21 de agosto de 2026

“Con ello pongo punto final a mis largas investigaciones sobre aquel entrañable ser tan cruelmente sacrificado por el odio y la ignorancia de quienes, en 1936, se sublevaron contra la Segunda República”.
IAN GIBSON Restábal (Granada) 3 de noviembre de 1997
Ese párrafo es de Ian Gibson, y aparece al final de la introducción de su obra biográfica “Vida, pasión y muerte de Federico García Lorca”.
Cuando Gibson escribe «Con ello pongo punto final a mis largas investigaciones», se refiere a las décadas que dedicó a reconstruir la vida de Lorca, su obra y, de manera muy especial, las circunstancias de su asesinato. Justo antes de esas palabras, Gibson señala su intención de trasladar su archivo al «Centro de Estudios Lorquianos de Fuente Vaqueros».
La frase final –aquél entrañable ser tan cruelmente sacrificado por el odio y la ignorancia…-, tiene una clara intención histórica y moral. Gibson NO presenta la muerte de Lorca como una consecuencia impersonal de la Guerra Civil, sino que atribuye expresamente su asesinato al clima de odio e intolerancia desencadenado por la sublevación militar de 1936 contra la Segunda República. Es decir, para él, el asesinato debe entenderse dentro de la represión ejercida por los sublevados de Granada tras el golpe de julio de 1936, y no como una fatalidad inevitable y anónima del caos bélico. Lorca no murió en la guerra, combatiendo, ni fue víctima accidental de un enfrentamiento militar. Fue detenido por fuerzas miserables vinculadas al bando sublevado, privado de garantías, trasladado y ejecutado sin juicio alguno.
Hay un matiz importante en el término «sacrificado». Gibson podría haber escrito simplemente «asesinado». Sin embargo, al elegir «sacrificado», convierte a Lorca en una víctima que formó parte de una violencia colectiva que necesitaba víctimas simbólicas. No pretende con ello quitar responsabilidad a los autores concretos del asesinato; al contrario, sitúa el crimen individual dentro de un mecanismo político de persecución y eliminación. En ese sentido, Lorca podía representar para sus asesinos muchas cosas a la vez: la cultura republicana, una sensibilidad liberal, la libertad artística, una sexualidad que no era normativa y una forma de vida alejada del orden conservador que querían imponer determinados sectores sublevados.
También hay algo especialmente significativo en la expresión «aquel entrañable ser». Después de tantos años investigándolo, Gibson habla de Lorca no solo como objeto de estudio, sino también con una evidente cercanía afectiva. La biografía termina convirtiéndose casi en una deuda personal con el poeta.
Gibson deja de hablar como un historiador profesional, distante, y aflora el vínculo personal que ha ido construyendo con el poeta tras décadas de investigación. “Entrañable” no significa aquí solo algo admirable: se refiere a alguien con el que ha llegado a sentirse cercano, casi íntimo, aunque pertenezca al pasado. En teoría, el biógrafo debe mantener distancia crítica; pero cuando dedica tantos años a una persona, lee sus cartas, reconstruye sus amistades, sus miedos, sus amores y finalmente las circunstancias de su muerte, esa distancia difícilmente puede permanecer intacta y Gibson no oculta esa implicación.
La palabra «ser» es igualmente significativa. No dice “poeta”, “escritor” ni siquiera “Lorca”. Lo llama “ser”, y al hacerlo parece querer rescatar al individuo que existía detrás del mito: es decir, a Federico como persona vulnerable, afectuosa, contradictoria, temerosa, alegre, creadora. Es como si Gibson, después de tantos años de investigación, hubiese conocido a «dos Lorcas»: a García Lorca, el personaje histórico y gran escritor y a Federico, el hombre.
Gibson se muestra especialmente interesado en la «juvenilia lorquiana». Es decir, en los escritos de juventud de Federico García Lorca –juvenilia es un término usado en la crítica literaria para las obras tempranas de una autor, escritas antes de alcanzar su madurez-.
En esa «juvenilia» se incluyen textos de la adolescencia y primera juventud: poemas, prosas, apuntes y otras composiciones. Todos ellos son valiosos porque permiten ver cómo se forma el futuro escritor; aparecen sus primeras obsesiones, su sensibilidad religiosa y amorosa, cómo empieza a concebir la naturaleza, la muerte, la soledad, el deseo o el paisaje de su tierra granadina. Por ello, esos textos interesan tanto a Gibson. No porque sean, precisamente, las mejores obras de Lorca, sino porque le ayudaron a conocer a un Federico anterior al mito y al gran poeta universal.
En 1994, la editorial Cátedra publicó «Poesía inédita de juventud«, en edición de Christian de Paepe -hispanista, filólogo y profesor en Lovaina-. Esta obra reunía 155 poemas juveniles de Lorca que, hasta entonces, no se habían publicado en libro. La editorial explica que esos poemas habían sido conservados por el propio Federico y, tras su muerte, por su familia. Pocos años más tarde, la misma editorial Cátedra publica en 1997 el «Epistolario completo de Federico García Lorca«, preparado por Christopher Maurer y Andrew A. Anderson, que reúne la correspondencia de Lorca entre 1910 y 1936.
El libro de Ian Gibson atraviesa prácticamente todos los aspectos centrales de la vida y la obra de Lorca: la infancia en Fuente Vaqueros y Valderrubio, su familia, la educación, los primeros escritos y el ambiente granadino; la evolución desde las obras juveniles hasta las grandes creaciones poéticas y teatrales; su vida afectiva y su homosexualidad; la Residencia de Estudiantes y su amistad con Dalí, Buñuel y otros personajes de la cultura española; sus éxitos y crisis personales; el Romancero gitano, su viaje a Nueva York, el teatro y La Barraca; las interacciones entre su vida y su obra; la situación política de los años treinta: la República, la polarización social y el ambiente político en Granada; y, de manera especialmente decisiva, la persecución, detención y asesinato de Lorca en 1936.
