
Hay preguntas que no nacen simplemente de la curiosidad, sino de heridas más profundas. No preguntamos solo porque deseemos saber más, sino porque algo en nosotros se resiste a vivir en la superficie de las cosas. Contemplamos el mundo, la vida, el paso del tiempo, la muerte de quienes amamos, la fragilidad de todo aquello que creíamos firme, y sentimos que con lo que es visible no nos basta; que la realidad inmediata no agota el misterio de existir. Hay algo en el fondo de la vida que nos llama, aunque no sepamos nombrarlo. Algo que nos inquieta y nos desborda pero que, al mismo tiempo, nos sostiene. Esa llamada no siempre se presenta como una respuesta; muchas veces aparece como una pregunta, como la intuición de que vivir no puede ser únicamente pasar por el mundo sin interrogarlo. Por eso pensamos; por eso buscamos…
Ahí empieza la metafísica.
La metafísica no comienza en los libros difíciles ni en las aulas universitarias. Empieza mucho antes, en el asombro originario que nos provoca el simple hecho de que algo exista. Empieza cuando alguien se pregunta por qué hay un mundo ante nosotros y no, sencillamente, la nada; cuando contemplamos el firmamento y sentimos que nuestra vida es pequeña y, a la vez, misteriosa; cuando la belleza de la infinitud de estrellas nos arranca de la rutina y nos emplaza ante lo inmenso.
También empieza cuando perdemos algún ser querido y no aceptamos que toda una vida se reduzca a una fecha, a un certificado y luego al silencio; la metafísica comienza precisamente ahí, donde las explicaciones habituales ya no bastan y donde nos vemos obligados a mirar más hondo. Surge al interrogarnos por dentro y descubrimos que no sólo somos cuerpo, costumbre, horario, trabajo, obligaciones o biografía, sino que tenemos sed de sentido, de permanencia, de comprender qué es lo que significa estar aquí.
Por eso, la metafísica no es una disciplina lujosa reservada a los especialistas. Es, tal vez, la forma más radical de la pregunta humana. Nace allí donde la existencia deja de parecernos evidente y empezamos a sentirla como un misterio.
La metafísica nace cuando el ser humano se concede el derecho —casi el deber— de no dejar de hacer preguntas.
José Luis Pardo, en la introducción de su obra «Metafísica. Preguntas sin respuesta y problemas sin solución» señala que quizá ya no vivimos en una época en que la metafísica pueda ser una disciplina fácilmente reconocible, con su objeto, su método y su lugar dentro del ámbito del saber. Nuestra cultura moderna, está muy marcada por la ciencia, la técnica y la utilidad inmediata y tiende a desconfiar de aquellas preguntas que no se resuelven mediante la observación, la experimentación o el cálculo. Desde esa perspectiva, las grandes cuestiones metafísicas puede parecer que son restos de un pensamiento antiguo, abstracto y alejado de los problemas de la vida actual.
Sin embargo, el abandono de las «viejas preguntas metafísicas» no significa que estas hayan desaparecido. La obra de Pardo es, en su conjunto, una defensa de que la metafísica no debe entenderse sólo como un conjunto de respuestas dogmáticas, cerradas y universales que pretenden resolver de una vez por todas los enigmas de la realidad, sino que es una forma de pensamiento cuyo verdadero valor consiste, más bien, en mantener vivas ciertas preguntas fundamentales, que ninguna época puede cerrar por completo.
La metafísica tiene su comienzo allí donde dejamos de considerar como evidente todo lo que habitualmente damos por supuesto. No pregunta sólo por los objetos que existen, sino por el hecho mismo de que existan; por las condiciones que hacen posible que algo aparezca como real, verdadero o pensable. Mientras el ser humano continúe preguntándose por Dios, la existencia, el tiempo, la libertad, la identidad, la verdad o la muerte, la metafísica seguirá presente, porque esas preguntas son las que siempre regresan una y otra vez.
