aparece, precisamente, en un mundo que está caracterizado por el miedo, la incertidumbre, la injusticia, la desigualdad, la inseguridad económica y las amenazas. Pero, al mismo tiempo, es uno de sus catalizadores más peligrosos porque introduce una «psicología de patio de colegio» en asuntos tan dramáticos como la guerra, o tan importantes para la vida de miles de millones de personas como el comercio, la justicia, la diplomacia o los derechos fundamentales.

Frente a personajes como Trump, no basta sólo con ofrecer indignación. La indignación es una respuesta natural y necesaria, pero la verdadera y eficaz respuesta no es solo sentirnos indignados, sino ejercer una defensa adulta, firme y paciente de la democracia. La respuesta a un crío como Trump, necesitado de adulación y de admiración constantes, ha de ser tanto política como ética. Las democracias necesitan de ciudadanos y gobiernos que no se dejen seducir por el matón, que sean capaces de decir «no», y que no concedan ningún tipo de «prestigio moral» a miserables como Trump, que se valen de la utilización de la fuerza, de la humillación, de la injusticia. Lo decisivo no es si Trump es un personaje grosero, que lo es, sino que ocupa el poder y eso le convierte en un «grosero histórico», que firma decretos, ordena guerras, rompe unilateralmente acuerdos y alianzas, erosiona derechos fundamentales, intoxica el discurso político y busca compulsivamente ser admirado, alabado y adulado.

Hay que decirlo con claridad: Trump es un narcisista inmaduro. Pero su inmadurez no es solo rareza o extravagancia: es una peligrosa amenaza de primer nivel y una advertencia para todos.

Frente a Trump, la última palabra no debe pertenecer al caos. Nuestras democracias, con todos sus problemas y fragilidades, siguen siendo un espacio donde los seres humanos podemos discutir sin destruirnos mutuamente y edificar una vida común sin arrodillarnos ante el matón de turno. Luchar por la democracia es enfrentar radicalmente a todos los Trump que pululan por el mundo para permitir, de alguna manera, que nuestros hijos y nietos puedan seguir viviendo en un mundo donde la palabra no sirva de arma arrojadiza, ni sea antesala de la violencia; donde el poder respete sus límites y donde nadie pueda identificar su ego personal con el destino de una nación, de un imperio o de la humanidad misma.

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