29 de octubre de 2026

Santiago Abascal toma la decisión de mantener sus actos de precampaña tras el accidente ferroviario del miércoles 28 de octubre, en Urda (Toledo).
No se puede ser más miserable.
Ayer, nuestro país vivió de nuevo una tragedia. España miró otra vez con angustia hacia las vías del tren. En esta ocasión en la provincia de Toledo.
En momentos así, se debe exigir que la política se aparte un instante del guion previsto. Eso no significa, en modo alguno, renunciar a las propias ideas, ni conceder una tregua al Gobierno. Se trata, simplemente, de reconocer que, antes de la disputa partidista, hay personas heridas, familias que esperan noticias y, lo más angustioso de todo, víctimas mortales cuya identidad o su historia ni siquiera conocemos.
El accidente ferroviario de Urda, en Toledo, irrumpió ayer miércoles en plena precampaña. Dos trenes colisionaron y, mientras los equipos de emergencia trabajaban y las primeras informaciones hablaban ya de numerosas víctimas mortales, PSOE, PP y Frente Amplio suspendieron sus actos previstos para la jornada. En cambio, la ultraderecha, Vox, tomó otra decisión: mantuvo la agenda de Santiago Abascal, con actos en Santander y Valladolid.
Abascal explicó que seguiría adelante para denunciar la “degradación de las infraestructuras y sostuvo que no permitiría que el duelo silenciara las críticas”. Es verdad que una tragedia no puede servir nunca de excusa para evitar las preguntas, ni para pedir explicaciones, exigir responsabilidades o reclamar que se investiguen sus causas. Es legítima la crítica al Gobierno, incluso con dureza, y es legítima y obligatoria la exigencia de una investigación rigurosa.
Pero defender todos esos derechos no obliga a celebrar un mitin en el mismo día en que un país entero se estremece ante una tragedia de tal magnitud –69 fallecidos y varias decenas de hospitalizados, a la hora de escribir estas líneas-. La crítica puede formularse después, incluso con más datos y con menor confusión.
Suspender durante unas horas una agenda electoral por respeto a las víctimas, a las familias y, en suma, a todo un país que ha quedado conmocionado, no implica renunciar a las preguntas, ni conformarse con el silencio. Tampoco impide preguntar por el estado de las vías, por las circunstancias del accidente, por la actuación de los profesionales, solicitar documentación, exigir transparencia o exigir responsabilidad ante los fallos producidos, cuando estos queden acreditados.
La suspensión de la agenda electoral solo tiene el significado de que, ante una emergencia con víctimas, la campaña puede esperar. Se puede -y se debe- reclamar transparencia con absoluta firmeza, pero sin necesidad de convertir una jornada de luto en un escenario de la confrontación partidista.
Y ahora llega lo más difícil de aceptar de la actitud tan miserable de Abascal: no es suficiente con enviar un abrazo a las familias si, acto seguido, la primera respuesta política consiste en utilizar el accidente como combustible electoral en los actos del partido que ya estaban previstos. Cualquier esbozo de condolencia, pierde su fuerza y su honestidad cuando queda enterrado, de inmediato, entre consignas y acusaciones de culpabilidad, a todas luces prematuras. Se queda tan solo en una cínica fórmula de cortesía, que es previa a la continuación del combate político.
Cuando todavía se está intentando saber qué ha ocurrido, esparcir las culpas de manera general y aprovechar la tragedia como confirmación de un determinado relato político, no aporta claridad. Tal vez, puede satisfacer a los propios correligionarios, pero no veo que eso sirva de ayuda a los que esperan noticias de sus familiares, ni a los que han resultado heridos. Tampoco sirve para que la sociedad entienda o conozca la verdad acerca de las causas del siniestro.
Ayer, al igual que hoy, lo responsable y lo que corresponde hacer es informar con prudencia, atender a las víctimas y dejar trabajar a los equipos de emergencia y de investigación del accidente. Esto no quiere decir que no se pidan las explicaciones que cada dirigente considere oportunas acerca del estado de las infraestructuras, ni que el Gobierno quede exento de darlas. Cualquier ciudadano con sentido común entiende que las responsabilidades deben fijarse mediante pruebas, datos y conclusiones y no adelantarlas mediante consignas que se lanzan sin fundamento real. Sr. Abascal: utilizar anticipadamente el dolor con intereses electorales no es más que basura y aprovechamiento inmoral de una desgracia.
Abascal puede decir que no está de fiesta o que él sigue trabajando. Pero el problema no es la etiqueta que utilice. El problema es el tipo de política que su decisión pone de manifiesto. Si todos los demás partidos entienden que lo que corresponde es suspender la campaña, mantener el mitin transmite una indiferencia y una maldad moral que no puede ser disfrazada ni borrada con ninguna formulación retórica. La solidaridad no se mide solo por las palabras que se pronuncian ante las cámaras y los medios, sino por saber cuándo hay que callar la música, cuándo aplazar el mitin y dejar que la atención se dirija a quienes están sufriendo.
No se trata de pedir silencio permanente ni de proteger al Gobierno de preguntas incómodas. Se trata de no confundir la exigencia de responsabilidades con una explotación inmediata del dolor. Las preguntas llegarán —y hay que exigir que lleguen—. Pero ayer, al igual que hoy, lo primero que toca es atender a las víctimas, acompañar a sus familias y esperar una información fiable. Después, con los hechos sobre la mesa, que cada cual explique lo que tenga que explicar.
Mantener un mitin mientras el país conoce con sufrimiento la magnitud de un accidente tan dramático y mortal no supone ninguna valentía política. Supone poner de manifiesto cuáles son las prioridades. Y, cuando continuar con los actos de la campaña electoral de VOX, pesa más que la prudencia y la compasión, me resulta imposible encontrar unas palabras más exactas que estas: miserables carroñeros.
Mariano Gómez
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