Fernando Savater: el amor como una respuesta que no cierra las preguntas

5 de noviembre de 2026

Entrada del blog con reflexiones inspiradas en la entrevista realizada por David Mejía a Fernando Savater y publicada en la revista Ethic el día 3 de noviembre de 2026, «El amor es lo más parecido que tiene la vida a un sentido».


Muchos filósofos han construido sistemas para tratar de explicar el mundo. Pero hay otros, como Savater, que se define a sí mismo como un «acompañante», para que aprendamos a formular preguntas.

En una reciente entrevista, publicada en la revista Ethic, Fernando Savater vuelve a presentarse, antes que nada, como profesor de filosofía: alguien que ha intentado a través de su docencia acercar el pensamiento a los demás, sin atribuirse él mismo la última palabra.

Esa «modestia intelectual» encierra una idea exigente: pensar no consiste en encontrar una respuesta que nos deje tranquilos, sino que constituye un intento por comprender mejor aquello que nos inquieta y por lo cual preguntamos.

La filosofía, dice Savater, no cierra ni resuelve los interrogantes. La ciencia, en cambio, sí puede resolver preguntas y ofrecer respuestas que son comprobables, mientras que la religión parte de la creencia -es decir, de la fe- en verdades reveladas y las interpreta.

Sin embargo, la filosofía se encarga de mantener abiertas las preguntas y las vuelve más fecundas. Mantener una pregunta abierta quiere decir que merece seguir siendo pensada y que las respuestas que se ofrecen pueden discutirse y mejorarse. Volverla más fecunda significa que la pregunta puede llevarnos a una comprensión más profunda, a descubrir nuevas distinciones y matices o a descubrir nuevas preguntas relevantes.

Todo eso no supone una «invitación a la confusión», ni tampoco renunciar a ejercer el pensamiento con rigor. Es reconocer con honestidad intelectual que hay cuestiones —como la libertad, la justicia, la muerte, el sentido de la vida— que no se agotan bajo una fórmula definitiva o una definición lógica.

Por eso el filósofo aparece casi como un extranjero en su propia ciudad. No porque viva apartado de los demás, sino porque aprende a mirar con extrañeza aquello que la costumbre nos impide advertir. Dicho de otro modo, el filósofo intenta mirar lo cotidiano con el asombro del que lo mira por primera vez. Es como ese viajero que llega a una ciudad y queda sorprendido ante los hábitos que sus ciudadanos repiten sin cuestionarlos. El filósofo se detiene ante todo eso que damos por supuesto y vuelve a preguntarse por su sentido.

Allí donde nos conformamos con decir «siempre ha sido así», la filosofía se sacude ese conformismo y pregunta «¿por qué ha de seguir siendo así?». Su tarea puede resultar incómoda porque pone en duda nuestras certezas, cuestiona las seguridades que damos por sentadas y nos invita a examinar las ideas, valores y costumbres que orientan nuestra vida.

En definitiva, la filosofía nos exige que preguntemos por el sentido.


Tal vez, propone Savater, el sentido de la vida consista, precisamente, en preguntarse por su sentido. De la pregunta por el sentido quizá esperemos una solución sobrenatural o que el universo tenga un propósito o una finalidad para nosotros. Sin embargo, lo que realmente sugiere es más sencillo y cercano: que la vida humana adquiere profundidad cuando no NO nos limitamos a dejarla transcurrir, sino cuando somos capaces de interrogarnos por lo que hacemos y por aquello que realmente merece nuestro tiempo.

La “pregunta por el sentido”, en efecto, no tiene por qué desembocar en una respuesta única o definitiva. Tal vez el error sea esperar que el sentido de nuestra vida aparezca ante nosotros como una explicación trascendental, completa, capaz de borrar toda incertidumbre. Porque, simplemente, puede ser que el sentido se construya de manera más modesta y concreta: en los vínculos que cuidamos, en las responsabilidades que asumimos, en los conocimientos que compartimos y en nuestra contribución a que los demás vivan con mayor libertad y dignidad. No hace falta dar respuesta a todos los enigmas de la existencia para hallar razones que hagan valiosa nuestra vida.