¿Por qué Gibson se ocupa de esto último de manera «especialmente decisiva»? Porque el acercamiento de Gibson a Lorca nace ya marcado por la pregunta de cómo y por qué lo mataron. Por ejemplo, su primer gran libro sobre el poeta fue «La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca«, publicado en 1971 en París. Esa obra sería prohibida por el franquismo. Después vendría la gran biografía completa en 1985-1987 en la que amplía con enormidad el campo de estudio sobre Lorca, pero el asesinato del poeta siguió ocupando un lugar excepcional porque, aunque las circunstancias esenciales del crimen están suficientemente establecidas, permanecen sin aclarar aspectos decisivos: la cadena exacta de responsabilidades, algunos detalles de sus últimas horas y, sobre todo, el lugar donde fueron enterrados sus restos.
La muerte de Lorca terminó por adquirir una gran fuerza pública y simbólica. El poeta es uno de los grandes desaparecidos de la represión franquista y esas cuestiones de dónde está enterrado, quién dio la orden o quién participó en el fusilamiento han merecido durante décadas una gran atención social.
En agosto de 2026, se cumplen 90 años de aquellos días en que Lorca fue detenido y asesinado. No obstante, no existe unanimidad absoluta sobre la fecha exacta del fusilamiento. Gibson siguió la cronología tradicional que situaba la muerte del poeta en la madrugada del 19 de agosto de 1936; otras investigaciones más recientes la sitúan en la madrugada del 17 y, en otras fuentes, se sigue utilizando el 18 de agosto como fecha de conmemoración. Se sabe con bastante seguridad que fue detenido el 16 de agosto de 1936, pero la discrepancia está en cuánto tiempo permaneció vivo tras la detención. Algunos, como Miguel Caballero (1), tras revisar documentación militar, policial y administrativa, sostiene que todo ocurrió muy deprisa: Lorca habría sido detenido el 16 y fusilado ya en la madrugada del 17.
(1) Miguel Caballero es investigador e historiador que se ha especializado en Federico García Lorca y, especialmente, en las circunstancias de su detención y asesinato. Tiene destacados trabajos como «La verdad sobre el asesinato de García Lorca» (2007) y «Las trece últimas horas en la vida de García Lorca», reeditada en 2026, por el 90º aniversario del asesinato. Las conclusiones a las que llega Caballero son algo distintas de las que expone Gibson. En primer lugar, Caballero cree que los acontecimientos tuvieron lugar mucho más rápido de lo que se había pensado, situando el fusilamiento en la madrugada del 17 de agosto; en segundo lugar, Gibson tiende a situar la muerte de Lorca dentro del marco de la represión política de los sublevados, sin excluir razones como la homofobia y las enemistades personales, mientras que Caballero se centra más en estudiar las redes familiares, económicas y políticas granadinas que hicieron posible que Lorca se convirtiese en un objetivo. No se trata de explicaciones incompatibles. Es más bien una interesante cuestión historiográfica acerca de qué peso se da a cada causa y es ahí donde Gibson y Caballero difieren.
En todo caso, la incertidumbre cronológica proviene de que no existe un acta fiable de ejecución, no se encontró el cadáver, durante décadas la información se ocultó y lo que se transmitió se hizo mediante testimonios orales muy posteriores. Incluso, el propio Gibson se lamenta al referirse a cartas, testimonios y papeles que se han perdido. Da la impresión de que en lo relativo a su detención y asesinato quedan huecos que tal vez nunca se cerrarán del todo.
¿Por qué mataron a Federico?
Merece la pena detenerse en ello porque la muerte de Federico García Lorca no puede explicarse por una sola causa. Fue un asesinato dentro de la represión desencadenada en Granada tras la sublevación militar de julio de 1936, pero alrededor de su detención confluyeron su proximidad pública al mundo republicano y liberal, las enemistades locales y familiares y la hostilidad hacia su homosexualidad. Por tanto, estamos ante un entramado complejo que no puede ser reducido a un simple «lo mataron por ser rojo y homosexual». Es esa complejidad la que justifica que un investigador como Gibson dedicara décadas al estudio del caso.
Lorca no era militante de ningún partido político y evitó el compromiso partidista directo. Sin embargo, eso no significa que fuera políticamente indiferente. Durante el periodo de la Segunda República fueron visibles sus simpatías hacia posiciones republicanas, progresistas y antifascistas y participó en actos y manifiestos que lo situaban con claridad alejado de la derecha reaccionaria.
Por ejemplo, el 9 de febrero de 1936, en el Café Nacional de Madrid, en la calle Toledo, tuvo lugar una comida-homenaje a Rafael Alberti y María Teresa León. A dicho acto asistió Lorca junto a numerosos escritores e intelectuales –Antonio Machado, Luis Buñuel, Luis Cernuda, Rosa Chacel, León Felipe, José Bergamín, Ramón J. Sender, Concha Méndez, Dolores Ibárruri, Luis Araquistáin-. Lorca leyó un manifiesto de apoyo al Frente Popular que fue publicado unos días más tarde, el 15 de febrero -víspera de las elecciones generales-, en «Mundo Obrero», con el título «Los intelectuales, con el Bloque Popular«. Este es el texto publicado:
«Partidos a quienes separan considerables divergencias de principios, pero defensores todos de la libertad y la República, han sabido sumar sus esfuerzos generosos en un amplio Frente Popular. Faltaríamos a nuestro deber si en esta hora de auténtica gravedad política, nosotros —intelectuales, artistas, profesionales de carreras libres— permaneciésemos callados sin dar públicamente nuestra opinión sobre un hecho de tal importancia. Todos sentimos la obligación de unir nuestra simpatía y nuestra esperanza a lo que sin duda constituye la aspiración de la mayoría del pueblo español: la necesidad de un régimen de libertad y de democracia, cuya ausencia se deja sentir lamentablemente en la vida española desde hace dos años.
