Karl Popper. La falsabilidad

4 de septiembre de 2026

La ciencia suele presentarse como el ámbito del conocimiento seguro. Frente a las creencias, las opiniones o las especulaciones, las teorías científicas parecen apoyarse en hechos comprobados y ofrecer conclusiones firmes sobre la realidad. En el lenguaje cotidiano, decir que algo está «científicamente demostrado» equivale casi siempre a considerarlo como definitivamente verdadero y fuera de toda discusión.

Sin embargo, la ciencia no concede el mismo valor a cualquier afirmación: exige pruebas, mediciones, argumentos y procedimientos que puedan ser comprobados por otros investigadores. Sus resultados no dependen solo de la autoridad de un científico o de la convicción personal de quien los formula. Una teoría científica debe enfrentarse a la experiencia y someterse a un control público por parte de la comunidad científica.

Ahora bien, esto último no equivale a que la ciencia produzca verdades absolutas e inmutables. La historia de la ciencia está repleta de teorías que se consideraron sólidas y que luego fueron corregidas, limitadas o sustituidas por otras. Por ejemplo, la mecánica de Newton no quedó como una teoría falsa tras la aparición de la relatividad de Einstein, pero dejó de considerarse como una explicación universalmente válida puesto que continuó funcionando dentro de ciertas condiciones, aunque se reconocieron sus limitaciones.

En conclusión, la ciencia posee una peculiar fortaleza: es un conocimiento riguroso, pero al mismo tiempo es provisional y revisable.

Precisamente, esa tensión entre el rigor y la fiabilidad es lo que ocupa el centro de la filosofía de Karl Popper (1902-1994), uno de los pensadores fundamentales de la filosofía de la ciencia del siglo XX. Para él, la ciencia no se caracteriza por alcanzar verdades definitivas, sino por someter sus afirmaciones a pruebas que podrían demostrar que son falsas.

Esto es una idea que cambia profundamente nuestra manera de comprender el conocimiento científico. La grandeza de la ciencia no reside en que no se equivoca nunca, sino en que dispone de procedimientos para descubrir sus errores y corregirlos. La «racionalidad científica» no consiste, por tanto, en aferrarse a teorías confirmadas, sino en exponerlas deliberadamente al riesgo de que puedan ser refutadas. Es decir, al riesgo de que puedan ser falsas o incorrectas mediante argumentos o pruebas empíricas.


El punto de partida de Popper se encuentra en el problema de la inducción formulado por David Hume en el siglo XVIII. Una gran parte de nuestro conocimiento cotidiano y científico parece construirse mediante razonamientos inductivos: observamos numerosos casos particulares y, a partir de ellos, establecemos una conclusión general. Después de comprobar repetidamente que el fuego quema, que los cuerpos caen o que el sol aparece cada mañana, esperamos que esos fenómenos sigan produciéndose de la misma manera. De esa forma, la experiencia adquirida de los acontecimientos pasados se convierte en el fundamento de nuestras previsiones sobre el futuro.

El razonamiento inductivo se caracteriza porque sigue una dirección ascendente: parte de hechos singulares para formular leyes generales. Por ejemplo, si observamos que una pieza de hierro, otra de cobre y otra de aluminio aumentan de volumen cuando se calientan, se puede concluir que los metales se dilatan con el calor. Ahora bien, la conclusión de ese razonamiento ofrece una información más amplia de la que proporcionan sus premisas. ¿Por qué? Porque sus premisas sólo se refieren a los metales concretos que hemos examinado –hierro, cobre y aluminio-, mientras que la conclusión pretende aplicarse a todos los demás metales, incluidos los que nunca hemos observado.

Esta es la dificultad que puso de manifiesto Hume. El número de casos observados puede ser muy numeroso, pero nunca podremos examinar la totalidad de los acontecimientos pasados, presentes y futuros, que están incluidos en una afirmación de tipo universal. Como vemos, la experiencia nos proporciona un número finito de casos, pero una ley universal se refiere a una totalidad potencialmente infinita.

Para considerar que la inducción es válida, tendríamos que aceptar un supuesto previo: que la naturaleza se seguirá comportando en el futuro de manera semejante a como lo ha hecho en el pasado. Esto es lo que se llama el «principio de uniformidad de la naturaleza». El problema es que ese principio no puede demostrarse mediante la propia experiencia: utilizamos la inducción porque con anterioridad -en el pasado- ha funcionado pero sólo podemos suponer -no asegurar- que seguirá funcionando en el futuro.