Vivimos en un tiempo en el que las preguntas demasiado profundas son mal toleradas. La preferencia actual es la respuesta rápida, la opinión inmediata, la utilidad práctica. Todo tiene que servir para algo: para producir, para resolver. En cambio, la lentitud del pensamiento no encaja en el ritmo vertiginoso que la tecnología ha implantado en nuestra forma de vivir. Todo parece exigir inmediatez; responder u opinar al instante; pasar de una cosa a la otra sin pausa. En ese clima, pensar despacio casi resulta una anomalía. Incluso, los silencios llegan a resultar incómodos porque estamos acostumbrados a refugiarnos en el ruido de las pantallas, las notificaciones, las voces, la estimulación constante. La «contemplación«, que en otro tiempo y en otros siglos, fue una forma de relacionarnos con el mundo es ahora, para muchos, una pérdida de tiempo, porque consideran que, precisamente, de ella no surge nada inmediato ni provechoso.
¿Para qué sirve preguntarse por el ser? ¿Para qué sirve pensar en el alma, en Dios, en la nada, en la muerte, en la libertad, en el tiempo, en el sentido último de la existencia?
Esas grandes preguntas metafísicas, hoy apenas sirven, nos parecen inútiles, abstractas… alguien diría que, incluso, están fuera de lugar. Pero en ellas, sin duda, hay grandeza. Es cierto que no sirven para fabricar cosas, para mejorar la productividad o el rendimiento, pero sí sirven para algo más profundo y decisivo: sirven para que nosotros mismos no acabemos por convertirnos también en cosas.
Por tanto la fuerza de la metafísica reside en que tiene obstinación por preguntar. Allí donde la ciencia es capaz de explicar los procesos, la metafísica insiste en preguntar, precisamente, cuál es el sentido de que haya procesos; si la política trata de organizar la convivencia, la metafísica pregunta por la justicia, la libertad y por el fundamento de dicha convivencia. En suma, la metafísica es una mirada que va más allá de la superficialidad de los hechos y pregunta, una y otra vez, por aquello que sostiene o fundamenta esos hechos.
Cuando alguien deja de preguntarse por el sentido de su vida, corre el riesgo de vivir como si fuera una pieza de engranaje: cumpliendo sus funciones, produciendo, consumiendo, repitiendo gestos, pero sin saber para qué vive realmente. Su vida puede quedar reducida a pura inercia: se trabaja porque toca trabajar; se corre porque todos corren; se consume porque todos consumen.
La metafísica es una forma de resistencia
Frente a una época que quiere reducirlo todo a datos, cálculos, rendimientos y consumos, la metafísica nos recuerda que no todo lo que importa puede medirse; que no toda la verdad cabe en las estadísticas; que no todo lo humano se puede reducir a utilidad.
La metafísica resiste a la prisa, porque exige detenerse; al ruido, porque necesita silencio; al pragmatismo, porque no todo lo importante tiene una utilidad inmediata; y a la técnica, porque pregunta no sólo qué podemos hacer, sino para qué y con qué sentido lo hacemos.
En definitiva, la metafísica es una resistencia frente a la banalidad porque se niega a aceptar que la existencia quede reducida a un mero funcionamiento. ¿Por qué solo tendemos a valorar las cosas únicamente en función de su utilidad, de su beneficio o por la función que desempeñan? Pensando así, el ser humano corre el riesgo de ser comprendido también como instrumento: consumidor, usuario, trabajador, contribuyente, votante, etcétera. Es decir, como una pieza más de la compleja maquinaria social o económica.
Sin embargo, la metafísica interrumpe esa lógica. Se niega a considerar como evidente el mundo tal y como se nos presenta. Esa resistencia tiene también una dimensión moral. ¿Por qué? Porque cuando el ser humano se reduce a un ente funcional, pierde en cierto modo la dignidad moral que le pertenece. La metafísica se opone a esa reducción porque se interesa por el ser de la persona y no solo por su utilidad: nos recuerda que alguien no vale únicamente por lo que hace, por lo que posee o por su posición social, sino que su valor emerge del hecho de existir como ser consciente y abierto al mundo.