No individualmente, sino como representación nutrida de la clase intelectual de España, confirmamos nuestra adhesión al Frente Popular, porque buscamos que la libertad sea respetada, el nivel de vida ciudadano elevado y la cultura extendida a las más extensas capas del pueblo.»
Por tanto, Lorca, a pesar de no ser un militante revolucionario, sí podía ser considerado como peligroso por la derecha reaccionaria. La cuestión no era sólo lo que hacía políticamente, sino lo que representaba cultural y moralmente.
Su cercanía a la República era visible. Había dirigido «La Barraca», un proyecto teatral al amparo de la política cultural republicana. El proyecto nació en 1931-32 como teatro universitario ambulante, impulsado por estudiantes y que recibió el patrocinio del Gobierno de la República. Lorca sería nombrado director artístico del proyecto en noviembre de 1931.
La Barraca fue un proyecto con un fuerte componente de democratización cultural: llevar gratuitamente a pueblos y localidades alejadas de las grandes ciudades obras fundamentales del teatro clásico español –Lope de Vega, Calderón de la Barca o Cervantes, entre otros-. Eso estaba en línea con una de las aspiraciones culturales de la República: extender la educación y la cultura a sectores de la población que habían quedado tradicionalmente fuera de ellas. La cuestión es que Lorca se identificó con el proyecto: no sólo prestaba su nombre sino que dirigía, adaptaba textos, participaba en los ensayos, viajaba con los estudiantes y presentaba las representaciones. No es de extrañar que la implicación de Lorca en el proyecto de La Barraca fuese vista por sectores de la derecha reaccionaria como prueba de la vinculación del poeta con la República, a pesar de que Lorca no ocupaba un cargo político ni militaba en un partido.
Por otra parte, Lorca mantenía una estrecha relación con Fernando de los Ríos. Conviene decir algo acerca de esa relación.
De los Ríos fue profesor de Lorca en la Universidad de Granada. Pronto se convertiría, además, en una especie de mentor y protector del joven Federico, animándole a ampliar horizontes más allá de su Granada natal. Fernando lo impulsó a instalarse en Madrid, en la Residencia de Estudiantes. También lo convenció para que viajase con él a Nueva York. Ese viaje resultaría fundamental porque de aquella experiencia nacería «Poeta en Nueva York«.
Además, las dos familias –De los Ríos y Lorca– terminarían, literalmente, emparentadas: una hija de Fernando de los Ríos, Laura, se casaría en 1942 con un hermano menor de Federico, Francisco, en los Estados Unidos.
Pero lo que interesa, además de estas circunstancias familiares es que Fernando de los Ríos no era sólo un profesor: fue una de las figuras relevantes del socialismo democrático y ministro durante la Segunda República. Ser amigo de él no convertía automáticamente a Lorca en socialista ni tampoco demuestra ningún tipo de militancia política. Pero en la Granada extremadamente polarizada de 1936, esa relación de cercanía contribuía a situar a Federico en el ámbito liberal, republicano y progresista que era, precisamente, el espacio político y cultural que los sublevados consideraban como enemigo. Todo esto conviene entenderlo bien. La amistad de Lorca con Fernando de los Ríos no significa por sí sola que fuese causa de su asesinato. Pero dentro del clima político de Granada en 1936, esa relación contribuía a situar a Federico en un determinado campo ideológico, con independencia de cómo Federico se definía políticamente a sí mismo.
Hay otra dimensión especialmente interesante. En gran parte de la literatura de Lorca hay una atención hacia quienes quienes sufrían exclusión, represión o falta de libertad. Así ocurre, por ejemplo, en el «Romancero gitano», donde el gitano es una figura poética central y donde presenta personajes perseguidos, vigilados y enfrentados a una autoridad -con frecuencia la Guardia Civil-, que aparece como fuerza represiva. También en «Poeta en Nueva York» donde la mirada del poeta se dirige hacia quienes quedan sometidos a las estructuras económicas y sociales que reducen los individuos a mercancía, número o fuerza de trabajo. Igualmente, en su teatro podemos encontrar algo semejante. «Yerma» muestra a una mujer atrapada entre su deseo personal y las normas sociales que determinan qué debe ser una mujer; «La casa de Bernarda Alba», donde unas hijas viven encerradas bajo una autoridad que controla su cuerpo, sus deseos y su libertad; O en «Bodas de sangre» donde los personajes que se apartan de las convecciones sociales terminan pagando un terrible precio por intentar vivir conforme a su deseo.
Por ello, es posible rastrear en su obra una estructura recurrente: individuo que desea vivir libremente → norma social que lo limita → conflicto → frustración, violencia o tragedia.
Lorca concede voz y dignidad al marginado y, por ello, termina cuestionando aunque sea indirectamente el orden que sostiene esa marginación. Ese posicionamiento y sensibilidad hacia los que están en los márgenes de la sociedad también contribuyó a que el poeta se convirtiera en “sospechoso”.
Pero había algo más
Lorca era homosexual en una sociedad profundamente homófoba.
No parece históricamente defendible, ni rigurosamente exacto, decir que lo asesinaron exclusivamente por ello, pero eso tampoco puede considerarse irrelevante. Este hecho fue silenciado durante décadas al hablar de su vida, pero no puede separarse completamente del clima de hostilidad que rodeó su persecución. El rechazo que podía suscitar, entre determinado sectores reaccionarios, su orientación sexual fue un factor más de los que confluyeron en su muerte.
En la Segunda República, la homosexualidad no estaba perseguida legalmente, como sí lo estaría después bajo el franquismo -en 1954, la «Ley de Vagos y Maleantes» fue modificada para incluir a los homosexuales entre las personas consideradas socialmente peligrosas-. Sin embargo, seguían existiendo fuertes prejuicios morales, religiosos y sociales.
