6 de agosto de 2026

John Rawls (1921-2002) es uno de los pensadores esenciales y más influyentes en la filosofía política contemporánea. Tras décadas en las que el utilitarismo había dominado la reflexión moral y política, Rawls devolvió al primer plano una cuestión fundamental: ¿qué es lo que hace que una sociedad sea justa? La respuesta a esta cuestión, la desarrolla principalmente en su obra «Teoría de la justicia» (1971). En ella, transformó el pensamiento político del siglo XX y todavía continúa siendo una referencia imprescindible para comprender los debates actuales sobre la democracia, el Estado del bienestar, la igualdad y los derechos fundamentales.
Su propuesta no parte de una ideología concreta ni de un programa político determinado, sino de una pregunta profundamente filosófica: ¿qué principios aceptaríamos para organizar la sociedad si no supiéramos qué lugar vamos a ocupar en ella? Veamos con brevedad qué nos quiso decir John Rawls...
Rawls fue un pensador que no se sintió atraído por las grandes declaraciones políticas. Tenía un carácter reservado y discreto, lo cual contrasta con la gran influencia que su pensamiento tuvo sobre la filosofía política contemporánea.
Nació en la ciudad de Baltimore (EEUU) en 1921. Fue estudiante en la universidad de Princeton y participó como soldado en la Segunda Guerra Mundial. Tuvo ocasión de visitar Hiroshima, tras la explosión nuclear, y eso le dejó profundamente marcado por la experiencia del sufrimiento inmerecido y por la conciencia de que la fortuna natural y social distribuye ventajas y desgracias sin atender al verdadero mérito de las personas. A su regreso a los EEUU terminaría por ser profesor en Harvard, donde desarrolló la mayor parte de su carrera académica. Falleció en 2002 a la edad de ochenta y un años.
El interés de Rawls fue devolver grandes preguntas normativas al centro de la filosofía política. Preguntas como por ejemplo, ¿qué es una sociedad justa? ¿qué derechos deben reconocer las instituciones? ¿hasta dónde las desigualdades económicas son legítimas? Con estas preguntas no tenía la intención de describir cómo son en realidad las sociedades, sino establecer los principios con arreglo a los cuales debían organizarse las instituciones fundamentales de la sociedad.
Por tanto, la pregunta fundamental de Rawls es sencilla de formular, aunque muy difícil de responder: ¿qué principios de justicia elegirían personas libres e iguales si tuvieran que decidir de manera imparcial cómo organizar la sociedad? Es importante resaltar que en esta pregunta hay dos elementos esenciales: justicia e imparcialidad. Veremos qué significa todo esto según Rawls.
Rawls inicia su obra, «Teoría de la justicia», con una afirmación que resume toda su filosofía:
«La justicia es la primera virtud de las instituciones sociales, como la verdad lo es de los sistemas de pensamiento.»
Esta frase es, tal vez, la afirmación más célebre de John Rawls y constituye el núcleo de toda su filosofía política. En ella, establece una potente analogía: así como nadie aceptaría una teoría científica solo porque sea útil, elegante o popular, si sabemos que es falsa, tampoco nadie debería aceptar que las instituciones políticas sean injustas, aunque produzcan crecimiento o riqueza. Es decir, si en el terreno de la ciencia, la verdad es el criterio supremo, para evaluar una sociedad y sus instituciones, dicho criterio supremo debe ser la justicia.
Por tanto, con esta afirmación, Rawls se enfrenta directamente al utilitarismo. Recordemos que el utilitarismo es una doctrina que sostiene que una determinada acción, una ley o una institución es moralmente correcta cuando produce la mayor cantidad posible de bienestar o felicidad para el mayor número de personas. Es decir, el utilitarismo se fija en las consecuencias de las acciones, no en su intencionalidad ni en el respeto a los derechos absolutos. Sin embargo, Rawls rechaza de plano esta «lógica utilitarista». Según él, la justicia no puede quedar subordinada a la utilidad colectiva porque existen derechos y libertades que no pueden sacrificarse, por muy beneficioso que eso pudiera ser para la mayoría. La justicia no es un objetivo secundario, ni mucho menos un lujo. Es el fundamento mismo de toda legitimidad política.