En este punto, la entrevista llega a una afirmación que da título a toda una concepción de la existencia: «el amor es lo más parecido que tiene la vida a un sentido».

Savater no habla, evidentemente, de una pasión idealizada que resuelve todos los conflictos. Habla de algo que se aprende viviendo; algo que incluye dificultad, entrega y, a veces, sufrimiento. Amar no es solo un sentimiento intenso. Es reconocer que otra persona importa y aceptar que nuestra vida queda, de algún modo, vinculada a la suya: lo que le sucede deja de sernos indiferente; nos alegra su alegría; nos afecta su dolor y su presencia influye en nuestra forma de estar y de mirar el mundo.

La entrega que proporciona el amor necesita de reciprocidad y respeto: cuidar de alguien incluye reconocer su dignidad y preservar la propia. Tal vez ahí radique la relación del amor con el sentido de la vida: amar nos llena de razones para actuar, para cuidar, para esperar algo del mañana y, en suma, para vivir.

Ahora bien, conviene entender el amor en un sentido amplio. No solo como amor de pareja, sino también como amistad, afecto familiar, cuidado y solidaridad. Si lo redujéramos al amor romántico, se excluirían demasiadas vidas y experiencias. En cambio, entendido como la capacidad de «salir del encierro de uno mismo y atender a otros», el amor señala una fuente concreta de significado: aquello que hacemos porque alguien nos importa.

Aquí conviene introducir una pequeña reserva. Afirmar que una vida sin amor carece de sentido es una profunda convicción personal, pero no puede convertirse en un juicio sobre la vida de los demás. El hecho de vivir en soledad o haber perdido a los seres queridos, no equivale a vivir sin amor. La afirmación de Savater de que «el amor es lo más parecido al sentido de la vida» se vuelve mucho más fecunda si la entendemos como una invitación al afecto y al cuidado de los demás y no como una medida o baremo con el que juzgar cada vida. El amor puede ofrecer sentido, puede ser una orientación y una posibilidad; pero no un requisito indispensable para que alguien merezca vivir con dignidad.


Ética sin renunciar al placer

La conversación con Savater también aborda una oposición muy arraigada en ciertas tradiciones religiosas y morales de nuestra cultura: la que enfrenta la conducta ética con el placer o el disfrute de la vida, como si obrar bien exigiera necesariamente de una renuncia al placer. Desde ese punto de vista, el deber aparece vinculado al sacrificio, mientras que el placer genera sospechas de egoísmo o frivolidad. Realmente no es así. Una vida buena necesita también de afectos, alegrías y experiencias placenteras que hagan que la vida sea deseable vivirla.

Esto último no quiere decir que el placer, por sí solo, justifique cualquier conducta. El disfrute compartido libremente, por ejemplo, siempre alcanza una valoración ética muy distinta del que se consigue mediante el engaño, la humillación o la explotación. Por tanto, la mirada ética puede ayudar a que disfrutemos de una manera más consciente, libre y compatible con el placer o bienestar de los demás. Hay en ello, toda una «dimensión moral» que debemos tener presente.

Precisamente, para Savater, «la ética no nos exige que desconfiemos de todo disfrute», sino que aprendamos a disfrutar de una manera que sea compatible con una vida responsable. No cualquier placer vale lo mismo, ni es suficiente solo desear algo para justificar todo lo que hagamos. Pero tampoco vale una moral que solo prohíbe y reprime, porque entonces pierde de vista su propósito de ayudarnos a vivir mejor, con libertad, responsabilidad y alegría. La reflexión ética debe enseñarnos a «cuidar y compartir» aquello que hace valiosa la existencia, y no a cumplir una interminable lista de renuncias.

Esta idea se enlaza con la prudencia aristotélica –phrónesis, en griego-. Ser virtuoso no significa aplicar mecánicamente una regla, sino juzgar qué conviene hacer en las circunstancias concretas. La prudencia nos obliga a considerar consecuencias, necesidades y límites; también evita la falsa seguridad del que cree poseer una receta moral que es válida para todos los casos. La ética se juega en decisiones reales, en la convivencia cotidiana y en la manera en que nuestros deseos afectan a otras personas.