En el caso concreto de Federico, se dispone de un documento muy significativo: en 1965 la «Brigada Regional de Investigación Social de Granada» redactó un informe secreto titulado «Antecedentes del poeta Federico García Lorca». Allí, la policía franquista tildaba simultáneamente a Lorca de socialista, masón y homosexual, aunque el propio informe reconocía que no constaba ningún caso concreto en sus antecedentes. El documento fue redactado veintinueve años después del asesinato del poeta y contiene errores que el propio Gibson ha señalado como «garrafales«, pero demuestra algo importante: que dentro de la mentalidad del aparato franquista, la homosexualidad sí podía figurar, junto al izquierdismo y la masonería, como elemento de sospecha y de hostilidad hacia su persona.
En definitiva, no sabemos en qué exacta medida la homosexualidad de Lorca pesó en la decisión de asesinarlo, pero existen razones para considerar que formó parte del «conjunto de estigmas» que rodearon su persecución. La sexualidad de Federico no explica por sí sola ni su obra ni su muerte, pero forma parte inseparable de la experiencia del hombre que escribió tanto y tan bien sobre el deseo prohibido, la frustración, la máscara social, el secreto y la imposibilidad de vivir con libertad aquello que uno es. Ian Gibson, sin duda conocedor profundo de Lorca, nos dice que nadie puede escribir hoy «con sensatez» sobre él sin tener en cuenta su homosexualidad. Este es el pasaje textual:
«Han sido fundamentales para mi revisión del texto dos ensayos de Carlos Jerez Farrán: «Un Lorca desconocido. Análisis de un teatro irrepresentable» (2004) y «La pasión de San Lorca y el placer de morir» (2006). Demuestran, así como los trabajos anteriores de Binding y Sahuquillo, que hoy nadie puede escribir con sensatez sobre la obra del granadino sin tener en cuenta su homosexualidad, algo muy difícil en España hasta hace muy poco tiempo.» (Ian Gibson, «Vida pasión y muerte de Federico García Lorca»)
En el fondo, lo que hace Gibson es rechazar la idea de un Lorca «dessexualizado», reducido a dos dimensiones cómodas para la cultura española: por un lado, el poeta genial, convertido en figura intocable de la literatura; por otro, la víctima política, asesinada al comienzo de la Guerra Civil. Esas dos dimensiones son ciertas, sin duda, pero a juicio de Gibson, son insuficientes si con ellas se oculta al hombre concreto que existió tras el mito. Ese ocultamiento no es irrelevante porque la sexualidad pertenece a la biografía de una persona y puede dejar huellas profundas en su manera de experimentar el deseo, el amor, la soledad, la culpa, etcétera. Por eso, Gibson concede tanta importancia a todo tipo de cartas, escritos juveniles, testimonios y otras que durante mucho tiempo fueron incómodas o difíciles de interpretar abiertamente. Ese material le permitía acercarse no sólo al personaje público, sino al propio Federico. Un hombre que se enamoraba, sufría rechazos, deseaba ser correspondido y tenía que desenvolverse en una sociedad en la que expresar abiertamente una relación amorosa entre hombres podía comportar rechazo, condena moral y estigmatización social.
En este sentido, los «Sonetos del amor oscuro» son esenciales para entender a ese Federico íntimo que amaba y sufría dentro de unas condiciones históricas que hacían muy difícil que pudiera vivir ese amor con libertad. Un Federico que Gibson se esfuerza en recuperar, más allá del poeta famoso y de la víctima política que fue en agosto del 36.
Nos quedaría hablar también de la existencia de enemistades locales y familiares.
La familia de Lorca pertenecía a un medio rural acomodado de la Vega de Granada. El padre, Federico García Rodríguez, consiguió hacer fortuna agrícola y poseía numerosas tierras. Sin embargo, en aquellas localidades como Fuente Vaqueros, Asquerosa -hoy Valderrubio- o Pinos Puente, cuestiones sobre la propiedad, los lindes, los matrimonios o las rivalidades entre familias eran origen de conflictos que podían durar muchos años. Se conocen, por ejemplo, algunos casos muy estudiados de enfrentamiento como el de los Lorca con la familia Roldán. Entre ambas familias, se sucedieron varios pleitos relacionados con propiedades. Por tanto, no es una enemistad que nace en julio de 1936 sino que existían ya resentimientos más antiguos que la guerra pudo convertir en algo más peligroso.
Los Roldán, además, estaban emparentados con los Alba, la familia que había inspirado algunos elementos de «La Casa de Bernarda Alba«. Eso pudo aumentar, según investigaciones posteriores, la animadversión hacia Federico de determinadas familias de Valderrubio que se reconocieron en personajes y situaciones que consideraron ofensivos. La obra de Lorca, por tanto, pudo añadir agravios personales a ciertos resentimientos familiares y económicos que ya existían.
Hay otro personaje, en el terreno de las enemistades, Juan Luis Trescastro, cuyo nombre aparece de manera repetida entre las personas relacionadas con la detención o la ejecución, aunque el alcance exacto de su participación todavía es discutido.
Sin embargo, puede decirse con bastante seguridad que Trescastro participó en el dispositivo que fue a buscar a Lorca a casa de los Rosales, donde se había refugiado y se le atribuyen jactancias inmediatamente después del asesinato del poeta. Gibson recoge en su obra varios testimonios de que Trescastro «decía en bares y cafés granadinos que había participado personalmente en el asesinato». Sin embargo, la historiografía no ha podido demostrar que formara parte del pelotón de ejecución. Sin embargo, sus jactancias, fueran ciertas o no, sí que sirven para entender cómo la homofobia formó parte del clima que rodeó la persecución y asesinato de Federico.