Ahora bien, ¿no hay antecedentes en el pensamiento filosófico o político que consideran la justicia como el criterio orientador? Por supuesto que sí. La idea de Rawls no surge de la nada y se apoya en una gran tradición filosófica que considera la justicia como el criterio que debe orientar el orden público. Como ejemplos podrían citarse a Platón -la justicia es la virtud suprema de la polis-; a Aristóteles -la justicia es la virtud que regula la vida común-; a Tomás de Aquino -existen principios de justicia anteriores al poder político-; a los autores contractualistas modernos, como Hobbes, Locke o Rousseau o la influencia decisiva de Inmanuel Kant.
Precisamente, Rawls no dudará en reconocer esta deuda con Kant en su obra. Así lo dice en su prefacio:
«Más aún, esta teoría parece ofrecer otra explicación sistemática de la justicia que es superior, al menos así lo sostengo, al utilitarismo dominante tradicional. La teoría resultante es de naturaleza sumamente kantiana».
Aquí se revelan dos cosas importantes: a) que el verdadero enemigo de Rawls es el utilitarismo tradicional y b) que su teoría es kantiana, por varias razones:
- Porque las personas son fines en sí mismas
- Porque los principios de justicia son válidos en tanto que pueden ser aceptados por ciudadanos racionales que deliberan como iguales.
- Porque Rawls busca eliminar los intereses particulares y llegar a un punto de vista imparcial.
- Porque, y esto es tal vez lo más importante, Rawls sitúa la dignidad antes que la utilidad: las libertades básicas y la igualdad de todos los ciudadanos tienen prioridad sobre el aumento del bienestar colectivo.
Rawls no reproduce literalmente a Kant, pero adapta sus ideas sobre la igualdad moral, la autonomía y el respeto por la persona, al contexto de las democracias constitucionales modernas.
En definitiva, Kant pretendía una ética universal que fuera válida para toda persona racional. El conocido «imperativo categórico» kantiano podemos entenderlo, en el fondo, como una simple pero profunda cuestión: ¿cómo debemos actuar moralmente? Rawls recoge este guante, pero transforma las trazas de doctrina moral o filosófica de Kant en una concepción política de la justicia.
Veamos, a través de dos preguntas, la conexión y, a la vez, la diferencia entre Kant y Rawls:
Kant pregunta: ¿Qué debe hacer una persona racional para actuar moralmente?; Rawls pregunta: ¿Qué principios aceptarían personas racionales para organizar una sociedad justa?
Desde luego, este tema de la relación entre Kant y Rawls ha sido ampliamente estudiado, no sólo por el propio Rawls sino por diversos autores –Samuel Freeman, Thomas Pogge, Onora O’Neill, Allen W. Wood o Christine Korsgaard-, con lo cual hay muchas posibilidades de estudio para los interesados en este asunto.
Dejemos a Kant tranquilo y volvamos a las ideas de Rawls.
Hemos afirmado más arriba que, para Rawls, las libertades básicas y la igualdad de todos los ciudadanos tienen prioridad sobre el aumento del bienestar colectivo. Ahora bien, ¿esto es realmente justo? ¿se puede defender un principio absoluto cuando tal defensa supone un perjuicio para una mayoría de los ciudadanos?
Esta es, precisamente, una de las grandes objeciones que pueden hacerse a Rawls y una de las cuestiones más debatidas de la filosofía política contemporánea. Él está convencido de que esto sí es justo porque hay ciertos derechos que poseen un valor que no es negociable. Si se restringen, por ejemplo, libertades fundamentales para beneficiar a la mayoría, nadie podrá estar ya totalmente seguro: hoy se puede sacrificar la libertad de una minoría religiosa; mañana la libertad de expresión; pasado mañana el derecho a un juicio justo, etcétera. Una democracia no consiste solamente en que la mayoría ejerza el poder, sino también en que existan derechos que ni siquiera la mayoría pueda vulnerar. Pensemos, por ejemplo, en lo siguiente: ¿Condenaríamos a un inocente si con ello se evita una ola de disturbios? Rawls considera que si lo hacemos estaríamos destruyendo la idea misma de justicia, porque el inocente sería utilizado, en este caso, como un medio para tranquilizar a los demás.
Para un defensor del utilitarismo, en cambio, esa condena del inocente sí podría aceptarse. Es decir, la restricción de un derecho concreto es razonable cuando produce un beneficio para una amplia mayoría de los ciudadanos. En suma, el utilitarismo, no se fija en si un derecho es absoluto o no, sino en cuáles son las consecuencias de respetarlo o de limitarlo.
