Entre «mamarrachos» anda el fuego y el juego

27 de julio de 2026

Es verano en España y el fuego, una vez más, impone su terrible presencia que ya nos resulta demasiado conocida. Devora vidas humanas y de animales, arrasa montes, amenaza pueblos, destruye viviendas y reduce a cenizas proyectos de vida que han sido edificados durante décadas. Cada incendio deja tras de sí mucho más que los paisajes quemados: deja familias desplazadas, recuerdos perdidos, explotaciones en la ruina y una devastación ecológica que tardará muchos años en recuperarse.


Los incendios forman ya parte de la historia reciente de los veranos de nuestro país. Regresan con una trágica regularidad que los convierte en una costumbre. Los nombres de los pueblos cambian, las cifras de víctimas y hectáreas quemadas también, pero las imágenes se repiten: cortinas de fuego, columnas de humo sobre las que sobrevuelan los aviones, animales atrapados, carreteras cortadas, laderas calcinadas y equipos de extinción que se enfrentan a llamas cada vez más intensas, rápidas e imprevisibles.

Sin embargo, esta tragedia repetida no puede llevarnos al convencimiento de que es un destino inevitable o a la resignación. Al contrario, debería obligarnos a preguntar qué es lo que ha cambiado en nuestros montes, en el clima y en nuestra forma de gestionar el territorio para que el fuego vuelva, año tras año, a escribir la página más dolorosa de nuestro verano.

Mientras esa devastación ocurre en nuestros montes y en las cercanías entrañables de muchos pueblos, buena parte de la conversación pública española sigue protagonizada por «mamarrachos y mamarrachas» que parecen ser incapaces de hablar de otra cosa que no sean ellos mismos y sus cuitas. Mientras el territorio arde, algunos/as siguen pendientes del próximo tuit, del próximo video en las redes, del próximo insulto o de la próxima provocación. No en vano, «entre mamarrachos anda el fuego«. La desproporción moral que se produce aquí es evidente: mientras hay personas que pierden sus casas, sus animales, sus cultivos o el entorno completo de sus pueblos, determinados personajes públicos continúan en su pequeño teatro de vanidades, como si el país no fuera más que el escenario donde llevar a cabo su representación personal. ¡Qué asco!

Son «mamarrachos y mamarrachas» que no buscan comprender la realidad, ni contribuyen a resolverla, sino permanecer continuamente en el centro de atención, de la polémica y de la conversación.

El dicho popular afirma que «entre mamarrachos anda el juego», pero cuando intencionadamente lo cambiamos por «entre mamarrachos anda el fuego», introducimos una ironía amarga. No sólo se trata de las disputas habituales entre grotescos personajes de nuestra política, sino que mientras ellos se dedican al juego de las provocaciones, el fuego real avanza. Y, en ocasiones, el fuego simbólico que algunos políticos alimentan acaba por ocultar el verdadero incendio: el que exige prevención, medios públicos, gestión forestal y responsabilidad.


No es una simple cuestión de mala educación o de degradación de las formas. Es el síntoma de un mal más profundo: el deterioro del debate democrático en nuestro país.

Hoy, sustituimos el valor del conocimiento, de la experiencia o de la argumentación, por el espectáculo, por la provocación permanente o por el dominio de las «ocurrencias». Quien grita más y más fuerte es quien parece ser el que más sabe. No en vano, hay políticos que reducen complejos problemas a un simple eslogan que propagan repetidamente y con el que, por desgracia, obtienen mayor atención y visibilidad que el investigador serio que lleva años estudiando esos mismos problemas. Es penoso contemplar cómo se encaraman a la cima de la opinión pública agitadores profesionales cuyo único mérito consiste en alimentar la confrontación, la indignación o el espectáculo, mientras acaban eclipsados infinidad de servidores públicos que trabajan honestamente y en silencio por la resolución de los problemas de la ciudadanía.

¿Que clase de democracia es esta que estamos construyendo? No necesitamos en absoluto a ninguno de estos «mamarrachos y mamarrachas», sino a ciudadanos que sean capaces de escuchar, de dialogar desde la discrepancia legítima, de distinguir entre la información y la propaganda, o entre los desacuerdos razonados y las descalificaciones e insultos sistemáticos.