El punto fundamental es que todas estas enemistades se pudieron transformar, tras el golpe militar, en una amenaza mortal para Federico. ¿Por qué? Porque después de que los sublevados tomaran Granada, esas personas podían disponer de armas, contactos políticos y acceso o presencia en el nuevo aparato represivo. El golpe ofreció una oportunidad de «ajustar cuentas» sobre todo por la desaparición de las garantías jurídicas: se sucedieron detenciones arbitrarias, registros, encarcelamientos y ejecuciones sin juicio. Era suficiente con presentar a alguien como rojo, masón, socialista, enemigo del Movimiento Nacional o cercano a figuras republicanas para que quedara en una situación de gran vulnerabilidad.
Miguel Caballero concede una gran importancia a estas «rencillas familiares.y locales». Incluso, ha llegado a mantener que fueron la causa principal del asesinato y que Federico, de alguna manera, acabó pagando por los resentimientos que estaban dirigidos contra su padre. En cambio, Ian Gibson, aunque reconoce la importancia de esas rencillas y también afirma que la familia Roldán estuvo implicada, sitúa todas esas posibles venganzas en un marco más amplio: en el de la represión política, en la consideración de Federico como «rojo», en la relación de amistad con Fernando de los Ríos, en su homosexualidad y en las luchas entre diversas facciones de la derecha granadina.
En conclusión, tal vez lo más acertado sea decir que el asesinato de Lorca se produce dentro de la represión que desencadenaron los sublevados y que esa violencia política pudo ser aprovechada por personas y familias que acumulaban resentimientos contra los García Lorca: la política proporcionó el poder para matar; los viejos odios pudieron contribuir a señalar a la víctima…
La detención
Después del golpe militar, Granada quedó en manos de los sublevados el 20 de julio. Lorca permaneció inicialmente en la «Huerta de San Vicente», con su familia. Allí, sufrió registros y amenazas hasta el punto de que, atemorizado, decidió abandonar la casa familiar y se trasladó el 9 de agosto a la vivienda de la familia Rosales, en la calle Angulo de Granada.
En efecto, en los primeros días de agosto de 1936, grupos armados entraron varias veces en la residencia familiar de los García Lorca. El mismo 20 de julio, el día en que Granada quedó bajo el control de los sublevados, se detuvo a Manuel Fernández Montesinos, alcalde socialista de la ciudad y marido de una hermana de Federico. La familia del poeta sabía, por tanto, que la represión se cernía ya sobre su círculo más próximo. De hecho, Fernández Montesinos, sería fusilado el 16 de agosto en las tapias del cementerio de San José en Granada. Es decir, el mismo día en que, como veremos, Federico sería detenido en casa de Los Rosales
Volvemos a la Huerta de San Vicente. El 6 de agosto de 1936 un grupo de falangistas llegó a esa residencia familiar de los García Lorca. Buscaban una emisora clandestina con la que Lorca estaría comunicándose con la Unión Soviética. Por supuesto, no apareció ninguna emisora, pero el hecho pone de manifiesto qué tipo de rumores que circulaban alrededor del poeta y que llegaron a convertir a Federico en una especie de agente relacionado con los «rusos«.
El 9 de agosto se produjo un segundo asalto, este más violento. En esta ocasión el objetivo era el casero de la finca, Gabriel Perea, al que maltrataron delante de la familia García Lorca para que revelase el paradero de unos hermanos suyos. Entre los hombres de este segundo asalto se encontraban Horacio y Miguel Roldán, miembros de la familia que, como ya hemos visto, había mantenido litigios con el padre del poeta por cuestiones relacionadas con la propiedad de ciertas fincas. De nuevo, podemos comprobar cómo, en el clima de violencia de aquellos días, los viejos conflictos familiares y económicos podían entremezclarse con la represión política.
Después de estos acontecimientos, Federico comprendió que la residencia familiar ya no era un lugar seguro y decidió abandonar la Huerta de San Vicente y refugiarse en casa de los Rosales.
¿Por qué eligió a los Rosales? Esta es una cuestión que merece algún comentario. Los Rosales eran amigos suyos y, además, casi toda la familia Rosales estaba vinculada a Falange. Desde esa perspectiva, la decisión de Lorca era bastante razonable: si hombres vinculados al nuevo poder habían entrado con impunidad en la Huerta de San Vicente, era necesario refugiarse en una casa perteneciente a personas que tuvieran influencia dentro de ese nuevo poder y la casa de la familia Rosales fue considerada por Lorca como uno de los lugares más seguros de Granada para él. Es decir, Federico no se refugió entre correligionarios políticos, sino que, al contrario, buscó protección entre personas vinculadas al bando vencedor porque confiaba en la amistad personal y en el prestigio político de la familia Rosales.
Sin embargo, esa protección falló. El bando sublevado no era un bando perfectamente homogéneo y dentro de la derecha granadina coexistían falangistas, militares, monárquicos y redes personales con rivalidades entre sí. Por eso, se pudo actuar contra Lorca aunque estuviera protegido por los Rosales. Esa fragmentación explica que la influencia de los Rosales, pese a su peso dentro de Falange, pudo ofrecer una cierta protección, pero no la suficiente como para impedir la actuación de otros sectores contra Lorca.
El 16 de agosto de 1936, un grupo armado encabezado por el antiguo diputado de la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), Ramón Ruiz Alonso, llegó a la casa de los Rosales y detuvo a Lorca. Según los testimonios y las reconstrucciones posteriores, contra el poeta se acumularon acusaciones en las que se mezclaron hechos reales con falsedades y prejuicios. Ruiz Alonso era un político y activista de la derecha radical española, anticomunista y antirrepublicano. Lorca, aunque no militaba en ningún partido, estaba relacionado con todo aquello que Ruiz Alonso odiaba y combatía: era íntimo de Fernando de los Ríos, había dirigido La Barraca, había apoyado públicamente al Frente Popular, era un intelectual liberal y progresista y era homosexual.
