
Vivimos deprisa.
Comemos deprisa, caminamos deprisa, contestamos deprisa, viajamos deprisa. Leemos titulares en lugar de noticias, resúmenes en lugar de libros, mensajes en lugar de cartas. Mientras hacemos una cosa pensamos ya en la siguiente. Incluso cuando descansamos sentimos, en algún rincón de la conciencia, que deberíamos estar haciendo algo.
La prisa ha dejado de ser una circunstancia para convertirse casi en una forma de vida.
Y quizá por eso haya llegado el momento de reivindicar una palabra sencilla: despacio.
«Despacio» no es un elogio de la pereza; tampoco un rechazo del progreso ni la nostalgia de un pasado que se supone fue más tranquilo.
El significado de hacer las cosas despacio es más profundo: devolver a cada cosa el tiempo que necesita.
No todas las cosas obedecen al mismo ritmo. Hay tareas que admiten aceleración: las máquinas trabajan muy deprisa; calculan en segundos; nos desplazan muy rápidamente; transmiten información de manera prácticamente instantánea.
Sería absurdo renunciar a todas esas conquistas. El problema no radica ahí.
El problema empieza cuando la lógica de actuar deprisa la trasladamos a todos los ámbitos de la existencia y llegamos al convencimiento de que lo que se hace más rápido se hace necesariamente mejor.
Sin embargo, no es así. Las cosas tienen un tiempo propio. Hay un tiempo para aprender, para sustentar una amistad o un amor, para que una conversación alcance cierta profundidad, para comprender un libro o una obra de arte, para cicatrizar una herida, para asimilar un dolor, una pérdida y, sobre todo, cada persona necesita de tiempo para ser ella misma.
Intentar acelerar todos esos procesos, o cualesquiera otros, no siempre es lo mejor. En muchas ocasiones, esa aceleración empobrece nuestra experiencia. La confianza, por ejemplo, no se puede exigir: se construye poco a poco; la comprensión tampoco se impone: a veces, el verdadero significado de algo sólo se alcanza con los años; nuestra propia vida también se vuelve más inteligible con el paso del tiempo, viviéndola más despacio, porque el sentido de muchas experiencias no se revela cuando ocurren, sino mucho después.
No todo puede acelerarse sin perder algo esencial por el camino, porque hay realidades humanas que no obedecen a la lógica de la velocidad, de la productividad, del resultado inmediato, del control permanente que ejerce el reloj en nuestra vida.
En nuestro propio aprendizaje acerca de la importancia del «despacio», tenemos una gran maestra: la propia naturaleza.
La naturaleza parece no tener prisa. Sin embargo, no por ello las cosas dejan de suceder. Todos sus procesos mantienen sus ritmos porque lo esencial no siempre se puede acelerar. Eso es algo que nuestra actual «cultura de lo inmediato» tiende a olvidar. Por eso, la naturaleza permanece empeñada en enseñarnos justamente lo contrario: la reconciliación con otra manera de entender el tiempo.
Frente a nuestra obsesión por medir el tiempo, aprovecharlo, ahorrarlo o reducirlo haciendo todo más deprisa, la naturaleza nos recuerda que el tiempo no es sólo algo que pasa, sino que es también aquello en que las cosas llegan a ser.
En Aristóteles hay algo de esa intuición filosófica. Él habló de lo que una cosa es y de lo que puede llegar a ser –cualquier estudiante de filosofía reconocerá con prontitud las ideas aristotélicas de la potencia y del acto-.
Lo importante de recordar aquí al filósofo griego es que también nuestra propia existencia posee esa estructura. No nacemos terminados. Nos hacemos: somos memoria, aprendizaje, aciertos, errores, encuentros, pérdidas… En gran medida somos un resultado del tiempo.
Pero el tiempo impone su propio modo de hacer las cosas y esta es una de las enseñanzas más profundas del «despacio«: respetar el ritmo del tiempo significa también respetar su modo de llegar a ser. ¿Por qué? Porque muchas cosas, incluidos nosotros mismos, sólo existen porque han tenido el tiempo suficiente para hacerse. No sólo vivimos en el tiempo, sino que nuestra propia identidad se constituye a través de él.