Hume reconocía que los seres humanos razonamos inductivamente, pero también afirmó que nuestra confianza en la regularidad de los acontecimientos, es decir, en que se seguirían produciendo en el futuro como lo habían hecho en el pasado, no tenía un fundamento lógico concluyente. Esa confianza procede del hábito: estamos habituados a que ciertos acontecimientos se sucedan de cierta manera y, por ello, esperamos que continúen haciéndolo.

Popper aceptó la fuerza de la crítica de Hume, pero rechazó que la ciencia tuviera que depender necesariamente de la inducción. A su juicio, los científicos no descubren las leyes generales mediante la acumulación de observaciones particulares, sino que formulan hipótesis o conjeturas para resolver determinados problemas. El procedimiento científico, por tanto, sería fundamentalmente «deductivo»: partir de una hipótesis general para extraer consecuencias particulares que después pueden contrastarse con la experiencia.


Los filósofos y pensadores vinculados al «positivismo lógico», especialmente los que pertenecían al Círculo de Viena en las décadas de 1920 y 1930 -como Schlick, Carnap, Neurath, Hahn, Waismann y otros– intentaron establecer un criterio que sirviera para distinguir las proposiciones que tenían un significado cognitivo de aquellas que, según ellos, no proporcionaban verdadero conocimiento. O, dicho de otra manera, buscaron un criterio riguroso que permitiera distinguir las afirmaciones que proporcionaban conocimiento de las afirmaciones que sólo eran especulación y no tenían posibilidades de ser comprobadas.

Por ejemplo, una afirmación que proporciona un conocimiento que puede comprobarse experimentalmente sería «esta mesa mide dos metros», mientras que una afirmación que no puede ser verificada por la experiencia podría ser «el universo tiene una finalidad última».

De ahí surgió el llamado «principio de verificación«, para distinguir las proposiciones científicas de las que no lo eran. Toda proposición que pretendiera proporcionar conocimiento acerca de la realidad tenía que poder verificarse mediante la experiencia. Sólo aquellas afirmaciones que tuvieran la posibilidad de algún procedimiento de comprobación empírica eran consideradas científicamente significativas. Las que no tenían esa posibilidad de verificación empírica no eran necesariamente falsas, pero, para los positivistas lógicos, carecían de significado para el conocimiento. En consecuencia, la filosofía no tenía como misión competir con la ciencia elaborando teorías sobre la realidad, sino que su función «era el análisis y la aclaración del lenguaje, los conceptos y los métodos empleados por las ciencias».

«La tarea de la filosofía consiste en aclarar problemas y afirmaciones, no en formular pronunciamientos filosóficos especiales». «Manifiesto del Círculo de Viena, La concepción científica del mundo» (1929)».


Sin embargo, Popper consideró que el «principio de verificación» era insuficiente. ¿Por qué? Porque las teorías científicas, según él, contienen leyes universales que nunca podrán verificarse de manera definitiva. Por mucha acumulación que haya de observaciones particulares, nunca puede demostrarse que una determinada afirmación tenga valor de verdad para toda la infinitud de casos posibles.

Dicho de otra forma, ningún número finito de observaciones puede demostrar lógicamente que una afirmación tiene alcance universal. Podemos, por ejemplo, calentar miles de piezas de metal y comprobar que todas ellas se dilatan, pero siempre podría aparecer una nueva muestra que se comporte de manera diferente. Las comprobaciones experimentales que son favorables refuerzan o incrementan nuestra confianza en la teoría, pero no excluyen de manera definitiva la posibilidad de encontrar una excepción. Es famoso también el ejemplo de los «cisnes blancos«: la observación de cientos de miles de ellos no permite demostrar que la afirmación «todos los cisnes son blancos» es verdadera, porque nunca podremos verificar el color de todos los cines existentes ni de todos los que puedan existir. La aparición de un solo cisne negro, en cambio, sería suficiente para demostrar que esa afirmación universal –todos los cisnes son blancos– es falsa.

Por tanto, entre la verificación y la refutación, existe una asimetría lógica. ¿Qué significa esto? Que por muchos casos que podamos «verificar» que confirmen favorablemente una ley universal, sólo basta con un solo caso en contrario, es decir que niegue esa ley, para que esta quede «refutada».

Popper pensó que encontrar confirmaciones a una ley universal es relativamente fácil, pero que la acumulación de esas confirmaciones no es suficiente para otorgar carácter científico a una teoría. Lo que sí consideró verdaderamente importante es que toda ley tenga unas predicciones precisasno ambiguasy que se exponga a la posibilidad de que pueda resultar refutada.

