19 de julio de 2026

La trascendencia de ganar un campeonato mundial de fútbol.
España ha vuelto a ser campeona del mundo. Dieciséis años después de aquella noche inolvidable de Johannesburgo, la selección española ha conquistado su segunda estrella tras derrotar a Argentina por 1-0 en la prórroga. Ferran Torres marcó en el minuto 106 el gol que decidió una final tensa, incierta pese al dominio de la selección española, y convirtió a España en vencedora de este Mundial de 2026 disputado por 48 selecciones y celebrado en tres países.
Podría decirse que se trata simplemente de fútbol: «veintidós jugadores, un balón, dos porterías y un trofeo». Eso es, aparentemente, todo lo que sucede sobre el terreno de juego: un equipo gana, el otro pierde y, al cabo de unas horas, todo el estadio queda vacío. Sin embargo, decimos aparentemente porque cualquier persona que haya contemplado las calles, las plazas, los bares y los hogares españoles tras la victoria, sabe que estaba ocurriendo algo más profundo: millones de personas sentían que formaban parte de la misma historia. Ahí reside la extraordinaria trascendencia de ganar un campeonato mundial de fútbol.
El fútbol posee la capacidad de convertir un acontecimiento ajeno en una experiencia personal, íntima, pero, a la vez, colectiva. Ninguno de los espectadores corrió sobre el césped ni participó en ninguna jugada, pero todos sintieron el triunfo como propio. Es indudable que la victoria pertenece materialmente a los futbolistas y al cuerpo técnico. Son ellos quienes han entrenado, competido, sufrido y soportado una presión difícil de imaginar. Pero el fútbol transforma inmediatamente el triunfo en algo compartido. Por ello, no decimos solamente que «han ganado los jugadores», sino que «hemos ganado nosotros».
Ese pronombre plural, «nosotros», encierra toda la fuerza simbólica de ese deporte: el triunfo de unos pocos se convierte en la victoria emocional de un país entero.
Nuestra sociedad está hoy muy individualizada y fragmentada. Hay escasas experiencias que sean capaces de reunir a millones de personas. Lo habitual es permanecer separados por nuestras ideas políticas, nuestras condiciones económicas, nuestras identidades territoriales, etcétera. Sin embargo, durante la final de un campeonato mundial de fútbol, todas esas diferencias quedan momentáneamente suspendidas y a lo largo de los noventa minutos –o durante el interminable tiempo de una prórroga– todo un país parece latir al mismo ritmo. Sucede una especie de «apropiación colectiva» de todo aquello que ocurre en el terreno de juego: la emoción de una jugada peligrosa, el miedo ante el ataque del adversario, la protesta ante una decisión arbitral, los gritos al unísono cuando llega el gol y, por fin, el estallido de miles de alegrías simultáneas cuando se alcanza la victoria. El propio Ferran Torres reafirmó esa «apropiación colectiva» al decir que el gol pertenecía simbólicamente a millones de españoles. No fue una afirmación teórica, sino emocional: el jugador comprendía que aquel instante había dejado de ser exclusivamente suyo.
Por eso, tanto el gol como la victoria final, trascienden a quienes levantan la copa. El triunfo se convierte en un «acontecimiento generacional»: los mayores recuerdan las victorias del pasado; los jóvenes construyen un recuerdo que algún día relatarán a los hijos o a los nietos; los niños descubren por primera vez cómo se siente una alegría colectiva. Cada Mundial deja una huella biográfica y crea una memoria emocional común que, con el paso de los años, será relatada una y otra vez.
Quizá, la verdadera dimensión de la victoria, además de la enorme trascendencia deportiva, es la capacidad de alcanzar esa emoción colectiva. En nuestro país, atravesado por la división, la desconfianza o el enfrentamiento, esta experiencia comunitaria tiene un valor que va mucho más allá del fútbol.