Todos nosotros hemos conocido muchas experiencias —el amor, la pérdida, la belleza, el miedo, la esperanza, el perdón, la culpa, la gratitud— que no se dejan encerrar totalmente en explicaciones técnicas. Podemos describirlas, analizarlas, incluso medir algunos de sus efectos; pero su fondo último permanece abierto y reclamando pensamiento acerca de él. Precisamente, la metafísica nos impulsa, no a huir del mundo, sino a pensar ese fondo.
Eso no quiere decir que la metafísica signifique despreciar las cosas concretas. Al contrario: «preguntar por el ser» implica tomar las cosas tan en serio que ya no podemos conformarnos con verlas pasar ante nosotros, como simples apariencias fugaces. La metafísica no abandona el mundo; lo contempla con una atención más honda. Por eso, la metafísica se emplea a fondo en aquello que mejor sabe: preguntar. ¿Qué significa que yo sea? ¿Que las cosas sean? ¿Qué permanece cuando todo cambia? ¿Por qué existe esta vida, esta conciencia o este tiempo? No puede pensarse en absoluto que estas preguntas suponen una huida de la realidad, sino, al contrario, su fidelidad más radical: intentan escuchar la realidad en toda su profundidad.
La vida cotidiana suele cubrir estas preguntas con el ruido: hay que trabajar, comprar, responder mensajes, cumplir horarios, discutir, organizar, sobrevivir. La existencia se llena de obligaciones, de pequeños asuntos y tareas que reclaman nuestra atención inmediata. Es cierto que todo eso es necesario porque no podemos vivir permanentemente detenidos ante los grandes enigmas de la realidad, ni convertir cada gesto cotidiano en una meditación filosófica. La normalidad convierte el mundo en algo que aparentemente nos resulta conocido. Nos levantamos, cruzamos las mismas calles, hablamos con las mismas personas, utilizamos los mismos objetos y damos por supuesto que mañana todo seguirá ocupando su lugar. La repetición crea una sensación de continuidad que nos permite vivir sin sentirnos amenazados constantemente por la incertidumbre. Es como si la costumbre nos protegiese de tener que enfrentarnos a cada instante con la extrañeza del mundo.
Pero de vez en cuando se abre una grieta en esa superficie tan cotidiana. Puede ser una enfermedad que nos obliga a reconocer la fragilidad de nuestro cuerpo; una despedida que nos enfrenta al peso de la ausencia de alguien a quien queremos; un nacimiento que nos coloca ante el desafío que supone el comienzo de una nueva vida; una boda que materializa el amor en una promesa o una muerte que interrumpe para siempre la continuidad de una vida que nos es querida o cercana. Ante todo esto, la vida deja de ser costumbre y vuelve a mostrarnos su cara de misterio. Esas experiencias despiertan preguntas que normalmente no tenemos presentes ¿qué significa estar vivo? ¿por qué se ama a determinadas personas? ¿qué permanece en nosotros a través de los años? ¿qué sentido podemos otorgar a la muerte? Después, la pequeña grieta suele cerrarse. Regresa lo cotidiano y volvemos a ocuparnos de la normalidad. Pero algo puede haber cambiado. Durante un instante hemos descubierto que debajo de esa normalidad hay algo profundo que nunca desaparece del todo.
La metafísica habita, precisamente, en esa grieta a la que nos conducen todas esas preguntas. No está para complicar nuestra vida cotidiana, sino para devolverle profundidad. Porque una existencia sin esas preguntas es una existencia plana. Podemos vivir por muchos años sin preguntarnos nada esencial y, sin embargo, tener el sentido de que nos falta algo. Podemos vivir rodeados de cosas y no saber muy bien qué hacer con nuestra alma. Podemos tener una información ingente y, aun así, carecer de sabiduría. Podemos tener múltiples canales de comunicación y no saber realmente qué decir.
