
28 de octubre de 2026
La expresión «las ratas abandonan el barco cuando se hunde» todo el mundo la entiende. Resume muy gráficamente el oportunismo de aquellos que se proclaman líderes imprescindibles cuando las circunstancias les favorecen, pero buscan la salida en cuanto llegan las dificultades.
Es evidente que una derrota electoral no convierte a nadie en culpable de ningún delito, pero sí que pone a prueba algo que es esencial en democracia: estar dispuesto a aceptar las normas comunes, someterse a la justicia y responder ante la ciudadanía. En Brasil, Flávio Bolsonaro perdió la segunda vuelta frente a Luiz Inácio Lula da Silva. El Tribunal Superior Electoral confirmó la reelección de Lula con el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de su rival.
El resultado electoral en Brasil ha culminado con una escena que no se olvidará fácilmente. La justicia había ordenado a Bolsonaro entregar sus pasaportes y le había prohibido salir del país, al estar implicado en una investigación por presunto blanqueo de dinero. Sin embargo, el senador no cumplió con esas órdenes judiciales y, según medios acreditados en diversas partes del mundo, abandonó Brasil con destino a los Estados Unidos, cuyo departamento de Estado anunció que concedería los visados tanto al él como a su familia.
Hay que ser precisos: Bolsonaro está sujeto a una investigación y eso no equivale a una condena. Flávio Bolsonaro tiene derecho a la presunción de inocencia y a una defensa judicial con todas las garantías. Pero esos derechos no impiden examinar su conducta o su actuación política.
En ese sentido, la secuencia de los hechos resulta muy reveladora: después de asegurar que permanecería en su país, Brasil, para organizar la oposición y anunciar que entregaría sus pasaportes, abandonó el país tras recibir el requerimiento judicial. Su huida es una evidente contradicción y un desprecio con respecto al compromiso que adquirió ante sus seguidores.
Este personaje, ha tenido en las urnas el respaldo de millones de brasileños para liderar la oposición. Sin embargo, él ha optado por mostrar las limitaciones de esa retórica populista que suele identificar el liderazgo con la valentía, el coraje o la fuerza. Es fácil exhibir ese discurso desde las tribunas, en los mitines, rodeado de los aplausos de sus seguidores. Pero su verdadero alcance se muestra cuando llega la derrota y aparece la obligación de responder de los propios actos. Es ahí donde se vuelve muy relevante la contradicción entre su promesa de permanecer en Brasil y, a las pocas horas, abandonar el país rumbo a un destino seguro, bajo la protección del gran capo de la ultraderecha mundial, Donald Trump.
Mientras la rata -en sentido figurado- abandona el barco, los ciudadanos que le han votado permanecen en el país sujetos a las consecuencias de una confrontación política y de una polarización que él contribuyó notablemente a alimentar. Tal vez, muchos de los brasileños que han confiado en su liderazgo, deberían ser más exigentes para con este falso líder que pone pies en polvorosa cuando las cosas van mal: deberían exigirle que mantenga su palabra, que de explicaciones y que asuma las responsabilidades a que haya lugar ante la justicia brasileña.
La ultraderecha suele invocar a la «patria», especialmente en momentos de crisis. El «populismo ultraderechista» acostumbra a hablar en nombre de la nación, del orden y de la ley, y presenta a sus líderes como los únicos capaces de proteger a la población y de resolver los problemas. La política, para ellos, se configura como una batalla en la que el adversario es siempre «el enemigo» que amenaza la supervivencia del país y al que hay que derrotar a cualquier precio.
Sin embargo, cuando las urnas no les dan la victoria y las instituciones piden explicaciones, algunos de sus dirigentes -como Flávio Bolsonaro– descubren de pronto las ventajas de marcharse al extranjero. Esto constituye una flagrante contradicción entre el patriotismo que se proclama y la responsabilidad que se asume.
Esa contradicción afecta también a la relación con sus votantes o seguidores. Él les ha pedido que se movilicen, que perseveren y que crean en él para un construir un nuevo futuro nacional. Pero cuando se trata de alimentar esas exigencias, no solo no permanece junto a ellos, sino que se reserva una fácil salida, evitando todo aquello que implica realmente liderar una oposición: seguir trabajando dentro de la legalidad, fiscalizar al Gobierno, construir una alternativa, etcétera.
Por eso, el título de esta entrada es una acusación política. «Los fascistas huyen como las ratas» alude a esa gran contradicción: ellos exigen obediencia, disciplina y sacrificio a los demás, pero evitan acatar las normas cuando estas les afectan negativamente. La metáfora utilizada es dura; pero hace referencia a la conducta de Flávio Bolsonaro que merece, al menos, una crítica sin eufemismos. La conducta de este tipo de dirigentes merece un juicio político severo: quien tanto se proclama patriota y líder salvador, debería dar la cara ante sus compatriotas, atender a sus responsabilidades y compromisos y no convertir la huida en una estrategia.
Por otra parte, no deja de resultar revelador el contraste entre la acogida en los EEUU a Bolsonaro y su familia, y la «retórica antiinmigrante» de la Administración de Donald Trump: para el migrante pobre, la frontera se vuelve un muro, una sospecha permanente y una amenaza de expulsión. Su presencia es muy discutida en términos de seguridad, costes y peligro para la «identidad nacional». En cambio, para un dirigente que es políticamente afín, surge de inmediato la comprensión hacia sus circunstancias personales, la protección se extiende a su familia y la disposición a que sea acogido con facilidad.
Esto deja al descubierto cómo la hostilidad hacia el inmigrante contrasta con la gran hospitalidad que se dispensa a determinados extranjeros. En la «retórica de frontera» (1), tan presente en los EEUU de hoy en día, el latinoamericano, con mucha frecuencia rechazado y despreciado, sí alcanza consideración cuando viene acompañado de patrimonio económico, relevancia política y afinidad ideológica.
(1) La «retórica de frontera» se refiere al lenguaje político que convierte la frontera en una protección frente a una amenaza exterior. La frontera, así, adquiere un significado que va más allá del límite del territorio: representa una separación entre «nosotros» y «ellos»; entre quienes pertenecen a la nación y los que representan un peligro tanto para su seguridad como para su prosperidad o su identidad. En este discurso es donde se recurre a expresiones como «invasión», «avalancha» o «asalto», como hemos tenido ocasión de comprobar en nuestro país a raíz de los acontecimientos de Ceuta.
La victoria de Lula ha sido ajustada. La realidad es que casi la mitad de los votos válidos fueron para Bolsonaro: una señal de la profunda división del país y de la magnitud del desafío que aguarda al nuevo mandato. .
Brasil ofrece, por ahora, una imagen más nítida: ha sido reelegido un presidente y el candidato derrotado, en vez de cumplir con las órdenes judiciales y encabezar la oposición de su país, se marchó al extranjero. La huida no prueba por sí sola ningún delito y todos los cargos habrán de investigarse. Pero sí deja planteada una cuestión política elemental: ¿qué valor tienen la patria y la ley cuando solo se invocan para exigir sacrificios a los demás pero no para uno mismo?
Mariano Gómez.
Te invito a suscribirte a mi blog:
Deja una respuesta