¿Quiere esto decir que no existe el «deprisa» en la naturaleza? En absoluto. De hecho, está llena de procesos rapidísimos. La enseñanza fundamental sería más bien comprender que la naturaleza no tiene un único ritmo, sino que cada proceso tiene su tiempo propio.
Sin embargo, nuestra dificultad comienza cuando intentamos imponer a toda la existencia un único ritmo: el de la rapidez, la velocidad, la inmediatez.
Por eso, estas líneas están dedicadas a reivindicar la sencilla palabra «despacio» cuyo sentido no es defender la lentitud para todos los momentos, sino algo más exigente: respetar el tiempo de cada cosa.
Nuestra pregunta decisiva, tal vez, debería ser ¿qué ritmo exige aquello que estamos viviendo?
Hay un destacado pensador y sociólogo alemán, Hartmut Rosa, al que nos referimos en estas líneas por una cuestión, en apariencia sencilla, que está presente en buena parte de su pensamiento: ¿qué provoca en nosotros nuestra manera contemporánea de vivir el tiempo? o, dicho de otra manera, ¿cómo nos cambia, psicológica, social y existencialmente, la manera en que hoy experimentamos y organizamos el tiempo?
Es sociólogo parte de experiencias que todos podemos reconocer por haberlas vivido personalmente: tenemos medios de transporte más rápidos, comunicaciones instantáneas, ordenadores más potentes y, en general, una tecnología que es capaz de ahorrar una buena cantidad de tiempo. Y, sin embargo, decimos que “nos falta tiempo”.
De esa paradoja nace su teoría de la «aceleración social».
La aceleración de nuestra época no es, para Hartmut Rosa, un fenómeno accidental, sino que constituye uno de los mecanismos centrales de la sociedad moderna, la cual necesita crecer, innovar y acelerarse continuamente para mantener su propia estabilidad.
¿Qué quiere decir esto? Según nuestro sociólogo, las sociedades modernas han llegado a un punto en el que, para mantenerse más o menos igual, necesitan cambiar constantemente. No es suficiente conservar lo que ya existe. Todo debe seguir creciendo: la economía ser más productiva; la tecnología ha de renovarse; las personas, actualizarse continuamente. La conclusión es que el sistema no puede detenerse. Por ejemplo, una empresa que en los últimos diez años ha mantenido la misma tecnología, la misma productividad y los mismos sistema de trabajo, es seguro que no ocupa la misma posición que una década atrás, por el simple hecho de que sus competidores sí han avanzado.
Ese es el sentido de la paradoja a la que se refiere Rosa: mantener la estabilidad no implica que la sociedad moderna permanezca parada; por el contrario, se ve obligada a un avance o progreso continuo, a acelerarse, no para llegar más lejos, sino muchas veces para no retroceder.
A esta situación, Rosa la denominó «estabilización dinámica»:
“A society can be called modern when it can only maintain its institutional status quo through innovation, acceleration and growth.” (Una sociedad puede llamarse moderna cuando solo puede mantener su statu quo institucional mediante la innovación, la aceleración y el crecimiento, Hartmut Rosa, en su ensayo de 2017 titulado «Estabilización dinámica, el enfoque de la triple A sobre la vida buena y la concepción de la resonancia»)
La idea de la «estabilización dinámica» explica muy bien por qué nuestra época tiende de manera estructural a empujarnos: nos conduce al «deprisa«, en detrimento de la reivindicación del «despacio«. Dicho de otra manera, la idea de la «estabilización dinámica» permite comprender cómo hoy en día hacer las cosas despacio resulta difícil.
El ejemplo anterior de la empresa que necesita innovar, acelerar, para no quedar rezagada, es aplicable también a las personas. Sentimos que debemos aprender más, responder antes, dominar nuevas aplicaciones, atender más mensajes, etcétera. Entonces llega la cuestión esencial: la aceleración deja de ser una posibilidad técnica para convertirse en una exigencia social.