Por eso, Karl Popper, propuso sustituir el criterio de la verificación por el de la falsabilidad para determinar si una teoría es científica o no.

No se trata de un cambio sin importancia porque cambia profundamente cómo se concibe el método científico. Hay una transformación decisiva: ya no se pregunta ¿qué observaciones son las que confirman la teoría?, sino ¿qué tendría que ocurrir para que la pudiéramos considerar como una teoría falsa?

¿Qué es lo que Popper considera como una teoría falsable? Una teoría es falsable cuando corre el riesgo de ser refutada empíricamente. Por ejemplo, si decimos que mañana «lloverá en París entre las diez y las doce de la mañana«, esa proposición es falsable porque puede ser comprobada empíricamente y corre el riesgo, tal vez, de resultar falsa.

La «falsabilidad» por lo tanto, no es un criterio que sirva para distinguir las teorías verdaderas de las falsas. Simplemente, separa las teorías científicas de todas aquellas que no pueden someterse a una prueba empírica que sea capaz de refutarlas. Una teoría puede ser científica y, cuando confronta con la experiencia resultar falsa. Es lo que ocurrió con los antiguos modelos geocéntricos, según los cuales la Tierra ocupaba el centro del universo y los demás astros giraban a su alrededor. Esos modelos formularon predicciones que podían ser observadas y puestas a prueba, razón por la que tenían carácter científico, aunque finalmente resultaron inadecuados y fueron sustituidos por modelos más satisfactorios.


Según Popper, la ciencia no comienza con la observación neutral de los hechos y la posterior elaboración de teorías generales. Esta, es una concepción tradicional en la que se supone que el científico contempla la realidad sin ideas previas, reúne datos y, mediante inducción, elabora leyes generales que explican esos datos. Sin embargo, Popper cree que el científico no se acerca a la realidad de manera completamente neutral. Siempre la observa desde determinados conocimientos, intereses, expectativas, etcétera. Para observar científicamente tenemos que saber, al menos de manera provisional, qué es lo que buscamos, qué es lo que consideramos relevante y a qué cuestiones pretendemos dar respuesta.

Por tanto, la ciencia comienza cuando aparece un problema: un hecho inesperado, una contradicción entre dos teorías, una predicción que no se cumple o un fenómeno que no conseguimos explicar con los conocimientos de que disponemos.

El científico suele comenzar formulando conjeturas. Es decir, soluciones provisionales. Estas hipótesis no se obtienen mecánicamente a partir de los datos, sino que pueden surgir de la imaginación, de la intuición, o de una idea inicial. Popper no propone ningún método lógico para descubrir nuevas teorías; lo esencial no es cómo se originan, sino cómo se someten después a crítica.

Tras la formulación de la hipótesis, comienza la parte metodológica. En ella, los científicos deducen consecuencias concretas que pueden ser contrastadas con la experiencia: si la teoría es correcta, deberá producirse cierto resultado, bajo determinadas condiciones. El procedimiento que se sigue es deductivo: se parte de una proposición general y se extraen predicciones particulares. Por ejemplo, en la órbita de Urano se observaron ciertas irregularidades. Los astrónomos plantearon la hipótesis de que debía existir otro planeta cuya atracción gravitatoria alteraba el movimiento de Urano. A partir de esa conjetura, se hicieron los cálculos de la posición y características aproximadas que debía tener el planeta desconocido. La posterior observación de Neptuno, por tanto, no surgió de contemplar el cielo al azar. Primero apareció un problema (las irregularidades en la órbita de Urano), después se formuló una hipótesis (debía de existir otro planeta), se dedujeron consecuencias observables (ese planeta debía de estar en una determinada región del cielo), finalmente la predicción se sometió a comprobación empírica mediante el telescopio.

El proceso puede resumirse esquemáticamente así:

Problema → Hipótesis → Predicción → Observación

Hay que destacar, en el proceso señalado, la importancia que tiene la comprobación empírica. No es que sirva para demostrar de manera definitiva que una teoría es verdadera, pero sí para ver si las predicciones superan pruebas rigurosas. Si el resultado esperado no se produce, entonces la hipótesis queda cuestionada y puede ser modificada o rechazada. Si, por el contrario, se supera la comprobación empírica, la teoría queda corroborada pero sólo provisionalmente y no queda verificada para siempre. ¿Por qué? Porque en el futuro siempre podrán aparecer nuevos datos que sean incompatibles con la teoría. Desde luego, el verdadero valor de una teoría se pone de manifiesto cuando es capaz de superar pruebas rigurosas que podrían haberla refutado.