La metafísica, hay que decirlo, contiene también una forma de humildad. No trata de colocarse en un plano superior al de la realidad, sino que se sitúa ante ella sabiendo que trata de comprender las mismas dimensiones de las cuales también forma parte. Podemos desmontar una máquina, estudiar su funcionamiento y reconstruirla. Podemos medir, clasificar, manipular, utilizar, etcétera. Pero Dios, la muerte, el ser, la nada, el tiempo, la libertad o el sentido, no aparecen de ese modo ante nosotros. No son como los demás objetos que podemos colocar sobre una mesa y analizarlos. La metafísica se aproxima con humildad a esas dimensiones de la existencia porque nosotros mismos estamos implicados directamente en ellas antes, incluso, de que las pensemos. No somos neutrales ante la muerte porque caminamos hacia ella; no pensamos el tiempo desde fuera porque somos seres temporales; no preguntamos acerca del sentido de la existencia tratando de buscar una definición como quien busca en el diccionario, sino que lo hacemos desde nuestros deseos, nuestras esperanzas y nuestros fracasos.
En definitiva, la metafísica no contempla el mundo desde un lugar de privilegio. Simplemente, reconoce que el ser humano No es el dueño absoluto de la realidad. Que, aunque podamos conocer muchas cosas y descubrir sus causas, hay otras muchas acerca de las cuales no comprendemos su sentido profundo. Por tanto, la «actitud humilde» de la metafísica no supone un desprecio de la ciencia ni tampoco buscar refugio en lo irracional o en lo dogmático. La metafísica comienza a preguntar allí donde el conocimiento útil, técnico y científico termina y, además, es consciente de que toda respuesta abre camino a un nuevo interrogante. Por eso, evita que sus conclusiones se conviertan en certezas absolutas.
El pensamiento metafísico se detiene ante la realidad y reconoce que hay algo en ella que no termina de comprender; que no todo es tan evidente como parece y que es necesario preguntar por aquello que solemos dar por supuesto. La metafísica, por tanto, nace del asombro y de la perplejidad ante aquellas dimensiones de la realidad que no se dejan conquistar por completo mediante nuestros métodos, nuestros cálculos y nuestros razonamientos. Tendemos a alimentar la ilusión de que todo puede ser explicado, clasificado y sometido a nuestros conceptos. Y, ciertamente, necesitamos conceptos, juicios y argumentos para comprender el mundo. Pero la metafísica nos despierta de esa ilusión de creer que somos los dominadores del mundo, porque no lo somos. Nos recuerda que pensar la realidad no quiere decir que la comprendamos por completo. Lo real excede de nuestras categorías mentales, de nuestras explicaciones y desborda los límites de nuestra inteligencia. La metafísica es el reconocimiento de todo esto y, por eso, constituye una de las formas más lúcidas y humildes de conocimiento.
La metafísica, ya lo hemos enunciado antes, posee también una indudable dimensión moral. Puede que, en apariencia, las cuestiones abstractas –el ser, la libertad, la verdad, el tiempo, la muerte o el sentido– estén alejadas de la realidad, pero lo cierto es que terminan por afectar a nuestra manera de vivir y de relacionarnos con los demás. Por ejemplo, cuando preguntamos acerca de la libertad, no sólo contemplamos que la libertad es poder elegir entre varias opciones, sino también la posibilidad de orientar la propia vida, asumir compromisos y ser responsable de lo que uno hace. Pensar metafísicamente la libertad implica reconocer que nuestros actos no son indiferentes, que construyen nuestra identidad y que afectan a la vida de los otros.
La reflexión sobre el tiempo y la finitud también posee una dimensión moral. No disponemos de un tiempo infinito y la conciencia de la muerte no tiene porqué conducir a una actitud pesimista. Puede ser una llamada a vivir con mayor atención, responsabilidad y cuidado hacia lo que amamos y consideramos justo. La pregunta metafísica acerca de la identidad personal también es moralmente importante: ¿qué hace que una persona siga siendo la misma a través del tiempo?