Cuando Savater se refiere a la muerte, señala que esta da «espesor» a la vida. No porque debamos convertirla en una obsesión, sino porque la finitud hace que el tiempo importe. Si nuestra existencia no tuviera límite, quizá todo pudiera aplazarse indefinidamente. Saber que somos mortales hace más urgente la pregunta sobre qué hacemos con los días de los que disponemos y con las personas a quienes dedicamos una parte de esos días.

Esta idea acerca de la muerte, puede relacionarse con Heidegger, especialmente en su concepto de «ser para la muerte» que desarrolla en su obra fundamental, «Ser y Tiempo». Asumir que nuestra existencia es finita puede llevarnos a vivir con una mayor conciencia, de pensar que nuestras posibilidades son limitadas y que no es posible posponer indefinidamente nuestras decisiones.

En la entrevista, Savater también se refiere a Kant y a Nietzsche

A Kant lo señala como una auténtica «escuela para aprender a pensar». Con ello, nos dice que leer a Kant puede ayudarnos a razonar con rigor, aunque no compartamos sus conclusiones. No en vano, la filosofía de Kant examinó las posibilidades y los límites de nuestra propia razón, en su obra «Crítica de la Razón Pura». No es suficiente construir un argumento que parezca convincente: es necesario preguntarnos si tenemos fundamentos para afirmar lo que afirmamos. Eso es especialmente importante, sobre todo cuando nos referimos a cuestiones que van más allá de nuestra experiencia posible. En cuanto a Nietzsche, le considera un autor fascinante, pero la fuerza de su literatura puede ser peligrosa. Tal vez sea porque, según dice Savater, Nietzsche no trata de eliminar todas las contradicciones: convive con ellas.

Estas observaciones que realiza Savater reflejan una de las dificultades de Nietzsche: su escritura no siempre ofrece una conclusión ordenada, ni busca colocar sus ideas en un sistema. En sus páginas hay impulsos que parecen enfrentarse: la afirmación de la vida y la conciencia del sufrimiento, la crítica de la moral y la creación de nuevos valores, la necesidad de pensar por uno mismo y la sospecha ante cualquier verdad definitiva.

Esos enfrentamientos puede ser fecundos porque exigen al lector no conformarse con respuestas cómodas. Pero también pueden resultar peligrosos: la fuerza de sus imágenes y aforismos puede seducir y hacer que una frase contundente parezca encerrar una verdad completa o definitiva.

En ambos casos, Savater nos advierte que admirar a un pensador no significa entregarle el juicio y renunciar al juicio propio. Las ideas deben examinarse, incluso aunque estén expresadas de manera brillante. La filosofía es conversación, discusión y revisión, mucho más que la admiración y seguimiento de autores espectaculares.

Quizá por eso tiene importancia que Savater se defina como profesor. La educación filosófica no debería consistir en memorizar respuestas ajenas, sino en adquirir herramientas para pensar por cuenta propia. Un buen profesor no elimina las dudas del alumno: le ayuda a distinguirlas, a formularlas con precisión y a sostenerlas sin miedo mientras busca razones.

Para concluir, la entrevista deja una propuesta sencilla y nada cómoda: no tenemos garantizado un sentido final, pero podemos preguntarnos por él; no podemos evitar la muerte, pero sí dar espesor y hondura a nuestra vida; no necesitamos elegir entre placer y responsabilidad, pero hemos de aprender a vivirlos juntos; y, tal vez lo esencial sea que no hay una respuesta abstracta que sustituya a la tarea concreta de cuidar, amar y convivir.

Quizá el amor no explique el universo ni resuelva el enigma de la existencia. Pero puede ofrecernos una razón para salir de nosotros mismos y hacernos cargo de una parte del mundo compartido. Si la filosofía mantiene abiertas las preguntas, el amor nos recuerda que algunas respuestas empiezan en la relación con los demás.

Mariano Gómez

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