Los incendios forestales constituyen una de las mayores amenazas ambientales para España. Lo sabemos desde hace décadas. Los científicos y los profesionales del territorio llevan años advirtiendo del aumento de las temperaturas (ya no es sólo una advertencia, es una realidad que se constata por medio de las series anuales de registro de las temperaturas); de las sequías prolongadas; del abandono del medio rural; de la acumulación de combustible vegetal en los bosques y montes, y de la absoluta necesidad de llevar a cabo una gestión forestal activa y sostenida durante todo el año. Pero, a pesar de que estamos advertidos y lo sabemos, lo incomprensible es que continuamos actuando como si cada incendio fuese una desgracia inevitable e inesperada.

Conocemos los factores que aumentan los riesgos del fuego; conocemos gran parte de las medidas que son necesarias; sabemos que este terrible problema exige planificación, inversión y continuidad. Sin embargo, cuando las llamas están presentes e iluminan de terror la mirada de las gentes y el alma de nuestros pueblos, la conversación política se desplaza, en boca de esos «mamarrachos y mamarrachas», hacia el reproche inmediato, hacia el intercambio de acusaciones y hacia la búsqueda de culpables.


Cada verano se repite el mismo ritual: «la danza del fuego». Miles de personas luchan contra las llamas, mientras otros y otras intentan convertir la tragedia en propaganda partidista. Unos culpan exclusivamente al cambio climático para evitar hablar de la gestión forestal. Otros niegan o minimizan el cambio climático para no cuestionar determinados intereses económicos. Son «mamarrachos y mamarrachas» que reducen un problema extraordinariamente complejo a un eslogan que empobrece la inteligencia colectiva. ¿Por qué? Porque los grandes problemas públicos -y los incendios lo son, sin duda- no admiten una única causa y no tienen tampoco una única solución. Pero los «mamarrachos y mamarrachas» no argumentan, no exponen razones, no proponen soluciones. Solo ofrecen eslóganes que arrojan compulsivamente contra el enemigo político, precisamente cuando es más necesaria que nunca la unidad y la solidaridad.

El ruido cotiza hoy más alto que la verdad. Las redes sociales nos impulsan a la indignación instantánea, no la reflexión serena. La televisión busca el enfrentamiento porque sabe que la crispación proporciona audiencia y los algoritmos consiguen convertir al provocador en una celebridad. Y así, muchos de nosotros somos capaces de prestar nuestra atención a mediocres personajes a quienes nunca confiaríamos, por ejemplo, la dirección de un hospital, de una universidad o de un parque natural, porque no destacan por su conocimiento, su experiencia o su capacidad de servicio, sino por su habilidad para provocar, dividir y hacer daño.

No deja de resultar paradójico. Nunca habíamos dispuesto de tanta información científica y, al mismo tiempo, nunca ha sido tan fácil como ahora fabricar y normalizar la ignorancia. Basta repetir una mentira con suficiente convicción para que miles de personas la compartan sin que nadie sienta la necesidad de comprobarla. Por eso, la «posverdad» no consiste en ocultar los hechos, sino en degradarlos y manipularlos según el interés de cada individuo o de cada grupo. Los hechos siguen estando ahí, disponibles y comprobables, pero una parte notable de la sociedad ha dejado de considerar que es muy importante saber si una afirmación es verdadera o falsa, sino que la aceptan y la valoran sólo cuando cuando ofrece utilidad emocional o ideológica, con independencia de su veracidad o falsedad.

Los antiguos griegos conocían perfectamente este fenómeno. Lo llamaban «demagogia». Aristóteles advirtió que toda democracia puede degenerarse cuando los aduladores del pueblo ganan terreno a los gobernantes prudentes. También conocían la «hybris», es decir, la desmesura en la que incurre todo aquél que acaba creyéndose más importante que la realidad. Quizá nunca esa palabra haya servido para describir tan bien a los gobernantes como a ciertos dirigentes de nuestro tiempo: a esos políticos convencidos de que utilizar frases provocadoras tiene más valor que una explicación científico; de que un vídeo en las redes sociales pesa más que décadas de investigación; de que alcanzar notoriedad equivale a tener autoridad moral.