Especialmente relevante es la pregunta en torno a la dignidad humana: ¿existe una dignidad humana con independencia de la utilidad, el éxito o el reconocimiento social? La metafísica nos ayuda a comprender que toda persona posee valor por el simple hecho de ser persona y que ese valor no desaparece cuando deja de tener éxito o ya no es provechosa. La dignidad no es ninguna recompensa que nos concede la sociedad, sino una condición que debe reconocerse y protegerse. Esta idea concede un fundamento muy importante para la ética y para los derechos humanos: una sociedad justa no puede valorar a sus miembros sólo por lo que aportan. Debe considerar y proteger también a quienes no pueden ser tan competitivos, tan útiles o, simplemente, valerse por sí mismos. Por eso, situaciones como la infancia, la vejez, la enfermedad o la discapacidad, ponen a prueba nuestra concepción moral: revelan si consideramos verdaderamente la dignidad de las personas que están en esas situaciones o sólo atendemos a su utilidad. Este punto nos aproxima a la «ética del cuidado» (1): reconocer que somos seres finitos, dependientes y vulnerables, es superar la ficción de una autonomía absoluta. Nadie se ha dado la vida a sí mismo ni tampoco puede sostenerse sin los otros. Hemos necesitado cuidados y, probablemente, volveremos a necesitarlos. La necesidad de la dependencia no es una debilidad transitoria o accidental, sino una dimensión propia de la existencia humana.
(1) La ética del cuidado arranca, como corriente filosófica, en la década de 1980. Su punto de partida se suelo fijar en la obra de Carol Gilligan, «In a different Voice» -En una voz diferente- (1982). Esta autora mostró en su obra que también existe una voz moral centrada en la responsabilidad, las relaciones personales y la atención a las necesidades concretas de los demás. Posteriormente, la ética del cuidado se ha ampliado a otros ámbitos como la salud, la educación, la dependencia, la discapacidad, etcétera. Pero su idea central se mantiene en que los seres humanos no somos completamente autosuficientes sino seres vulnerables que necesitamos cuidar y ser cuidados a lo largo de nuestra vida.
Sería muy extenso continuar citando cuestiones a través de las cuales la metafísica pone de manifiesto su dimensión moral. Aquí sólo nos hemos limitado a señalar algunas de ellas, siendo conscientes de que existen otras muchas y, tal vez, de mayor importancia. Pero la idea es que el lector de estas líneas conozca que la metafísica puede enseñarnos cómo asumir y respetar los límites de nuestro conocimiento puede convertirse en un respeto hacia los demás.
Para concluir estas breves líneas sobre la metafísica, hemos de señalar su dimensión profundamente humana. Porque todos, en algún momento, somos metafísicos. Lo somos ante el nacimiento o la muerte; ante el adiós; ante el amor y la belleza; ante la injusticia que nos indigna; ante el tiempo que pasa tan deprisa o tan despacio; ante la pregunta por Dios o por el sentido…
La metafísica nos implica. No permite que seamos meros espectadores, ni que las respuestas que pueda proporcionarnos nos dejen impasibles. Desde luego, es más fácil vivir con las fórmulas que heredamos, con las frases hechas, con las seguridades adquiridas. Pero la metafísica nos empuja a salir de esa zona de confort y preguntar. Y entonces descubrimos que preguntar no es señal de debilidad; es una forma de habitar el mundo, tal vez, con mayor dignidad. ¿Por qué? Porque preguntar es reconocer que no se sabe todo, que no se acepta pasivamente cualquier respuesta, que admitimos humildemente los límites del propio conocimiento, que somos capaces de preguntar también por los demás y porque preguntar también es una forma de resistencia a la banalidad, tan imperante hoy día.
Es cierto que la metafísica no siempre nos proporciona respuestas certeras ni definitivas. Pero siempre acompaña. No elimina nuestros temores ni nuestras angustias, pero los hace pensables. Y eso ya es mucho, porque pensar significa que aún no estamos acabados y que podemos comprender el mundo de otro modo.
La metafísica, en suma, nos concede un extraordinario permiso. El permiso para indagar sobre un mundo que es más amplio que nuestras explicaciones. El permiso para conservar, incluso en la vejez, en el cansancio o en el desencanto, una forma de «infancia espiritual»: la capacidad de asombrarse, de mirar lo real y ser capaces todavía de preguntar ¿por qué? ¿para qué? ¿qué significa?
Si la metafísica sigue presente en nuestra intimidad, seguirá viva una de las formas más puras de la esperanza: la esperanza de que la vida, aunque duela, siempre puede ser preguntada con hondura, con humildad y con amor.
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