Llegados este punto, empieza la tarea más interesante de Rawls: ¿Cómo determinar qué principios son verdaderamente justos?
Para ello, nos propone un «experimento mental» conocido como «la posición original». Esa «originalidad» de nuestro filósofo consiste en no preguntarnos directamente qué creemos que es justo, porque sabe que nuestras respuestas suelen estar condicionadas por nuestros propios intereses o privilegios. Un rico, por ejemplo, defenderá un sistema que proteja la propiedad; alguien que pertenece a una mayoría, tal vez no vea necesaria la protección de las minorías; una persona que ha tenido acceso a una buena educación, tal vez defienda ese sistema infravalorando las desigualdades sufridas por otras personas que no han tenido el mismo acceso, etcétera.
En resumen, Rawls constata una sencilla observación: nuestras opiniones políticas y morales no nacen del vacío. Están condicionadas por nuestra historia personal, nuestra educación, nuestra riqueza, nuestra religión, nuestro sexo, nuestra clase social e, incluso, hasta por la fortuna que hemos tenido en la vida. Por eso, es difícil construir una teoría de la justicia preguntando a los ciudadanos qué normas prefieren, porque Rawls sospecha que confundiríamos la justicia con aquello que favorece nuestra situación personal.
¿Y qué es lo que propone Rawls para solucionar esto? Pues algo, en el fondo, muy simple: la imparcialidad debe preceder al cálculo de intereses. O, dicho de otra manera: la justicia sólo puede descubrirse cuando dejamos de razonar desde nuestra posición particular y adoptamos un punto de vista imparcial. Esta es, probablemente, la idea más original y potente de Rawls: la imparcialidad no consiste en ser moralmente mejores, sino en establecer un procedimiento que impida convertir nuestros privilegios en criterios de justicia.
Por ello, para diseñar las reglas de justicia fundamentales de una sociedad, Rawls nos sitúa en eso que él llama «la posición original». ¿En qué consiste? En que a los ciudadanos, antes de deliberar, se les impone una condición que es decisiva: ninguno de ellos sabe qué lugar ocupará en esa sociedad, una vez que hayan sido establecidas las reglas.
Es decir, se trata de deliberar acerca de las instituciones y reglas que han de regir en nuestra sociedad cuando todavía no sabemos quiénes seremos. Ignoramos si naceremos ricos o pobres. No conocemos nuestro sexo, nuestra religión, nuestra inteligencia, nuestra salud, nuestra raza ni nuestras capacidades. Podríamos pertenecer a cualquier grupo social.
Todo ese «desconocimiento» constituye lo que Rawls denomina «el velo de la ignorancia». La finalidad de este artificio es muy clara: al ignorar cuál será la posición futura que cada uno ocupará en la sociedad, nadie podrá diseñar reglas para favorecerse a sí mismo y todos están obligados a pensar desde un punto de vista imparcial. En definitiva, la posición original es un instrumento mental a través del cual Rawls intenta que los principios de justicia no nazcan del privilegio o del interés particular, sino de una deliberación de auténtica imparcialidad. Cuando nadie conoce cuál será su situación futura, desaparece la tentación de diseñar leyes en beneficio propio.
Es evidente que se trata de un recurso metodológico y no de algo real. El «velo de la ignorancia» no pretende describir cómo se toman realmente las decisiones de los seres humanos. Pero sí es un experimento mental para poner a prueba la imparcialidad de los principios de la justicia. Supone una reflexión que nos permita descubrir algo acerca de cuáles son los principios que consideraríamos justos. Como en otros muchos experimentos, tanto en la ciencia como en la filosofía, Rawls echa mano de una situación ideal -no real- para aislar un elemento esencial a la hora de establecer los principios de justicia: ese elemento es la imparcialidad. El experimento del «velo de la ignorancia», por tanto, nos sitúa en una posición desde la que podamos pensar imparcialmente, o sea más allá de nuestros intereses o privilegios particulares.
Siguiendo con el razonamiento de Rawls, él cree que las personas racionales que estén situadas en esa «posición original», aceptarían dos principios fundamentales: el primer principio sería el de las libertades básicas; el segundo principio seria el de igualdad de oportunidades y principio de diferencia. Expliquemos un poco.