La acusación más absurda fue, probablemente, que Lorca era «espía ruso o un enlace con Rusia«. En el discurso de la derecha radical de 1936, Rusia y el comunismo eran la imagen del «enemigo absoluto». Por eso, presentar a un intelectual como «agente de Moscú» lo convertía en una amenaza política, sin necesidad de demostrar nada. Lorca no era, por supuesto, ni un agente soviético ni pertenecía al Partido Comunista.
Otra acusación partía de un hecho real: su estrecha amistad con Fernando de los Ríos. Sin embargo, se deformaba ese hecho al acusar a Lorca de ser su secretario, lo cual era absolutamente falso. El esquema acusatorio, en este tema, era simple: Amistad con Fernando de los Ríos → vinculación política → socialista → enemigo.
Otra de las acusaciones, atribuida al propio Ruiz Alonso, es que Federico García Lorca había hecho más daño con su pluma que otros con las pistolas. La pluma era vista, simbólicamente, como un arma peligrosa porque Lorca tenía un enorme influencia cultural y tenía una voz que llegaba mucho más lejos que Granada.
Hay que hacer, no obstante, una precisión historiográfica importante: no se conserva el original de aquella denuncia de agosto de 1936 que nos permita leer y comprobar directamente cada una de las acusaciones. Se conoce el contenido por medio de testimonios, investigaciones posteriores y reconstrucciones de Gibson y de otros autores.
¿Que había de común en todas esas acusaciones? Algo esencial: la construcción de una identidad política para Lorca. Poco o nada importaba quién fuese realmente Federico ni cuales fuesen sus ideas exactas. El objetivo era acumular una serie de etiquetas que convirtiesen a un poeta sin militancia partidista en un enemigo político en aquellos días de la Granada sublevada: amigo de Fernando de los Ríos + favorable al Frente Popular + La Barraca + escritor crítico + supuesto espía ruso + homosexual = enemigo.
Tras la detención en la casa de los Rosales, la tarde del 16 de agosto de 1936, fue trasladado al Gobierno Civil de Granada, instalado entonces en un edificio situado junto a la actual Facultad de Derecho. Allí permaneció detenido en una pequeña habitación que ha sido descrita por varios testimonios como un «despacho con una mesa, un sillón y un par de sillas». No fue sometido a ningún tipo de proceso judicial. No hubo instrucción, ni garantías, ni defensa, ni presentación pública de pruebas, ni sentencia de tribunal alguno. Simplemente estaba a disposición del nuevo poder que los sublevados habían establecido en Granada.
El nuevo gobierno civil estaba encabezado por el comandante José Valdés Guzmán que el 20 de julio de 1936 destituyó al gobernador republicano, César Torres Martínez, asumiendo él mismo el cargo de gobernador civil. El nuevo gobernador era un «camisa vieja de Falange«, denominación que se aplicaba a los que se habían afiliado antes de las elecciones de febrero del 36. Desde su puesto de gobernador desempeñó un papel central en la represión que se siguió contra republicanos, socialistas, sindicalistas, profesores y otras personas consideradas desafectas al nuevo régimen. Sólo durante el mes siguiente al golpe militar, fueron fusiladas en el cementerio de Granada cerca de seiscientas personas.
La controversia está en saber con certeza cuánto tiempo permaneció en la sede del gobierno civil. Algunos investigadores sostienen que estuvo muy pocas horas y que en esa misma noche sería trasladado hacia Víznar. Esa misma versión establece que habría sido asesinado la siguiente madrugada, es decir, la del 17 de agosto. Pero hay otros que consideran que estuvo más tiempo en el gobierno civil, hasta el 18 de agosto, y que fue asesinado en la madrugada del día 19.
Debemos detenernos un poco en este punto para explorar con brevedad dos puntos conflictivos: ¿cuál fue el papel que jugaron los Rosales? y ¿quién dio la orden de ejecución?
La investigación histórica disponible no sostiene que Luis Rosales entregara a Lorca. Más bien ocurre lo contrario: Luis y otros miembros de su familia intentaron intervenir para conseguir su liberación. Investigaciones recientes siguen considerando a Luis, Miguel y José Rosales entre quienes trataron de salvarlo. Cuando Luis Rosales se enteró de la detención, acudió al Gobierno Civil. Allí tuvo un durísimo enfrentamiento con Ruiz Alonso. Según los testimonios conservados, le reprochó que hubiese entrado en su casa y detenido a Federico.
Pero todavía es más impresionante lo que se atribuye a su hermano José Rosales.
José Rosales se enfrentó directamente al gobernador de facto de Granada, el comandante José Valdés Guzmán, responsable fundamental del aparato represivo que los sublevados establecieron en la ciudad. Según el testimonio de José y reconstrucciones posteriores, llegó a entrar armado en su despacho, pistola en mano, y a exigir explicaciones por la detención de Federico.
Estos episodios hay que tomarlos con cautela. Especialmente el detalle de la pistola con la que supuestamente José Rosales enfrentó al gobernador, al tiempo que le pedía explicaciones por la detención de Federico. Lo que sí parece claro es el trasfondo del episodio: los Rosales no aceptaron de forma pasiva la detención del poeta. Luis y José Rosales utilizaron su posición dentro de Falange para intentar liberarlo y llegaron a enfrentarse con hombres poderosos del aparato sublevado, como el propio gobernador civil. Este choque muestra hasta qué punto la detención de Lorca originó disputas dentro del mismo campo de los vencedores.
Los Rosales tenían influencia. Pero no la suficiente. El comandante José Valdés representaba un nivel de poder superior porque era el gobernador civil y porque controlaba el aparato represivo de Granada.