La diferencia entre disponer de grandes posibilidades técnicas y sentir que debemos vivir permanentemente acelerados es fundamental. Y es ahí, precisamente, donde adquiere toda adquiere toda su fuerza la reivindicación del «despacio»: no como una rebelión contra la modernidad, ni como una absurda oposición al progreso, ni tampoco como una defensa indiscriminada de la lentitud; sino como la defensa de nuestro derecho a NO someter todos los ámbitos de nuestra existencia al imperativo de la velocidad; como resistencia a la pretensión de imponer un único ritmo, el de la rapidez, a realidades humanas que poseen tiempos distintos.
Por tanto, reivindicar el «despacio» es reivindicar el derecho a «dar tiempo», a permanecer, a escuchar, a dejar que todo madure sin exigir resultados inmediatos. El «despacio» tiene que constituir, entonces, una dimensión existencial importantísima porque permite dar a la vida la oportunidad de que nos «deje huella» y no, simplemente, de que pasemos por los días.
Y, sin embargo, repetimos con mucha frecuencia: «no tengo tiempo«.
Es cierto que eso se dice muchas veces casi sin pensar. Pero esa frase quiere significar no sólo una falta objetivas de horas, sino también una forma de vida caracterizada por la exigencia de tener demasiadas cosas que hacer. A pesar de que la tecnología nos ha ahorrado mucho tiempo, esos «huecos de tiempo» no dudamos en rellenarlos de inmediato con nuevas tareas.
El «no tengo tiempo» no es, por tanto, sólo una queja cotidiana, sino que adquiere una dimensión filosófica acerca de las prioridades y el sentido que aplicamos a nuestra existencia. ¿Por qué? Porque decir «no tengo tiempo» significa, en el fondo, reconocer que no llegamos a todo. Sin embargo, no es en absoluto necesario llegar a todo. Vivir es elegir y elegir implica decidir qué personas, qué tareas y qué experiencias son las que realmente merecen nuestra atención.
La pregunta, en este punto, podría ser: ¿es necesario que dediquemos tiempo a todo, hasta el extremo de padecer la angustia de no disponer de tiempo suficiente? Evidentemente, NO, y asumir esta negativa es, tal vez, una de las condiciones indispensables para vivir con más serenidad.
Reivindicar el «despacio» nos conduce, como vemos, a otra de sus dimensiones más profundas. Si ya hemos visto que no consiste en aplicar indiscriminadamente la lentitud, sino en otorgar a cada cosa o a cada experiencia el ritmo propio que necesitan, ahora descubrimos algo más: vivir despacio implica dejar de conceder a todo la misma urgencia, la misma importancia y la misma parcela de nuestra atención.
Hay que traer a colación, en este punto, el pensamiento de filósofo contemporáneo Byung-Chul Can, cuando habla de que nuestra época está, entre otras cosas, caracterizada como una sociedad del rendimiento.
Con ello, no sólo alude a las exigencias externas de trabajar más, producir, más o aprovechar mejor el tiempo, sino que dichas exigencias han sido interiorizadas. Es decir, nos decimos a nosotros mismos: mejora, no pares, sé productivo, al viajar conoce lo máximos lugares posibles, lee muchos libros, en el ejercicio hay que medir ritmos, calorías, tiempos, etcétera.
En definitiva, todo -incluso el tiempo libre- lo convertimos en tarea. Y las tareas nunca concluyen. Siempre existe otra tarea, otra noticia, otro mensaje, otras posibilidades a las que acudir deprisa, a todas ellas.
Por eso, hacer las cosas más despacio es también una pequeña forma de resistencia ante esta sociedad del rendimiento y ante el ritmo acelerado que nos imponen y que nos imponemos. La resistencia puede comenzar, sencillamente, diciendo: «esto merece mi tiempo; por ahora, esto es suficiente…»
La fenomenología de Husserl nació precisamente con una exigencia que conserva toda su fuerza: volver a las cosas mismas –Zu den Sachen selbst-.
Si lo pensamos, la idea de este filósofo alemán -aunque nació en Moravia-, y que expone sobre todo en sus obra «Investigaciones Lógicas» (Logische Untersuchungen, 1900-1901), es una idea revolucionaria en el sentido filosófico, no político.
Su significado es que hay que regresar a las cosas tal y como se nos dan en la experiencia, antes de verter sobre ellas teorías, explicaciones heredadas u otras categorías ya conformadas. Lo que Edmund Husserl propone, por tanto, es preguntarnos cómo las cosas aparecen realmente ante mí; cómo las experimento.