El primer principio implica que cada persona ha de tener el derecho a disfrutar del sistema más amplio posible de libertades básicas e iguales para todos. Es decir, existe un conjunto de libertades fundamentales que el Estado tiene el deber de proteger. Entre esas libertades, destacan la libertad de conciencia; la libertad religiosa; la libertad de expresión; la libertad política; el derecho a voto; la igualdad ante la ley; el derecho a garantía jurídicas fundamentales. Todas estas libertades no pueden sacrificarse simplemente para aumentar la prosperidad económica o el bienestar colectivo, porque si se restringe la libertad de una minoría para obtener ventajas materiales, entonces se deja de tratar a todos sus ciudadanos como personas libres e iguales.
El segundo principio indica que Rawls reconoce que ninguna sociedad elimina por completo las desigualdades sociales y económicas. Por tanto, la cuestión decisiva no es si existen las diferencias -que siempre existen-, sino cuándo esas diferencias pueden considerarse justas. Los ciudadanos deben tener oportunidades reales para acceder a cualquier cargo o posición social. No basta con que la ley lo diga, sino que se garanticen las condiciones que permitan competir en igualdad. Esto implica una educación de calidad que sea accesible para todos; la ausencia de discriminaciones por origen, sexo o raza; instituciones que minimicen o reduzcan las desventajas que tienen su origen en el nacimiento, etcétera.
Como vemos, Rawls no niega la existencia de las desigualdades económicas o sociales, pero exige que la justicia corrija, al menos parcialmente, esas desigualdades iniciales. ¿Cómo efectuar esa corrección? Pues tratando de que se beneficie especialmente a todos los ciudadanos que se encuentran en la situación más vulnerable. Rawls no aspira a la igualdad absoluta, pero sí a que la igualdad de oportunidades no sea solamente formal o teórica, sino justa. Si la desigualdad sólo sirve para favorecer o enriquecer aún más a quienes ya ocupan las posiciones de privilegio y no mejoran la situación de todos los demás, entonces esa desigualdad ya no sería legítima.
Otra de las ideas más decisivas de Rawls es la llamada «lotería natural». Con ella, nos quiere llamar la atención sobre el hecho de que ninguno de nosotros elige las circunstancias más decisivas de su vida: no elegimos la familia en la que nacemos; el país; el patrimonio de nuestros padres; la calidad de la educación que recibiremos; ni tampoco nuestro talento natural. Todo eso es como si fuera resultado de una lotería, es decir, el resultado de un reparto azaroso sobre el que no tenemos control. Son circunstancias o contingencias que, simplemente, «nos han tocado».
Tomando como base esta idea de la lotería natural, Rawls compone una de las afirmaciones más importantes de su obra «Teoría de la Justicia»: La distribución natural de talentos no es justa ni injusta; tampoco lo es el hecho de haber nacido en una determinada posición social. Estos son simplemente hechos naturales. Lo que puede ser justo o injusto es el modo en que las instituciones responden a estas contingencias» (Teoría de la Justicia, capítulo II, «Los principios de la justicia», 17 «La tendencia hacia la igualdad»). E Inmediatamente después añade: «Las sociedades aristocráticas o de castas son injustas porque incorporan esas contingencias naturales y sociales como base para distribuir privilegios y posiciones sociales».
En definitiva, Rawls sostiene que el talento natural es un patrimonio moralmente arbitrario. El que nace con él puede beneficiarse, pero la idea poderosa es que las instituciones deben organizarse de tal manera que ese talento también redunde en beneficio de los que tuvieron pero suerte en el reparto de la «lotería natural».
Para ir concluyendo esta breve aproximación a las ideas de John Rawls hemos de referirnos a que, aunque su influencia ha sido enorme, también ha recibido un buen número de críticas.
Una de las más conocidas es que su teoría sobre el velo de la ignorancia es demasiada abstracta. Lo es porque nadie puede desprenderse de su identidad de ese modo, ni ignorar su cultura, su historia, su lengua, sus tradiciones o sus relaciones.
Además de esa abstracción, también se critica que Rawls cree que la sociedad es una asociación de individuos autónomos que negocian las reglas de la convivencia. Sin embargo, nuestra identidad nace, precisamente, a partir de comunidades concretas. Se critica que Rawls da demasiada importancia al individuo y poca a los vínculos que se adquieren en comunidad.
También se critica que, al insistir en la idea de la «lotería natural», Rawls parece atribuir el mérito principalmente al azar y resta importancia al esfuerzo de los individuos.