En cuanto al segundo punto conflictivo, ¿quién ordenó la ejecución?, la reconstrucción tradicional -que Ian Gibson y otros historiadores sostienen- es que Valdés autorizó la ejecución previa consulta con Queipo de LLano y que este dio su consencimiento. Para Ian Gibson, Valdés habría telefoneado a Queipo de LLano porque tuvo dudas en decidir por sí solo qué hacer con una personalidad tan notoria como Federico García Lorca. Queipo habría respondido con la famosa frase: «Dale café, mucho café». Sin embargo, no existe constancia documental directa de esa conversación, por lo que la intervención personal de Queipo en la decisión de matar al poeta sigue siendo objeto de discusión historiográfica.
¿Por qué café? Porque la palabra tenía además una resonancia falangista. CAFE se utilizaba como acrónimo de Camaradas, Arriba Falange Española. Está documentado su uso clandestino ya antes de la Guerra Civil. De ahí que la expresión pudiera funcionar como código o eufemismo. En la reconstrucción del asesinato de Lorca, «dar café» equivale a autorizar la eliminación del detenido.
Lo que no admite mucha duda es lo esencial: la responsabilidad aparece repartida entre varios actores. No todos desempeñan igual papel. Hay quienes denuncian o señalan, quienes detienen, quienes custodian y finalmente hay alguien con autoridad dentro del aparato represivo -Valdés Guzmán o Queipo de Llano- que autorizó que Lorca fuera sacado del Gobierno Civil y enviado hacia la zona de ejecución.
No poseemos una reconstrucción minuto a minuto absolutamente segura de esas últimas horas/días de la vida de Federico. Los testimonios fueron recogidos muchos años después; algunos son contradictorios y el régimen franquista también contribuyó al ocultar información durante décadas.
De lo que no cabe duda es que, en algún momento, lo sacaron de Granada y lo trasladaron hacia Víznar, donde los sublevados utilizaban un edificio conocido como «La Colonia» para agrupar en él a prisioneros antes de ejecutarlos. Desde ese edificio fue llevado, en compañía de un maestro de escuela y de dos banderilleros, hacia un punto no identificado con certeza entre Víznar y Alfacar, donde todos ellos fueron ejecutados y enterrados clandestinamente.
Merece la pena conocer un poco más a los tres compañeros del último viaje del poeta. Ese grupo se ha convertido en una de las imágenes centrales de las últimas horas de Federico puesto que los otros tres también fueron víctimas de la misma represión: Dióscoro Galindo González era un maestro de escuela republicano, nacido en Valladolid en 1877 y destinado en Pulianas, cerca de Granada. Era un hombre defensor de la enseñanza pública laica, recordado como maestro y comprometido con la educación de las clases populares; Francisco Galadí Melgar era un conocido banderillero y militante anarquista de la CNT. Participó en la resistencia del Albaicín contra los militares sublevados y, tras la caída del barrio, fue detenido y enviado a La Colonia de Viznar; Joaquín Arcollas Cabezas -en algunas fuentes conocido como Juan Arcoyas- era también banderillero y militante anarquista vinculado a la CNT. Como el banderillero anterior, también participó en la defensa del Albaicín hasta su captura y traslado a Víznar.
Como vemos, se trata de cuatro hombres que no formaban ningún tipo de cédula organizada. Eran cuatro personas detenidas en circunstancias diferentes a quienes el aparato represivo hizo coincidir en su conducción final hacia la muerte, pero que representaban a alguno de los grupos que estaban siendo perseguidos en aquellos terribles días: un intelectual, un maestro republicano y dos trabajadores vinculados al anarquismo.
Las últimas tres o cuatro horas de vida de Federico y de sus compañeros probablemente transcurrieron en la planta baja de La Colonia -antiguo campamento infantil- sin saber con total certeza, al menos en principio, que al amanecer serían fusilados. No hubo juicio. No hubo sentencia.
Esto último es la única certeza.
Y sus cuerpos fueron enterrados clandestinamente.
¿Dónde está Lorca?
Aquí empieza uno de los grandes misterios de nuestra historia contemporánea.
Durante décadas se ha buscado la fosa. Se han señalado diferentes lugares próximos a Fuente Grande, Alfacar y Víznar, Peñón del Colorado. Se han realizado excavaciones y se han contrastado testimonios. Pero ninguna búsqueda, hasta ahora, ha permitido identificar los restos de Federico.
A día de hoy siguen sin aparecer. Ian Gibson, después de unos sesenta años investigando el asesinato, sigue defendiendo que todavía es posible localizar la tumba y que deberían continuar las investigaciones. Para él, encontrarlo adquiere una dimensión casi personal o íntima. Después de décadas reconstruyendo la vida y la muerte de Federico, el cuerpo ausente es la última pieza que falta. Mientras no aparezca, la historia que Gibson ha perseguido durante gran parte de su vida, queda inconclusa.
Pero más allá de Gibson, la búsqueda de Lorca significa para nuestro país mucho más que localizar los restos de un poeta célebre. Es la recuperación de una parte de nuestra historia que durante décadas estuvo marcada por el silencio, los miedos y las ausencias. Todo el proceso de su detención sin garantías, su ejecución extrajudicial, su enterramiento clandestino, y el hecho de no haber podido hasta ahora recuperar sus restos, simboliza muchas de las heridas de la Guerra Civil y de la represión posterior. Una sociedad democrática no puede quedarse en saber vagamente que «alguien fue fusilado durante la guerra» y concluir ahí. Ha de tener verdadero interés en saber toda la verdad, hasta donde sea posible. No se trata, en absoluto, de que encontrar a Lorca se entienda como «la victoria de una España sobre otra España«. Se trata de que la dignidad de que cualquier persona asesinada no dependa de su ideología ni del bando al que perteneció. Por otra parte, no buscamos sólo a Federico. Precisamente por su celebridad, su búsqueda debería de iluminar otras muchas búsquedas, con rigurosidad arqueológica, respeto a todas las familias y a todos los que fueron represaliados. Y esto explica también la posición histórica de la familia García Lorca. En 2003 sus herederos defendieron que el lugar -el entorno de Víznar- debía conservarse ante todo como memoria colectiva de todos los asesinados, evitando que la excepcional fama de Federico eclipsara a las demás víctimas. Otro poeta, José Ángel Valente, expone precisamente en un poema en prosa titulado «Víznar» (1988) esa poderosa idea: Federico deja de representar únicamente a Federico y pasa a convertirse en el nombre de todos los asesinados y olvidados de aquel lugar y de todos los lugares. Es como si Federico prestara su nombre y su celebridad a todos los que fueron asesinados en parecidas circunstancias, pero quedaron anónimos.