Popper encontró un ejemplo de lo que él consideraba «actitud científica» en la teoría de la relatividad general de A. Einstein. En esa teoría, la gravedad no era simplemente una fuerza de atracción, sino la curvatura del espacio-tiempo. Los cuerpos, y también la luz, seguían las trayectorias marcadas por esa geometría curvada.

De esa teoría, se derivaba una predicción sorprendente: un rayo de luz tendría que desviar su trayectoria –curvarse– cuando pasara cerca de un cuerpo de enorme masa. Por ejemplo, la luz procedente de estrellas lejanas, al pasar cerca del borde del Sol, debía de experimentar esa curvatura. Aprovechando un eclipse total de Sol, en mayo de 1919, se pudo comprobar que esa desviación existía.

Este ejemplo, es válido para que comprendamos cual es el ideal que Popper considera sobre una buena teoría científica: Einstein propuso una teoría; dedujo de ella una consecuencia -la curvatura de la luz- que se podía observar, y sometió su teoría a una prueba con el riesgo de que la prueba podía resultar desfavorable y echar por tierra la teoría. Eso es lo importante que debemos retener de Popper: una teoría científica debe asumir el riesgo de poder ser refutada. Ahí está la clave, según él, de una verdadera actitud científica.

Ahora bien, Popper también se mostró contrario a lo que él llamó las «hipótesis ad hoc». Es decir, a las modificaciones que se introducían en las teorías con el único objetivo de salvar alguna comprobación empírica que era desfavorable para la teoría. Es cierto que la ciencia revisa continuamente sus explicaciones y añade hipótesis complementarias o auxiliares. Eso es legítimo porque una modificación científica adecuada permite realizar nuevas predicciones y afrontar nuevas comprobaciones. Sin embargo, la «modificación ad hoc» se limita a justificar retrospectivamente por qué una predicción de la teoría no llegó a cumplirse y reinterpreta cualquier acontecimiento como una nueva confirmación de la teoría. Popper fue muy crítico con eso.

Veamos algún ejemplo para entender mejor la cuestión de las «hipótesis ad hoc»: supongamos que, en astrología, se nos dice «esta semana recibirás una gran oportunidad profesional»; si dicha oportunidad se presenta, entonces la teoría se confirma, pero, si no aparece, entonces se añade la «hipótesis ad hoc» y se dice que la oportunidad sí apareció pero que el sujeto no suponreconocerla porque la influencia de Saturno bloqueó su percepción. De esa manera, la teoría nunca fracasará porque cualquier resultado se puede reinterpretar de forma que se mantenga su validez.


Seguimos avanzando en los criterios de Popper, respecto a las teorías científicas.

Cuando una teoría supera una prueba empírica, Popper no creía que con ello ya quedaba demostrado definitivamente que fuera verdadera. Nuestro filósofo encontró un término adecuado para calificar esa situación: corroboración.

¿Qué significa esto? Popper usa el término corroboración para aquella situación en que las teorías han salido airosas de diversos intentos rigurosos y serios de refutación. Es decir, una teoría corroborada es, por tanto, la que ha superado determinadas contrastaciones sin que «hasta ese momento» se haya encontrado una observación que sea capaz de mostrar que dicha teoría es falsa.

Hemos resaltado la expresión «hasta ese momento» porque, en efecto, la corroboración es siempre provisional, lo cual quiere decir que la teoría ha superado todas las pruebas a las que ha sido sometida, pero podría fracasar en una contrastación empírica posterior porque mañana podría aparecer una nueva observación, un experimento más preciso o una teoría alternativa que pusiera de manifiesto sus limitaciones o, directamente, la refutase.

Es evidente que en teorías amplias y ambiguas, la corroboración es fácil de obtener. Sin embargo, cuando más precisa es una teoría mayor es el riesgo que existe a la hora de corroborar su predicción. Por ejemplo, si decimos «mañana puede llover o no llover», está claro que el resultado, tanto si llueve como si no, es compatible con la predicción y esa teoría carece de valor. En cambio, si una teoría meteorológica predice lluvia en una zona concreta, a una hora determinada y en ciertas cantidades, se expone con mucha mayor claridad a la posibilidad de que esa predicción sea refutada -es decir, que no se cumpla en las condiciones que se habían predicho-.