Rawls también es cuestionado por una excesiva rigidez en los principios. La crítica aquí consiste, sobre todo, en señalar que la prioridad de las libertades básicas no debe aplicarse de manera absoluta, sino que han de ponderarse también sus consecuencias. Incluso, desde posiciones feministas, se reprocha a Rawls que se fija en las instituciones, pero presta poca atención a las desigualdades que tienen su origen en la familia o en las relaciones sociales cotidianas.
En definitiva, la importancia de su pensamiento justifica, como vemos, críticas diversas. Pero tal vez la crítica más importante desde el punto de vista filosófico es si un principio de justicia puede aplicarse incluso cuando produce un perjuicio muy grave para la mayoría. Esta objeción es, quizá, la más profunda y sigue dividiendo a los filósofos políticos contemporáneos.
Por último, unas líneas acerca de la diferente concepción de justicia que representa John Rawls frente a Robert Nozick, también profesor de Harvard y autor de la obra «Anarquía, Estado y utopía» (1974), que escribió como respuesta a la obra de Rawls, «Teoría de la Justicia». Ambos se conocieron muy bien durante décadas en las que fueron colegas en la universidad. De hecho, su confrontación fue siempre intelectual, no personal.
Ya hemos visto que Rawls sostiene que las desigualdades económicas solo son justas si acaban beneficiando también a los más desfavorecidos. Defiende que el Estado tiene que garantizar las libertades básicas, la igualdad de oportunidades y una redistribución que permita corregir, al menos parcialmente, las desigualdades que tienen su origen en el azar o en la lotería natural.
Sin embargo, Nozick, afirma que la justicia consiste en respetar la libertad individual y el derecho de propiedad. Cuando una persona adquiere sus bienes legítimamente, el Estado no tiene porqué redistribuir su riqueza, a pesar de que existan grandes desigualdades y ha de limitar su función a proteger la seguridad, los contratos y los derechos de los ciudadanos. En este sentido, Nozick es considerado como uno de los principales herederos contemporáneos del liberalismo clásico de John Locke.
En conclusión, Rawls sostiene un liberalismo igualitario, que trata de hacer compatible la libertad con una cierta redistribución y que la justicia depende del modo en que una sociedad trata a los más vulnerables. Por contra, Nozick aboga por un liberalismo de corte libertario, heredero de Locke: la misión principal del Estado no es corregir las desigualdades sociales sino proteger la libertad y la propiedad privada.
Un ejemplo claro de hasta donde llega la disparidad de criterios entre Rawls y Nozick es la cuestión de los impuestos. Para Rawls, los impuestos constituyen un instrumento legítimo para financiar bienes públicos y corregir desigualdades inmerecidas. Para Nozick, obligar a una persona a entregar parte del fruto de su trabajo supone una intromisión injustificada en su libertad.
Rawls defiende un Estado que garantice derechos sociales fundamentales: educación, sanidad, igualdad de oportunidades y protección frente a las situaciones más vulnerables. No pretende eliminar el mercado, sino situarlo dentro de un marco de justicia. Nozick, por el contrario, defiende el llamado Estado mínimo, limitado prácticamente a tres funciones: proteger la vida; garantizar la seguridad; hacer cumplir los contratos. Toda intervención adicional representa, a su juicio, una amenaza para la libertad individual.
Otro punto de radical desacuerdo es la concepción de ambos filósofos acerca de la libertad y de lo que significa ser libre. Para Nozick, una persona es libre cuando nadie interfiere en sus decisiones. La libertad es, en esencia, la ausencia de coerción. Sin embargo, Rawls preguntaría algo decisivo: ¿Puede considerarse verdaderamente libre a quien carece de educación, de atención médica o de recursos básicos?
Las democracias contemporáneas siguen moviéndose en esa tensión permanente entre garantizar la libertad individual y promover una justicia social que haga posible una igualdad real -no solo formal- de oportunidades.
Nos despedimos ya de Rawls y de su grandeza intelectual. Él devolvió a la filosofía política una cuestión fundamental: ¿qué instituciones podríamos aceptar en la sociedad si no supiéramos quiénes vamos a ser o qué lugar ocuparíamos en esa sociedad? Si nos aplicamos este sencillo experimento mental, nos vemos obligados a pensar desde la imparcialidad y no desde el privilegio.
Nuestra democracia tiene que mantener ese equilibrio frágil entre la libertad, la igualdad y la dignidad humana. Precisamente por eso, el pensamiento de Rawls sigue siendo tan actual, influyente y necesario para nuestro tiempo.
Mariano Gómez
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