Y esto hace particularmente conmovedora la frase de Gibson que encabeza esta entrada del blog: «aquel entrañable ser tan cruelmente sacrificado por el odio y la ignorancia…». Gibson ve en Lorca a un ser humano querido y vulnerable que fue destruido por una sociedad en la que el odio político y la intolerancia se impusieron a la razón, la legalidad y la humanidad.
Después de tantos años investigándolo, Gibson llegó a una conclusión que va mucho más allá de determinar quién apretó el gatillo: Lorca fue víctima de una sociedad en la que desaparecieron las garantías jurídicas y el adversario político pasó a convertirse en un enemigo que debía ser eliminado. Y hay una terrible paradoja: quienes quisieron hacer desaparecer a Federico consiguieron exactamente lo contrario. No sabemos dónde está su cuerpo, pero pocas veces en la España del siglo XX voces como la suya permanecen tan vivas.
En cierto sentido casi podría hablarse de que los últimos días y horas de Federico tienen rasgos que son propios de una «tragedia lorquiana»: las amenazas que se acercan, el destino que parece estrecharse en torno a él, fuerzas sociales que son más poderosas que el individuo, un desenlace violento inevitable a pesar de que hubo quien intentó salvarlo y que, incluso, pareció que eso podía ser posible (1), el desconocimiento del punto exacto donde lo fusilaron y donde lo enterraron, las sucesivas excavaciones sin resultado, la incertidumbre acerca de quién exactamente componía el pelotón de fusilamiento (2), la aparición de unos huesos cerca del lugar que Gibson consideraba como su tumba, pero que luego fueron supuestamente enterrados en otro lugar que el propio Gibson desconoce.
(1) José Rosales sostuvo que consiguió finalmente una orden para liberar a Federico. Cuando regresó al Gobierno Civil para sacarlo de allí, Lorca ya no estaba: había sido trasladado hacia Víznar. De ser esto cierto, la tragedia del asesinato de Lorca se cierra sobre sí misma porque la orden que pudo salvarlo no llegó a tiempo…
(2) Eduardo Molina Fajardo, falangista, tuvo acceso a testigos que todavía estaban vivos y que procedían del bando vencedor. Eso le permitió recoger testimonios a los que investigadores como Gibson tenían muy difícil acceso. Basándose en esos testimonios, Molina señaló como integrantes del pelotón de fusilamiento a Antonio Ayllón Fernández, Fernando Correa, Antonio Benavides, un guardia apellidado Villegas y también, como uno de los civiles presentes en el pelotón, a Juan Luis Trescastro. No obstante, Miguel Caballero revisó después algunos de estos nombres y sugiere una composición diferente del pelotón de fusilamiento. La conclusión es que no podemos reconstruir con certeza absoluta quién disparó contra Federico ni qué disparos concretos le causaron la muerte.
90 años después, seguimos sin encontrar su cuerpo.
¿Acaso todo esto no se parece a una tragedia?
Lo mataron sin juicio, lo enterraron clandestinamente y durante décadas ni siquiera se podía hablar libremente de las circunstancias de su muerte.
Y, sin embargo, consiguieron lo contrario.
El cuerpo desapareció; la voz permaneció.
Tenía 38 años. Había terminado «La Casa de Bernarda Alba» semanas antes.
Y todavía hay una pregunta más difícil: ¿por qué Federico? En Granada, en aquellos días se estaba asesinado a otras muchas personas. ¿Por qué asumir el riesgo enorme de matar a uno de los escritores españoles más famosos de su generación? Tal vez, como sugiere Gibson, su fama podía convertir su muerte en un escarmiento: si podían matar a Lorca, estaba claro que nadie podía sentirse seguro por su prestigio, su posición social o sus amistades. Federico, habría muerto por lo que representaba: en el clima de 1936, su figura reunía muchos rasgos de un mundo que los sectores más reaccionarios querían combatir y eliminar. La víctima individual acabaría convertida en un símbolo.
Concluimos con lo que Angelina Cordobilla -empleada y persona de confianza del entorno familiar de Lorca- declaró años después. Ella acudió al Gobierno Civil para llevar a Lorca comida, café y algunas cosas personales. Su recuerdo es extraordinariamente sencillo. No describe al gran poeta ni al personaje público, sino a un hombre detenido y abatido.
Recordaba una habitación prácticamente desnuda, con una mesa y útiles para escribir. Federico, sin embargo, no escribía y apenas quería comer. Según Angelina, estaba correctamente vestido, pero profundamente ensimismado. En una de sus visitas dejó allí la comida; cuando regresó, seguía prácticamente intacta. Es una imagen que impresiona porque no tiene nada de heroica: Lorca sentado, callado, sin apetito, esperando, sin saber qué iban a hacer con él.
Poco después, Federico desapareció del mundo de los vivos. No conocemos unas «últimas palabras» fiables. No tenemos una carta final. No tenemos un diario de aquellas horas. No sabemos con certeza si lloró, si habló con sus compañeros, si pidió algo, si comprendió exactamente en qué momento iban a matarlo.
En este punto, se abre otro espacio de reflexión muy interesante: la muerte lorquiana, aunque lo dejaremos, tal vez, para otra entrada futura del blog.
Mariano Gómez
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