Sin embargo, la emoción nacional es hermosa, pero necesita límites éticos. Celebrar nuestra victoria no exige despreciar a Argentina. El adversario no es un enemigo. Es alguien sin cuya presencia nuestra propia victoria carecería de significado. En el caso concreto de Argentina, ha sido la defensora del título anterior y su derrota no disminuye su historial como selección ni el mérito de sus jugadores. Por tanto, el patriotismo que debe unirnos es un patriotismo cívico, alegre, hospitalario, sin exclusiones y con un indudable sentido moral que nos permita celebrar lo propio sin despreciar o negar lo ajeno.
Sabemos que el fútbol no resuelve los problemas reales de una sociedad. No elimina la desigualdad, no mejora la sanidad, no abarata la vivienda, ni pone fin a la crispación política. Pero sería un error despreciar por esos motivos la alegría colectiva. El ser humano necesita también de símbolos, de relatos, celebraciones y momentos en los que pueda reconocerse como parte de algo superior. Una comunidad democrática no necesita que todos pensemos igual. Necesita algo más difícil: que, aun pensando de diferente manera, podemos ser capaces de reconocernos en algo común y la selección nacional de fútbol permite la posibilidad de que esa representación simbólica de lo común se concrete. La selección demuestra que se puede construir una unidad sin borrar las diferencias. Cada jugador tiene su procedencia –algunos, incluso, juegan en el extranjero-, su personalidad, su club y su historia, pero todos forman parte del mismo proyecto y tienen el mismo objetivo.
Por ello, la selección española que ha conquistado el Mundial representa también la España real: una sociedad diversa, abierta y formada por trayectorias familiares, culturales y sociales muy diferentes. Uno de los símbolos más poderosos de esta generación, Lamine Yamal, ha nacido en Cataluña, hijo de padre marroquí y madre ecuatoguineana, y profundamente vinculado al barrio obrero de Rocafonda, en Mataró. Las celebraciones vividas allí mostraron hasta qué punto su historia se ha convertido en una expresión de esperanza, integración y pertenencia. La camiseta roja de la selección no pregunta por el origen de los padres, el color de la piel, la lengua familiar, la creencia religiosa o el barrio donde se ha crecido. Pregunta solo por el compromiso, el esfuerzo y la voluntad de participar en una tarea común.
La referencia a Lamine Yamal es válida para recordar que España no es una esencia cerrada ni una identidad heredada de manera excluyente, como quiere imponer erróneamente la extrema derecha. Una nación no es una realidad biológica, ni una pureza originaria, ni pertenece solo a los que tienen determinados apellidos, color de piel, religión o ascendencia familiar. La nación es, ante todo, una comunidad histórica y política que se hace día a día mediante la convivencia, el reconocimiento mutuo y la pertenencia a un proyecto común. La identidad nacional nunca ha sido una realidad inmóvil, sino que se ha formado a través de migraciones, relaciones culturales, conflictos, intercambios y transformaciones de la sociedad. Por eso, España no debe comprenderse como una esencia que se ha detenido en algún momento idealizado del pasado.
La extrema derecha presenta la nación como una herencia que pertenece antes a unos que a otros. Llaman a eso «prioridad nacional«. Sin embargo, esa «prioridad» supone no sólo un empobrecimiento de nuestro país, sino una división entre los que son considerados «españoles auténticos» y los que, a pesar de haber nacido aquí, tienen que demostrar su pertenencia de manera constante.
Frente a esa concepción mezquina, propia de organizaciones políticas que miran hacia el pasado, la democracia ofrece una idea cívica de la nación: la idea de una comunidad política que no está fundada en la sangre, en el origen, o en la homogeneidad cultural, sino en la igualdad como ciudadanos, en el respeto a las leyes democráticas y a la dignidad de los demás y en la voluntad de colaborar en la construcción de un proyecto de país que sea mejor y común. Por ello, la diversidad no debería de contemplarse como una amenaza para España, sino como una realidad que obliga a pensar nuestro país de manera más generosa. El problema no es que la sociedad española cambie; de hecho, todas las sociedades cambian. El peligro es que los miedos a esos cambios se utilicen políticamente para señalar a una parte de la población como sospechosa, culpable o ilegítima.