En España la degradación política está alcanzando formas especialmente preocupantes. Hay responsables políticos que ridiculizan las políticas medioambientales mientras el país encadena veranos cada vez más extremos. Otros, en cambio, siguen la estrategia de banalizar la emergencia climática porque consideran que reconocerla perjudicaría su relato ideológico. Algunos llegan incluso a presentar cualquier medida de protección ambiental como un ataque a las libertades individuales. Todos ellos, no gobiernan desde la realidad de los hechos, sino desde la identidad política de sus votantes. Lo importante ya no es que una afirmación sea verdadera, sino que fortalezca el relato partidista y señale con claridad quienes son los nuestros y quienes son los otros.

Esta forma de hacer política tiene consecuencias. Mientras los mamarrachos y mamarrachas discuten, se insultan y se provocan mutuamente, no se emplean los recursos necesarios para la prevención de los incendios, se abandona el monte, desaparecen agricultores y ganaderos que durante siglos actuaron como auténticos gestores del territorio y se retrasan decisiones imprescindibles para adaptarnos a un clima que ya está cambiando. El fuego no entiende de partidos políticos, de ideologías o de campañas electorales. Las leyes de la física tampoco.

Pero existe un incendio todavía más peligroso que el que consume nuestros bosques: el incendio intelectual que devora nuestro espacio público. En ese incendio, arde el respeto por el conocimiento y por la experiencia; arden los matices y todo se sitúa en extremos irreconciliables; arde la capacidad de rectificar y de pedir perdón a la ciudadanía cuando los hechos contradicen nuestras ideas o nuestros actos; arde la honestidad intelectual.

Y cuando una sociedad confunde un experto con un charlatán, un servidor público con un agitador profesional, empieza a poner en riesgo mucho más que sus montes: pone en riesgo su propia democracia.

No faltarán quienes consideren exageradas estas palabras. Sin embargo, basta observar nuestros estíos con un mínimo de serenidad. Mientras los bomberos se juegan la vida, mientras científicos, agentes forestales, miembros de la UME, voluntarios y vecinos luchan contra un enemigo real, demasiados dirigentes políticos continúan ocupados en alimentar sus luchas partidistas. Esa es quizá la imagen más triste de nuestros veranos: héroes anónimos que luchan contra las llamas mientras los mamarrachos y las mamarrachas luchan por un titular que les de el triunfo en el relato..

Nuestra democracia no necesita más «histrionismo». Necesita más competencia, más honestidad, más sentido común y más respeto por los ciudadanos y por su inteligencia. Necesita gobernantes que expliquen problemas complejos sin reducirlos a consignas, y ciudadanos que estén dispuestos a desconfiar de manera definitiva de todos esos charlatanes, demagogos, agitadores, embaucadores, farsantes, que hablan y opinan de casi todo, sin conocer casi nada, y gustan de provocar y vivir en el escándalo permanente.

El fuego terminará apagándose, como siempre ocurre, pero sus heridas no se apagarán nunca en quienes han perdido un ser querido, una casa, un paisaje, un medio de vida o una parte irreparable de la memoria de su pueblo y de sus gentes. Por todas esas víctimas deberíamos esforzarnos en apagar también otro incendio: el de la frivolidad política y la demagogia que lleva demasiado tiempo extendiéndose entre nosotros.

De lo contrario, cada verano volveremos a contemplar el mismo paisaje: montañas reducidas a cenizas y un país distraído, aplaudiendo o concediendo atención a los miserables que reducen la política a un espectáculo mediático.

Y entonces comprenderemos que el problema nunca fueron únicamente las llamas. El problema era que, mientras ardía el bosque, seguíamos entretenidos escuchando a los «mamarrachos y a las mamarrachas».

A buen entendedor…

A todas las víctimas de los incendios de este verano de 2026.

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