Como vemos, el concepto de corroboración de Popper mira hacia el pasado: nos indica cómo se ha comportado la teoría ante las pruebas a las que ha sido sometida, pero establece una garantía de cómo la teoría responderá en el futuro. Por tanto, Popper defiende que toda teoría debe de estar siempre abierta a la crítica. El científico debe trabajar en intentar buscar sus errores, debilidades o fallos y diseñar pruebas que puedan ponerla en dificultades. Por eso, incluso nuestras mejores teorías científica siguen siendo conjeturas. ¿Por qué? Porque aunque han superado pruebas muy rigurosas, explican fenómenos y realizan complejas predicciones, ninguna queda totalmente protegida para siempre frente a una crítica futura.

Esto último hay que tomarlo con cuidado. Popper no llama conjeturas a las teorías científica porque crea que son simples ocurrencias, sino porque no existe ningún procedimiento lógico que permita demostrar definitivamente que una teoría universal es verdadera en todos los casos posibles. Eso no significa que la ciencia carezca de fiabilidad, sino que sus conclusiones son siempre provisionales y permanecen siempre abiertas a la revisión. Hay doctrinas que son incuestionables, pero esas pertenecen al terreno del dogmatismo y pueden poseer interés filosófico, moral o metafísico, sin pertenecer a la ciencia empírica.

Popper, sin embargo, mantiene una clara actitud realista: considera que existe una realidad independiente y que la ciencia busca describirla. Aunque nunca podamos tener la certeza definitiva de haber alcanzado la verdad, sí podemos descubrir errores y sustituir unas teorías por otras que expliquen más y mejor los fenómenos, formulen mejores predicciones y resistan pruebas más rigurosas.


Hay un aspecto interesante en las ideas de Popper: el progreso de la ciencia.

¿Cómo progresa la ciencia? Para Karl Popper, el progreso de la ciencia no consiste en la acumulación de verdades que han sido demostradas, sino en la detección de errores y en la sustitución de unas teorías por otras que resisten mejor la crítica. Es decir, la ciencia avanza mediante una dinámica de conjeturas y refutaciones.

Por eso, para Popper, una teoría nunca queda definitivamente verificada. El hecho de que haya superado muchas pruebas no demuestra que sea verdadera para siempre. Solo permite afirmar que ha resistido hasta ahora serios intentos de refutación.

Como vemos, Popper interpreta el progreso científico como un proceso de eliminación de errores. Los seres humanos proponen teorías para resolver problemas; después las someten a crítica y sustituyen las que fracasan por otras que explican más, predicen mejor o soportan pruebas más exigentes. Paradójicamente, una teoría científicamente válida es la que arriesga más.

En definitiva, hay progreso cuando una teoría nueva es capaz de resolver problemas que una anterior no hacía, o explica un campo más amplio de fenómenos y, sobre todo, hace predicciones nuevas y arriesgadas que pueden ser contrastables empíricamente.

Por ejemplo, volviendo a Einstein y a Newton, la física de la relatividad supone un progreso porque no se limita a repetir lo que Newton ya expuso, sino que explicó determinados fenómenos para los cuales la teoría de Newton resultaba insuficiente, además de formular nuevas predicciones que eran susceptibles de ser comprobadas.

Ahora bien, también es importante en el pensamiento de Popper retener la idea de que «el progreso no conduce a la certeza», entendiendo por certeza saber que algo es verdadero de manera definitiva. Cuando Popper realiza estas afirmaciones es porque está convencido de que nuestras mejores teorías pueden resultar falsas en el futuro. Cuanto más severas sean las pruebas que una teoría pueda superar, mayor es su grado de corroboración, pero Popper entiende que eso nunca supone una verificación o demostración empírica definitiva.

Esta es una de las enseñanzas más profundas de este filósofo de la ciencia: la racionalidad científica no se basa en poseer la verdad, sino en estar dispuesto a descubrir que podemos estar equivocados.

En este sentido, el pensamiento de Popper posee también una dimensión ética y política. ¿Por qué? Porque la misma actitud crítica que exige a la ciencia la traslada a la vida política y social. Aquí enlazamos de nuevo con una idea fundamental que supone el punto de partida para Popper: podemos estar equivocados.

En política ocurre algo parecido. Popper desconfía de los sistemas políticos que afirman estar en posesión de una verdad definitiva acerca de cómo organizar la sociedad. Es ahí donde aparece el peligro del dogmatismo.

