A la salida del colegio

13 de octubre de 2026

De mi hijo a mi nieto

Hoy, como muchos otros días, voy a buscar a mi nieto a la salida del colegio. Mientras espero, miro la puerta por la que van saliendo los niños, las mochilas que se balancean, los grupos que se forman y se deshacen. Hay una pequeña agitación en la acera: voces, saludos, preguntas, prisas y los maestros y maestras siempre atentos a que cada niño o niña identifique a la persona que lo espera. Sin embargo, en medio de ese ruido, a mí me acompaña un silencio interior que procede de otro tiempo…


Hace años, en una escena parecida a la de ahora, esperaba a mi hijo. Yo era entonces un padre más joven, aunque seguramente no me detenía a pensar en ello.

Miraba hacia la puerta del colegio hasta reconocerlo entre los demás. A veces, él llegaba hablando sin parar; otras, cansado o distraído, apenas decía cómo le había ido. Yo preguntaba, escuchaba, llevaba sus cosas o le ofrecía la mano. Parecía una parte ordinaria del día, rutinaria, casi mecánica. Hoy comprendo que en aquellas tardes, en la puerta de aquel colegio, lo que estaba viviendo era algo irrepetible.

Esa es una de las grandezas del tiempo: mientras lo vivimos, se presenta como costumbre; cuando ya ha pasado, descubrimos que estaba lleno de significado.

En el presente, los días suelen parecerse unos a otros. La misma puerta, el mismo trayecto, las mismas preguntas. No sentimos que estemos atravesando una etapa decisiva; simplemente hacemos lo que toca, cuidamos, esperamos, escuchamos. Y, sin embargo, en esa repetición silenciosa se va tejiendo una relación: el niño aprende que alguien estará allí cuando salga, y nosotros aprendemos a reconocer sus gestos, sus entusiasmos y hasta sus silencios.

No me detenía a pensar, como hago ahora, que aquella mano pequeña iría cambiando, que aquellas conversaciones se convertirían en recuerdo, y que llegaría un día en que ese hijo ya no necesitaría más que lo esperase a la puerta del colegio. La infancia no anuncia su despedida. Se marcha poco a poco, entre un curso y otro, y un día advertimos que la mochila ya no está junto a nosotros.

Ahora, treinta y un años después, a la puerta de otro colegio espero a mi nieto. No es la misma espera, aunque el lugar y algunos gestos se parezcan. Entonces estaba pendiente de mi hijo con la responsabilidad diaria de aquel que sabe que lo ha de cuidar, educar y orientar.

Sin embargo, ahora espero como abuelo: con menos urgencia y con una ternura que parece conocer más y mejor el valor de los minutos. No porque lo quiera menos, sino porque la vida enseña que no todo puede retenerse y que acompañar también significa dejar crecer, dejar ir.

Mi nieto no viene a repetir la infancia de mi hijo. Es otro tiempo y, por supuesto, es otro niño, con su carácter, sus preguntas y su manera propia de mirar el mundo. Sería injusto ubicarlo en un lugar que no le corresponde. Pero su presencia despierta en mí una memoria que estaba guardada: al verlo salir, algo del niño que fue mi hijo vuelve a acercarse. No vuelve de verdad, pero vuelve en mi conciencia, como si fuera una luz que permite ver a la vez dos momentos que están separados por muchos años.

Quizá por eso la nostalgia tiene algo de extraña. No es simplemente tristeza por lo perdido ni deseo de volver atrás. Si pudiera regresar, encontraría a mi hijo pequeño, pero yo ya no sería exactamente el mismo. Volvería con todo lo que he aprendido después, conociendo el final de aquella etapa, y acaso no podría vivirla con la misma confianza de entonces. La memoria nos devuelve escenas, pero no nos devuelve el tiempo en el que las hemos vivido.

Hay una forma de amor que consiste en proteger; pero hay otra que trata de acompañar sin ocupar el centro. Cuando esperaba a mi hijo, mi presencia era necesaria de una manera concreta: era protección. Ahora, al esperar a mi nieto, puedo estar cerca de su vida sin la pretensión de dirigirla entera. Esa distancia no es frialdad: es ocupar el lugar distinto que le corresponde a un abuelo. El abuelo recibe, escucha, comparte un trayecto. Y en ese gesto sencillo encuentra una alegría que no tiene necesidad de apropiarse de la infancia del niño.


La puerta del colegio parece la misma, pero yo ya no soy el mismo hombre. En aquella otra puerta tan lejana en el tiempo era un padre atento al futuro de su hijo; hoy soy también alguien que mira hacia atrás y reconoce el camino recorrido. La vida no se repite: se transmite. Pasa de una generación a otra en palabras, cuidados y maneras de estar. Mi hijo fue el niño al que yo esperaba a la salida del colegio, y yo, que tantas tardes sostenía una mano pequeña, puedo ofrecer ahora la mía a la de mi nieto. Dos manos pequeñas, pero una misma continuidad.

Cuando por fin aparece, la espera termina. Me ve, se acerca y empieza a contarme algo. Tal vez no sea una historia extraordinaria; quizá solo me hable de la maestra, de un compañero o de los deberes que tiene que hacer al llegar a casa. Mientras, por el camino, se va fijando por si ve algún caracol o alguna seta… Lo escucho como escuchaba a mi hijo, aunque ahora sepa algo que entonces ignoraba: que un día echaré de menos también estas palabras, este paseo junto a mí, esta tarde cualquiera, camino a su casa desde el colegio.

Por eso intento no apresurar el momento. No para convertir cada minuto en una ceremonia, sino para seguir aquí, en lo que está ocurriendo hoy y ahora. La añoranza me recuerda que el tiempo pasa; que el nieto que camina a mi lado significa que el presente sigue abierto. Entre el padre que fui y el abuelo que soy no hay una puerta que se cierre del todo. Hay una vida que continúa de otra manera.

A la salida del colegio, mientras mi nieto me cuenta su día, vuelvo a encontrar a mi hijo en el recuerdo y a mi nieto en el presente. Los dos tiempos caben en mí, pero no conviene confundirlos aunque pertenezcan ambos a la misma vida.

Y comprendo que quizá eso sea envejecer: no vivir menos el ahora, sino llevar dentro más vidas, más esperas, más encuentros, más despedidas y más motivos para agradecer cualquier tarde compartida con un nieto cuando sale del colegio.

Mariano Gómez

P.D.

Te invito a suscribirte a mi blog:

https://espaciodereflexion.blog

Deja una respuesta