Eso supuso una ruptura con gran parte de la filosofía de su tiempo: frente al positivismo y a las grandes construcciones especulativas, Husserl reclamó una vuelta a la experiencia misma, a los fenómenos tal y como se presentan a la conciencia, antes de que dichos fenómenos sean recubiertos con teorías, conceptos o explicaciones preconcebidas. De ahí el nombre de fenomenología con el que se conoce la corriente filosófica fundada por él y que es el núcleo de su pensamiento.
La idea de Husserl es posible enlazarla con lo que venimos señalando en torno al «despacio«. La lentitud no sólo es cuestión de un determinado ritmo, sino que también es una forma de conocimiento: para ver realmente las cosas, para percibir lo que tienen de singular, para, en definitiva, ver de verdad el mundo, quizá sea necesario NO pasar tan deprisa sobre él y «prestar atención».
La idea de «prestar atención» requiere detenerse un poco en ella.
Hay pensadoras, como Simone Weil, que dieron gran importancia a la atención.
Para ella, la atención es más que la concentración intelectual. Supone una disposición radical ante la realidad y ante los otros consistente en suspender por un momento nuestros «deseos, prejuicios e intereses» para atender aquello que tenemos delante y dejar que se muestre tal y como es. No se trata de mantener la actitud de apropiarnos de algo, sino la de ser capaces de «recibir» ese algo. Por eso, la atención, tal y como la entiende Weil, exige un cierto «vaciamiento del yo», dosis de paciencia y de receptividad.
No pueden ocultarse las dimensiones éticas e, incluso, religiosas, que adquiere la atención en el pensamiento de esta pensadora francesa, fallecida en 1943. Según ella, «atender verdaderamente» a alguien o a algo implica habilitar un espacio interior desde el que reconocer al otro en su singularidad –en especial cuando se trata de una persona que sufre en donde la atención supone estar disponible ante su presencia y su dolor-.
Sin embargo, el significado de la «atención» en Simone Weil va más allá. En su pensamiento religioso la «atención» es una disposición espiritual; una espera silenciosa despojada de voluntad de dominio y que prepara al ser humano para recibir la verdad y, en último término, para abrirse a Dios. De ahí que ella afirmara que, en su grado más alto, la atención es como una forma de oración, tal y como afirma en un famoso ensayo escrito en 1942 titulado «Reflexiones sobre el buen uso de los estudios escolares como medio de cultivar el amor a Dios».
Es fácil enlazar la atención con el «despacio«: «sólo quien se detiene puede verdaderamente atender». Ir despacio significa, en este sentido, conceder tiempo a las cosas, a los demás y a nosotros mismos para no interrumpir, no anticipar, no juzgar de inmediato, no convertir lo que otra persona dice en una simple ocasión para hablar de nosotros mismos.
La idea de todas las líneas y párrafos que preceden es, en conclusión, la reivindicación de una vida menos sometida a la prisa y más abierta a la presencia. Harmut Rosa, del que hemos hablado antes, nos ofrece para esta actitud un término especial: resonancia.
Frente a una relación con el mundo basada en el dominio, en el consumo, en la utilidad o en la acumulación, la resonancia se refiere a todos aquellos momentos en los que algo nos afecta, nos toca, nos llega, nos interpela y nos transforma.
El «despacio» que aquí defendemos no ha de confundirse con hacer todo lentamente. Se trata, más bien, de recuperar la atención sobre nuestro tiempo; decidir qué merece rapidez y qué merece una demora; ante qué podemos pasar deprisa y ante qué conviene detenernos.
Es cierto que la vida seguirá pasando inevitablemente, pero llegará un día en que importará poco cuánto hemos sido capaces de acumular, cuánto hemos ganado, cuántas cosas conseguimos hacer, cuántos lugares visitamos o cuántas tareas fuimos tachando de una lista. Lo que permanecerá serán, sobre todo, aquellos instantes en los que estuvimos verdaderamente presentes. Y tal vez esa presencia solo sea posible cuando aprendemos a vivir algunas cosas con más calma, con más atención, es decir, «más despacio».
Mariano Gómez
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