Por eso, él defiende una sociedad abierta, en la que las leyes, las ideas, las instituciones y los gobernantes sean sometidos a crítica constante. De ahí la importancia de las instituciones para corregir los errores mediante elecciones, oposición política, libertad de expresión, prensa libre, justicia independiente, debate público, etcétera…

La democracia, según este sentido que le otorga Popper no tiene validez porque garantice que siempre gobiernen los mejores, sino porque permite corregir los errores y establecer mecanismos de sustitución pacífica de los gobernantes. Esto se enlaza con el núcleo ético de Popper: una sociedad libre no necesita personas convencidas de que poseen la verdad absoluta, sino de ciudadanos e instituciones capaces de decir: «puedo estar equivocado y corrijamos aquello que no funciona». En suma, una sociedad abierta, basada en la crítica, la discusión racional y la posibilidad de corregir los errores, frente a sociedades cerradas y doctrinas dogmáticas que parecen estar seguras de la posesión definitiva de la verdad. Así lo expone en una de sus obras de filosofía política, «La sociedad abierta y sus enemigos» (1945).

También hay otro aspecto esencial en su pensamiento político: el rechazo a las teorías que sostienen que la historia sigue, necesariamente, determinadas leyes. Es decir, Popper está en contra de la pretensión de predecir científicamente el desarrollo histórico de las sociedades. Él es partidario de una política reformista gradual: modificar problemas concretos, observar los resultados y rectificar cuando sea necesario.


Hemos realizado un recorrido muy breve por algunas de las ideas de Popper, especialmente por su idea del falsacionismo que, en síntesis, supone que una teoría es científica si puede ser sometida a pruebas rigurosas que sean capaces de demostrar que dicha teoría es falsa. Este planteamiento tuvo una enorme influencia, pero también presenta algunos problemas que merece la pena sean señalados.

Por ejemplo, una teoría no se contrasta de manera aislada. La predicción depende también de hipótesis auxiliares, de condiciones iniciales y de la precisión de los instrumentos. De manera que, si falla, no siempre podemos estar seguros de cuál es el elemento responsable del fallo.

Por eso, una anomalía no obliga a abandonar de inmediato una teoría: puede deberse a errores de medición o a otros factores desconocidos. La historia de la ciencia, por otra parte, demuestra que hay teorías que sobreviven con anomalías y se abandonan, muchas veces, sólo cuando aparece una mejor alternativa.

Estas y otras dificultades en las que no entraremos para no hacer demasiada extensa esta entrada del blog, no implican que la propuesta de Popper sea irrelevante, sino que debe ser matizada. La falsación es mucho más compleja en la práctica que en su formulación teórica y una observación contraria no derriba por sí sola una teoría porque la decisión de abandonarla no obedece a una regla mecánica, sino que en ella influyen elementos históricos y metodológicos.

Desde luego, la filosofía de la ciencia es un campo amplísimo donde Popper resulta un filósofo esencial, pero existen otras aportaciones e ideas importantes, como las llevadas a cabo, por ejemplo, por Thomas Kuhn o Imre Lakatos.

En general, estos pensadores comparten la idea de que la ciencia cambia y de que ninguna teoría está definitivamente asegurada. Sin embargo, discrepan sobre cómo se produce ese cambio o qué papel desempeñan las refutaciones.


Como conclusión, la lección quizá más profunda de Popper no es que ha establecido una teoría acerca de cómo avanza la ciencia, sino que elaboró una reflexión acerca de cómo debemos relacionarnos con la verdad.

Conocer no es poseer certezas definitivas, sino estar dispuestos a someter nuestras ideas y nuestros convencimientos a crítica; reconocer nuestros errores y tener una clara actitud y voluntad de corregirlos. La ciencia progresa, precisamente, porque, según Popper, no convierte ninguna teoría en un dogma y la sociedad libre tendría que mantener esa misma disposición.

Frente al dogmatismo de quienes creen poseer la última palabra, Popper ejerce una humildad intelectual que no significa, en modo alguno debilidad, sino que se convierte en una exigencia para nuestra propia razón: podemos equivocarnos, pero también podemos aprender de nuestros errores; debemos tener convicciones, pero también estar dispuestos a revisarlas cuando haya mejores razones. Esa es una de las más nobles formas del progreso humano.

La enseñanza más profunda del falsacionismo es, quizá, que la ciencia no progresa protegiendo sus certezas, sino atreviéndose a ponerlas en peligro.

Mariano Gómez

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