Todo eso no significa que la identidad nacional carezca de contenido ni que todo de igual. Se necesitan principios comunes, como el respeto a la democracia, a la ley, a la convivencia y a la dignidad. Pero todos esos valores no emanan de una raza, ni de una creencia religiosa, ni de unos determinados orígenes genealógicos. Se trata de principios cívicos que cualquier ciudadano puede asumir, proceda de donde proceda.
En este sentido, la victoria de la selección encierra una lección pedagógica importante: cualquier joven puede contemplar estos jugadores y comprender que él también -al igual que Lamine Yamal– tiene un lugar; que sus orígenes no constituyen un obstáculo para pertenecer plenamente al país en el que vive, aunque haya idiotas como Mariano Rajoy que podrían decir que en nuestra selección algunos jugadores no son españoles, de la misma manera que ha dicho la estupidez de que Francia «juega sin franceses».
En conclusión, frente a quienes conciben la identidad nacional como una frontera que separa los «nuestros» de los «otros», hoy debemos celebrar la victoria de nuestra selección no sólo como un tremendo éxito deportivo, que sin duda lo es, sino como el triunfo de una España más plural y más fuerte cuando es capaz de integrar sus diferencias.
De vuelta al campeonato mundial de fútbol, no puede olvidarse otra lección que se desprende de la victoria obtenida: el campeonato se gana en la final, pero no únicamente en ella. Es decir, el triunfo deportivo -y también el éxito en otras instancias la vida- devuelve el valor del esfuerzo y de la paciencia, en una sociedad que está dominada por la inmediatez. Es necesario el talento, por supuesto, pero se necesita disciplina, cooperación, confianza y esfuerzo para resistir y seguir avanzando cuando las cosas no salen como se espera. Detrás del trofeo existen años de formación, entrenamientos anónimos, lesiones, derrotas, críticas y sacrificios personales. Antes de levantar la copa, muchos jugadores ha atravesado innumerables momentos en los que nadie podía asegurarle que llegaría hasta allí.
Además, el fútbol también enseña algo que nuestra época excesivamente individualista suele olvidar: nadie gana solo. El triunfo en un evento tan extraordinario como un campeonato mundial de fútbol sólo es posible si está sustentando en una red de esfuerzos. Por tanto, hoy es necesario reivindicar la cooperación como elemento imprescindible en toda victoria colectiva. Esto es algo que también trasciende el fútbol. Toda sociedad necesita de esas redes de cooperación: dependemos de quienes nos cuidan, nos educan, de quienes trabajan para mantener la producción o los servicios públicos. Sin embargo, el discurso dominante tiende a presentar el éxito como una conquista individual. Por eso, la victoria de la selección española no sólo es la celebración del talento de nuestros jugadores, sino toda una lección contra las arrogancias del individualismo.
Mañana regresarán los problemas. Continuarán las disputas políticas, las dificultades económicas, las preocupaciones familiares y las incertidumbres personales. Ninguna copa del mundo detiene el paso del tiempo ni nos libera de nuestra fragilidad.
Pero eso no convierte la alegría que hemos sentido en algo falso. La felicidad humana casi nunca es permanente. Está formada por instantes: un abrazo, una conversación, una canción, un nacimiento, un reencuentro o un gol que llega cuando la prórroga parece conducir inevitablemente a los penaltis. La felicidad de esos momentos no reside en que duren para siempre, sino en que, mientras suceden, iluminan nuestra existencia.
Ganar un Mundial no transforma mágicamente un país, pero le concede un recuerdo común. Durante la noche del 19/20 de julio, millones de personas dejaron a un lado sus diferencias y fueron capaces de mirar en la misma dirección. Se abrazaron tanto los que se conocen, como quienes nunca volverán a verse. Los mayores recuerdan y los niños comienzan a construir su propia memoria.
España ha ganado su segundo campeonato mundial. Pero, durante unas horas, ha conquistado también algo más: la experiencia real de que todavía podemos emocionarnos juntos. Conviene disfrutar esa emoción, recordarla y aprender de ella, porque si somos capaces de celebrar unidos también lo deberíamos ser de convivir, dialogar y construir un futuro común cuando se apaguen las luces del estadio.
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